jueves, 30 de octubre de 2014

Cuatro épicos juegos entre Atlante y Necaxa para definir al campeón 1932



La última jornada del campeonato de 1932 enfrentaba a los dos punteros: Atlante y Necaxa. El ganador del juego en el estadio del pueblo de La Piedad sería el campeón. En caso de un empate se jugaría una serie tres partidos para definir al monarca del futbol mexicano. Sucedió esto último, así  que por tres domingos consecutivos eléctricos y ex-llaneros jugarían una serie que raya en lo mítico. Estos cuatro partidos entre Necaxa y Atlante están llenos de goles, de emociones, de incidentes, broncas, pasión, goles anulados, manos en el área no marcadas, autogoles, goles de último minuto, entre  otras anécdotas más; son dignos cotejos de los equipos más populares de la época y que protagonizaron la que posiblemente sea la definición de un campeonato de Liga más legendaria de la historia del futbol mexicano.
Los jugadores del Atlante en hombros. Foto Hemeroteca Nacional (UNAM)
El cierre del torneo.

El domingo 15 de agosto de 1932 el Parque Necaxa recibió a 15 mil personas, la mayor entrada hasta el momento para un juego de futbol. Los periódicos en la semana previa al partido pronosticaban un triunfo azulgrana “las simpatías generales son para el equipo llanero que ha sabido defender los colores nacionales siempre que han venido equipos extranjeros”. Argumentaban que el Necaxa tenía un futbol brillante pero que su rival los podría vencer con sus características de juego que eran “bravura, rapidez y  amor propio”. Los vaticinios fallaron o, mejor dicho, el árbitro no dejó que se cumplieran. El juego estaba empatado a tres goles –Necaxa siempre estuvo al frente en el marcador- a cinco minutos del final, o sea al minuto 85, “uno del Necaxa comete “hands” en el área penal”, pero el silbante es él único que no lo ve. Habría serie de tres juegos.
15 mil almas esperaban a un campeón. Foto: