martes, 30 de septiembre de 2014

CLAVES PARA ENTENDER EL MAGNICIDIO DE LA BOMBILLA

CLAVES PARA ENTENDER EL MAGNICIDIO DE LA BOMBILLA

La historia del asesinato de Álvaro Obregón el 17 de julio de 1928 es harto conocida. Releyendo una de sus fuentes más socorridas por la historiografía, como lo es la crónica de El Universal (1), aparecen dudas. Así como también hechos que causan mínimamente sorpresa y hasta revelan coincidencias con el otro magnicidio en la historia del siglo XX mexicano: el de Luis Donaldo Colosio, ocurrido el 23 de marzo de 1994. Repasemos algunas.

1.- Es de llamar la atención que la reunión donde pierde la vida Obregón sea con diputados del estado de Guanajuato. ¿Por qué? No hay que olvidar que el país vive en ese entonces la Guerra Cristera y que una de las entidades donde hubo más resistencia cristera fue en ahí, en Guanajuato. Que además uno de los antecedentes de este enfrentamiento armado fue cuando en la presidencia del Caudillo se edificó en el cerro del Cubilete el monumento a Cristo Rey. Ahí, en Guanajuato, se proclamó, por parte de elite eclesiástica, a Cristo como “Rey de México”; a lo que Obregón contestó con la expulsión del Delegado Apostólico Monseñor Ernesto Filippi. ¿Por qué tendría que reunirse el presidente electo con diputados del estado donde prácticamente la totalidad de la población veía a Obregón como anticlerical y hasta como su enemigo?
2:- Durante todo el banquete en San Ángel personas ajenas al acto estuvieron acercándose a Álvaro Obregón. La seguridad brilló por su ausencia. Cuando el Caudillo llegó a La Bombilla a las 13 horas, un fotógrafo le solicitó una placa grupal con los ahí asistentes. El presidente electo se negó al principio, pero luego accedió. Más tarde, un grupo de periodistas pudo hablar con él, incluso, Obregón los felicitó: “no alteraron mis conceptos. Los felicito. Porque luego hay periodistas a quienes tengo miedo, porque todo lo enredan y me hacen decirlo que no he dicho”. Después, circulaban fotógrafos que ya habían revelado sus placas y acudían a “venderlas” a los comensales. Hubo otro reportero gráfico que le pidió a Obregón una foto más, él se reusó “me han invitado a comer, no ha retratarme”, dijo. De tal forma que cuando José León Toral entró al banquete como caricaturista y se acercó a Obregón era un hecho normal, por así decirlo, pues cualquiera podía llegar hasta al presidente sin ningún problema. ¿Planeó el asesino –o los asesinos- ser el último en acercarse cuando esta acción ya no llamaría la atención de nadie ni siquiera de la víctima?.

3.-  El lugar del banquete. En 1928 San Ángel era un sitio fuera de la Ciudad de México. El restaurante de La Bombilla era amplísimo, estilo campestre con un patio grande que permitió cuatro mesas en forma de cuadrado y donde cualquiera podía circular sin problemas; además había un jardín también de grandes dimensiones adyacente a donde se desarrollaba el festejo. Incluso había un lugar para una orquesta: la del maestro Esparza Oteo. Un sitio para que comieran los periodistas y hasta un estacionamiento. ¿Podía estar el presidente en un lugar alejado y tan amplio luego de los atentados que había sufrido y del rumor de que su vida corría peligro?
4.- La seguridad. Al igual que Luis Donaldo Colosio cuando fue candidato a la presidencia por el PRI en los noventa, Álvaro Obregón desdeñó cualquier tipo de seguridad extra. “Tenía una gran fe en el pueblo y jamás pensó que una mano armada se levantara contra él”. En la mesa estaba rodeado por diputados guanajuatenses, pero también por obregonistas. Además del coronel Juan Jaime y Humberto Márquez,  sus ayudantes, y Celso García Bracho su secretario particular, pero estos tres no comieron en una mesa de las cuatro principales. Y como hemos visto, cualquiera podía entrar y acercarse al presidente sin que nadie se lo impidiera.
5.- La actitud durante todo el banquete del diputado Ricardo Topete (2). Él fue uno de los que recibieron a Álvaro Obregón a las 13 horas en punto en las puertas de La Bombilla. Cuando José León Toral se acerca a la mesa principal “piensa -Topete- que es un corresponsal de periódico provinciano”, pues ve a los demás periodistas en una mesa comiendo y por lo tanto lo deja seguir. Cuando el asesino llega a la mesa principal le enseña a Topete dos caricaturas: de Obregón y de Aarón Sáenz, le promete que luego hará la suya y le avisa que va a enseñárselas a Obregón “ a ver qué dice”. El diputado por increíble que parezca no se lo impide. Es además Ricardo Topete quien desarma a José León Toral luego que “comprueba que ha quemado todos sus cartuchos”; mas tarde impide que sea linchado en el lugar: “No le hagan nada. Por el contrario cuídenlo, que así sabremos quienes son sus cómplices”. ¿Por qué no hizo nada para certificar la identidad de José León Toral? ¿Qué le enseña además de dibujos el homicida a Topete? ¿Todo este acercamiento a la mesa, luego a Topete y finalmente a Obregón es parte de un plan? ¿Alguien podría dudar de un individuo al que todos vieron platicar con un diputado obregonista? ¿Por qué es Topete quien lo desarma y luego lo protege del linchamiento?

6.- La música y el jolgorio como distracción. Cuando Álvaro Obregón pide que le sirvan de comer, los organizadores le dicen que están esperando a los “cantantes”. A lo que el general responde “sin canto podemos comer. Hay música y, aún cuando no hubiera, yo no sé que se necesite para comer, habiendo buen apetito”. También se hace referencia a que una cantante llegó a la mitad del banquete y se integró a la orquesta. Al momento en que León Toral descarga su Star calibre .45  a las 14:20 de la tarde se entonaba El Limoncito; los comensales “piensan” que es parte del espectáculo de la orquesta. Cuando es asesinado Luis Donaldo Colosio se escuchaba La Culebra a todo volumen. ¿Coincidencia?.
7.- ¿Juan González?. Durante toda la crónica de El Universal se refieren a José León Toral como “Juan González”. Cuando describen su aproximación a Ricardo Topete le llaman “Juan”; cuando platican cómo lo detienen tras haber disparado contra Obregón lo nombran “González” y cuando es llevado a la Inspección de Policía dicen que sólo confesó llamarse “Juan”. ¿Lo cambiaron? ¿En verdad el asesino era Juan González y luego lo presentaron como José León Toral? ¿Son dos personas distintas? ¿Dos Mario Aburto? ¿dos asesinos?
8.-Reaccionan tarde. Luego de los balazos Álvaro Obregón cae en la mesa, se desploma por su lado izquierdo y cae al suelo. Sólo Aarón Sáenz que está a su derecha y es presidente del Centro Director Obregonista reacciona para levantar al presidente herido; el diputado guanajuatense Enrique Fernández forcejea con León Toral y se escuchan otros dos balazos; hasta entonces Topete le quita el arma. Entonces el diputado Arturo Orci,  el coronel Tomás Robinson y el coronel Ignacio Otero lloran y este último corre a darle de “puntapiés” al asesino. Comienza el linchamiento, que luego detiene Topete. ¿Por qué sólo los obregonistas reaccionan? ¿Porqué en el forcejeo se escuchan dos disparos más? ¿Quién los hizo? Como en el caso de Colosio aún no se sabe si sólo Mario Aburto fue quien disparó esa tarde en Lomas Taurinas.

9.- Concertación. El diputado Aurelio Manrique (3) se trepa a una silla y dice: “Señores, definitivamente Obregón es el símbolo de la Revolución.  Ha muerto en manos de los enemigos del pueblo. Ante su cadáver todavía caliente, juremos todos que sabremos sacrificarnos y salvar la Revolución mexicana. Que sean las nuestras lágrimas de hombres. ¡Viva Obregón!”. ¿Era tan urgente autoproclamarse “defensores” de la Revolución? ¿Tan instantáneamente el diputado Manrique lo declara muerto, sabe quién lo hizo y hasta lo que a partir de entonces tienen qué hacer?
10.- La ausencia de autoridades. Tanto el asesino como el cadáver de la victima fueron sacados del lugar de los hechos por civiles y por sus propios medios. José León Toral es llevado al auto del coronel Robinson, va golpeado, se dice que recibió golpes en el cráneo, va arrastrando las piernas y con la cabeza doblada en el pecho. Mientras que Álvaro Obregón es trasladado a su casa en vez de a un hospital y también en un auto particular. Sí, San Ángel estaba retirado de la ciudad pero ¿Por qué no se habla nada de la llegada de la policía al lugar o de alguna autoridad?
11.- Al estilo de la política mexicana. José León Toral fue llevado a la Inspección de Policía, en el trayecto sólo dijo llamarse “Juan”, al llegar bajó por su propio pie “pudo recobrar su fortaleza” dice la fuente periodística y agrega “caminó con paso seguro”. ¿Lo cambiaron? Además fue llevado a un departamento del “piso alto” antes de ser confinado a un separo. Mientras tanto Obregón fue trasladado a su casa en Avenida Jalisco, a la cual llegó el general Plutarco Elías Calles a las 14:55. Sí, en sólo 35 minutos fueron los balazos, la confusión, el traslado y la llegada del presidente. Sólo estuvo unos instantes, salió de ahí para dirigirse a la Inspección de Policía y luego regresó a Tacubaya. ¿A qué fue el presidente a la Inspección de Policía? ¿Qué instrucciones giró? ¿Qué fue a comprobar? Finalmente, a las 15:50 el diputado José Luis Solórzano, presidente del Bloque Revolucionario Obregonista, hizo el anuncio oficial de que el general Álvaro Obregón Salido había muerto.

NOTAS:

1.- El Universal del 18 de julio de 1928.
2.- Sonorense. Fue diputado Federal por su entidad en la XXXII y XXXIII Legislatura. Presidente del Congreso en 1927 y 1928.
3.- Nació en San Luis Potosí. Fue maestro de primaria. En los 20 formó el Partido Agrarista y gracias al apoyo de Obregón fue Gobernador de su estado natal. Para 1928 era diputado por San Luis Potosí.





miércoles, 24 de septiembre de 2014

LA GRAN RECEPCIÓN Y EL BANQUETE “MONSTRUO” PARA EL GRAL. OBREGÓN





El rito de la adoración al “hombre fuerte” de México es una costumbre bien añeja en la vida política del país.  En el siglo XX con el priismo alcanzó sus puntos máximos pues, al igual que la Revolución, se institucionalizó. Pero su verdadero origen fue mucho antes de que se creara el PRI, vamos pues, ni siquiera existía el Partido Nacional Revolucionario (PNR), aunque ya un personaje se había apoderado de la Revolución Mexicana: Álvaro Obregón.
           
En efecto, el general sonorense inauguró esos actos de culto tan sui géneris de la política mexicana. Ya se hacían con Porfirio Díaz, pero fue Obregón quien los “perfeccionó” y los heredó para todos sus sucesores del siglo pasado y para los que van del actual que, increíblemente, siguen recurriendo a este tipo de adulaciones con el consabido besamanos de los representantes de los sectores políticos y económicos del país, las clases populares que se congregan en masa y de manera “espontánea” para vitorear a ese hombre que "representa los ideales de la Revolución”, los desfiles, el servilismo administrativo para facilitar la manifestación donde el pueblo "legitima" por aclamación popular al hombre fuerte de México.
            Como muestra de lo anterior está el “Gran recibimiento” y el banquete “Monstruo"(1) que se le organizó el 15 de julio de 1928 al general Álvaro Obregón en la Ciudad de México para recibirlo luego de ganar las elecciones presidenciales del 1 de julio de 1928. Durante cuatro días se preparó la gran recepción. La ciudad sería engalanada, las calles cerradas, un estadio de futbol sería el escenario para tan magno evento, viajes desde el interior del país en camiones y trenes para sumarse al festejo, comisiones de vigilancia y de recibimiento, y una abundante comida para los simpatizantes.
Nada de todo esto era suficiente para recibir al agricultor de Cajeme que no se unió a Francisco I. Madero en 1910, pero que luego sí lo hizo con Venustiano Carranza, para derrocar al usurpador Victoriano Huerta. Para ese militar que venció a Francisco Villa y su poderosa y mítica División del Norte. Para aquel que perdiera un brazo en batalla defendiendo el constitucionalismo, la legalidad. Para un hombre que enfermo de poder se puso fuera de la ley para derrocar al presidente Carranza, sólo porque éste no lo eligió para sucederlo. Para el mandatario de 1920 a 1924 que impuso a su compadre Plutarco Elías Calles, al cual, al más puro estilo de Porfirio Díaz, le encargó que le cuidara la silla presidencial pues quería regresar y quizás eternizarse en ella.
Por eso todo, era poca cosa para aquel general que tan pronto se hizo oficial su victoria decidió viajar a la Ciudad de México para ser aclamado en el centro político del país y quizá para tomar formalmente del poder, un hombre como él difícilmente se podría a esperar hasta el 1 de diciembre al cambio de poderes. ¿Para qué? Seguramente se preguntó, se quitó sus vestimentas de “agricultor” y partió para la estación del tren de Colonia en el Distrito Federal.
Desde el 11 de julio comenzaron los preparativos para recibirlo. El general Tomás A. Robinson fue designado para la organización. El primer calculo fue que 30 mil personas recibirían al presidente electo. La logística era la siguiente: Obregón caminaría por las calles de Sullivan, luego Paseo de la Reforma y finalmente por Avenida Juárez hasta el número 101 donde se encontraba su cuartel general: el Centro Director Obregonista. El Departamento de Tráfico ofreció cerrar las calles aledañas al tráfico para que los simpatizantes del presidente electo caminaran sin contratiempos.
En verdad que la primera estimación era modesta. Pues el general Robinson en un principio sólo hablaba de 300 camiones para desplazar a campesinos y obreros de los pueblos cercanos al Distrito Federal. Además de 50 trenes eléctricos que de los mismos destinos se transportaran a simpatizantes que no fueran ni obreros ni campesinos. Sólo había una advertencia: los manifestantes no tenían que llevar pancartas ni cartelones, pues según el organizador se trataba únicamente de “hacer acto de presencia en el momento de la llegada del Presidente Electo y después acompañarlo al Centro Director Obregonista”.
Sin embargo, al siguiente día, el 12 de julio, se sumaron a la fiesta de bienvenida los simpatizantes del general Obregón de los estados de México, Morelos, Tlaxcala y Puebla. Robinson aclaró que cada contingente pagaría su viaje y el Centro Obregonista sólo “erogará insignificante suma de dinero”. Lo cierto es que ya se hablaba de 70 mil personas, se había duplicado la suma inicial.
Otro problema se sumó además del transporte: la comida. Pero el Centro Obregonista pensaba en todo y el 13 de julio anunció que habría un banquete “Mónstruo” para 8 mil personas. Luego la cifra aumentó a 10 mil. Para dicho evento se tuvo que recurrir al Parque Asturias, que según las crónicas periodísticas,  “bondadosamente ha sido cedido por la confederación de Foot Ball”. El menú para los 10 mil invitados, en su mayoría obreros y campesinos, sería sopa en jarritos de barro –consomé-, barbacoa y salsa borracha. Para esto Luis Medina, regidor del pueblo de Mixcoac, sacrificó a 50 borregos, 500 chivos, 25 reses y 10 cerdos. Se consumieron 2 mil kilos de tortillas, 16 mil piezas de pan, 700 kilos de pasta, mil kilos de frijol y 50 kilos de salsa borracha. El general Álvaro Obregón no asistiría al evento, luego del mitin en el Centro Obregonista se retiraría a su casa en Avenida Jalisco.
            Pero regresando a los días previos al gran recibimiento del presidente electo en la Ciudad de México, las adhesiones no terminaban, todos querían estar ahí. La Cámara Nacional de Comercio mandó un boletín a todos sus agremiados para que se “dignaran” adornar las fachadas de sus comercios y luego asistir a la estación Colonia a saludar al presidente. Igualmente, el presidente municipal de Tacuba, Adolfo O. Corral, anunció un contingente de 2 mil hombres, campesinos y obreros, para ir a dar la bienvenida; pero además, pidieron ser la vanguardia de la manifestación “habiendo sido los primeros partidarios de la candidatura del general Obregón”, creían tener ese derecho; finalmente, el dadivoso presidente municipal se comprometió a llevar un arco monumental adornado de flores y follaje a la estación de trenes donde llegaría el presidente.
            Para la seguridad los obregonistas Pedro Pérez Rea y Arturo P. Sánchez organizaron un grupo de 300 personas de Tula, Hidalgo, “obregonistas de rancia cepa”, que formaron 20 secciones con un encargado, dos ayudantes, un jefe de grupo y 30 personas mas para cuidar el orden. Robinson los dotó de distintivos –un gran círculo blanco pegado en la solapa con el retrato de Obregón- que les permitía “el libre tránsito a través de las masas de manifestantes”.
            Finalmente llegó el domingo 15 de julio de 1928. A las 12.30 Álvaro Obregón pisó la capital de la República. Para recibirlo había comisiones especiales de las Secretarías de Guerra, Comunicaciones, Educación, Gobernación, Relaciones y Departamento de Comercio de la Secretaria de Industria, Departamento de Salubridad Pública y otras dependencias. Estaba el secretario de Comunicaciones: Eduardo Hay; el general Roberto Cruz, inspector general de policía; José Covarrubias, director de Beneficencia Pública; el general Abundio Gómez, encargado de la Sub-secretaría de Guerra; general Agustín H. Mora, Jefe de la Guarnición de la Plaza. Los gobernadores de Nuevo León, Aarón Sáenz; de México, Carlos Riva Palacio; de Morelos, Ambrosio Puente; de Hidalgo, coronel Matías Rodríguez.
           
Álvaro Obregón vestía de traje gris-azul, con sobrero texano gris perla. Había dos vallas: una de muchachos que pertenecían a “las Tribus de Exploradores Mexicanos" y otra de “Vigilantes de la Revolución”, que no eran otros que los hombres de Tula. El presidente viajaba en un auto muy lentamente, sus simpatizantes hacían casi imposible el avance. Los de Tacuba vieron cumplido su deseo y caminaban al frente de la manifestación. En Paseo de la Reforma un grupo de motociclistas pretendió abrir espacio al auto del presidente electo, mientras que 15 bandas de música animaban el recorrido. A las 15.05 llegaron al Centro Director Obregonista. El Caudillo salió al balcón para ser ovacionado por sus simpatizantes. Mezclado entre ellos estaba José León Toral que lamentaba no haber tenido la oportunidad precisa de matarlo.
            Hubo tres oradores además de Obregón: Aarón Sáenz, presidente del Centro Obregonista; el diputado Manrique; y el diputado José Luis Solórzano que causó “histeria” y justificó la reforma a la Constitución al decir que ellos sólo fueron “intérpretes del sentir y del querer de la inmensa mayoría de los ciudadanos de la República”. Luego el presidente electo decidió que sí asistiría al banquete “mónstruo” en su honor en el Parque Asturias.
En el campo se colocaron 144 mesas ocupadas mayoritariamente por “hombres de campo de semblanza tostada y manos callosas, que ofrecían un aspecto en extremo pintoresco”. Obregón en la mesa de honor comió con sus más allegados, fue necesario poner un cordón de protección de boy scouts. Se dice que hubo diputados, regidores, funcionarios y hasta presidentes municipales que “en esta ocasión se dedicaron a servir mesas”. Reseña el cronista de El Universal que hubo orden “a pesar de la indisciplina racial de nuestros campesinos”. Desde luego había música que llevaron las bandas de Xochimilco, Tláhuac y San Ángel que tocaron “piezas selectas y música vernácula”.
            Luego el presidente electo se retiró a su hogar en la Ciudad de México. Estaba otra vez en el corazón del país al que quería gobernar por seis años más. Sus partidarios le habían organizado una recepción digna a su altura de Jefe Máximo de la Revolución. No se les escapó un solo detalle. Salvo que nadie advirtió la presencia armada de José León Toral. Esta vez corrieron con suerte. No sería lo mismo dos días después en La Bombilla.

NOTA:
(1) Así está escrito en El Universal de donde se recopiló la información del día 11 al 16 de julio de 1928

jueves, 18 de septiembre de 2014

El camino a la muerte del general Álvaro Obregón



Existe una nutrida bibliografía en torno al magnicidio del 17 de julio de 1928. Con curiosidad científica y periodística acudí a las fuentes hemerográficas, con el propósito de “encontrar algo nuevo”, no lo había, sólo acontecimientos, descripciones y declaraciones que siempre han estado ahí, pero que no fueron de “utilidad” para la extenso número de estudiosos que abordaron el crimen de José León Toral. Uno de esos hallazgos –por así decirle- fue el recorrido que emprendió el general Álvaro Obregón a la Ciudad de México tan pronto se hizo oficial su triunfo en las elecciones presidenciales. La forma en que se le rendía tributo al presidente electo, pensé, era necesario contarla.



Álvaro Obregón fue elegido presidente, por segunda ocasión, el domingo 1 de julio de 1928. Dieciséis días después sería asesinado por José León Toral en San Ángel, Ciudad de México. Los resultados de su elección los conoció en Cajeme (1), Sonora, donde se desempeñaba como “agricultor” de garbanzo y chícharo. También estaba enterado de que en el aire flotaba el rumor de que su vida corría peligro. El Caudillo dio ordenes al presidente Plutarco Elías Calles para eliminar a los que él consideraba sus enemigos más temibles y después decidió dirigirse a la capital de la República a festejar su segundo triunfo electoral en cinco años y, por supuesto, a asumir el control del país desde ese momento. El viaje desde Sonora hasta la Ciudad de México es al más puro estilo del presidencialismo que Obregón inauguró y que sirvió de ejemplo a los políticos del siglo XX. Con la diferencia de que el hombre más fuerte del país encontraría la muerte luego de su apoteósico recibimiento de parte de sus partidarios.
            Antes de entrar a detalle de ese recorrido desde Cajeme hasta la Ciudad de México, entre el 10 y el 15 de julio, hay que detenerse en el hecho de que el rumor de que podría haber un atentado contra su vida era absolutamente real. Pedro Castro (2) relata  que una vez declarado electo presidente de la República para el periodo 1928-1934 –sería el primer sexenio, antes los periodos presidenciales eran de cuatro años- Obregón decidió lo del viaje a la capital del país y también ordenó tres movimientos que alejarían, según él, cualquier posibilidad de un atentado contra su vida.
            El Caudillo solicitó la renuncia de Luis N. Morones, líder del sector obrero a través de la CROM y Secretario de Industria, Comercio y Trabajo del gobierno del general Plutarco Elías Calles; la remoción del subsecretario de Guerra, el general Miguel N. Piña, Obregón estaba convencido que preparaba un ataque militar contra él; y el columnista Luis del Toro, que escribía en contra del Caudillo. Estas instrucciones las giró a través de Fernando Torreblanca, yerno y secretario particular de Calles, y Aarón Sáenz presidente del Centro Director Obregonista. El presidente escuchó a los enviados, el general Piña fue cesado inmediatamente, el periodista fue exiliado en Estados Unidos, pero Morones permaneció en su cargo. Calles esta vez no cedió (3).
          
  Pese a lo anterior Álvaro Obregón salió el 11 de julio de Cajeme. Su primera parada fue San Blas, en Sinaloa. De ahí partiría rumbo al puerto de Mazatlán. Del primer punto no hay datos de lo que pasó e hizo el presidente electo (4). En cambio, El Universal relata que en Mazatlán se preparaba un gran recibimiento a Obregón de parte de las “personalidades” de la Banca, el Comercio, la Industria y del Gobierno locales. Habría un “suntuoso” baile en la “pintoresca” Quinta Echeguren (5) frente al mar y que “ostentaría” una magnífica iluminación. Incluso, el corresponsal de dicho diario, comenta que los organizadores no sabían la hora exacta del arribo del general Obregón, sin embargo, estaban preparados: si llegaba por la mañana lo recibirían con una barbacoa en la Isla de Piedra, mientras que si lo hacía por la noche se le ofrecería un banquete en el Hotel Belmar “con todo y baile”. Lo que no se modificaría sería la recepción en Echeguren.
            Sucedió lo segundo: llegó por noche, por lo que se ahorraron la barbacoa. Álvaro Obregón arribó al puerto de Mazatlán con su comitiva formada por el General Fausto Topete, el general y gobernador de Nuevo León Aarón Sáenz, los generales Francisco R. Manzo y Antonio Ríos Zertuche, el profesor Manuel Páez y el diputado Ricardo Topete; en otras palabras, la plana mayor del obregonismo. Fueron recibidos por los miembros de los sectores que ya mencionamos, pero además por un “numeroso público”; en el trayecto al hotel Belmar se organizaron bailes en las principales plazas como la de la República, Zaragoza y Campo Marte, además varias calles fueron “iluminadas profusamente”. No era para menos, el presidente electo estaba de visita.
           
Del Belmar, tras el banquete y el baile, Obregón y los suyos se trasladaron a Echeguren. El presidente electo estuvo hasta las dos de la mañana disfrutando del baile en su honor y se dijo sorprendido por las muestras de simpatía que recibió “de todas las clases sociales”; aunque, desde luego, al baile en la Quinta sólo fue la alta sociedad mazatleca.
De ahí la comitiva salió a su siguiente destino: la ciudad de Tepic, Nayarit. Fue el jueves 12 de julio cuando el Caudillo tocó suelo nayarita. Se ordenó un replique general: “que las campanas fueran echadas a vuelo”, que fuera el anuncio que el general Álvaro Obregón, presidente electo de la República, estaba ahí. No podía faltar un banquete en su honor y un baile nocturno en el Casino Tepic donde acudirían “las principales familias” de aquella ciudad. No faltaba más.
A través del tren Sud-Pacífico el general Álvaro Obregón llegó a la ciudad de Guadalajara  la noche del viernes 13 de julio, en la capital de Jalisco permanecería hasta un día antes de emprender el último tramo de su viaje que lo traería a la Ciudad de México. Algunos miembros del Gran Partido Revolucionario de Jalisco, había alcanzado en San Blas, Sinaloa, al presidente electo. Se trataba del diputado Silvano Barba González y el señor Francisco Labastida Izquierdo. Además de tratar temas políticos, le anunciarían el “mucho entusiasmo” que existía en Guadalajara para recibirlo y los “grandes festejos” que se harían en su honor. Igualmente, en aquella ciudad una Comisión de la Cámara de Diputados estarían para recibir al presidente electo.
            El general Álvaro Obregón llegó a la Ciudad de México el domingo 15 de julio. Antes de descender de su transporte motor ocurrió un suceso poco o nulo comentado y abordado por la historiografía obregonista, que parecía señalar o avisar que la muerte estaba muy cerca del Caudillo. A las 12.15 de ese día el tren explorador que veía a la vanguardia destrozó un automóvil en Azcapotzalco dejando un saldo de un muerto y tres heridos. La locomotora despedazó el Hudson para siete personas que no alcanzó a cruzar la vía. Según el reporte periodístico eran un grupo de militares que festejaban el cumpleaños de uno de ellos con sus esposas y amigos. Un militar perdió la vida, dos alcanzaron a saltar, salvándose; no así otras tres personas que sufrieron heridas. El ferrocarril con el presidente electo pasó 15 minutos después por ese sitio, al parecer nadie se percató del accidente.
           
Cerca de 70 mil personas llegaron a la Estación Colonia para recibir al general Álvaro Obregón. El recibimiento fue digno del hombre que además de ser el futuro presidente de México era el Jefe Supremo de la Revolución y por ende del país; ya habrá tiempo de reseñar en otro espacio esa historia. Por ahora sólo habría que decir que entre esas miles de personas, obregonistas de cepa y en su inmensa mayoría acarreados, estaba José León Toral. Ya decidido a matar al presidente electo llevaba una pistola escondida en el pecho, sólo que no encontró el momento ideal para cometer su crimen. La noche de aquel 15 de julio de 1928 León Toral siguió al general Obregón hasta su casa en Avenida Jalisco 185; al otro día, el 16, se entrevistó con un sacerdote de nombre José Jiménez y buscó sin éxito a Obregón en Palacio Nacional y en el Centro Director Obregonista; finalmente, el día 17 luego de volverse a entrevistar con Jiménez y con la monja Concepción Acevedo y de la Llanta, la llamada madre Conchita, José León Toral fue a la Bombilla a terminar con la vida del presidente electo.

NOTAS:

1) Hoy Ciudad Obregón.
2) Es uno de los biógrafos más importantes de Álvaro Obregón en la actualidad.
3) Pedro Castro. Álvaro Obregón. Fuego y Cenizas de la Revolución Mexicana. Editorial Era. México 2009. Pág. 389.
4) El periódico consultado en el Archivo General de la Nación (AGN) fue El Universal. Se revisaron las ediciones del 11 al 20 de julio de 1928. No existe, por lo menos en ese lugar, otro diario de esas fechas.

5) Era propiedad de una familia española que era comerciante en Sinaloa. La Quinta era famosa desde el siglo XIX por sus bailes.

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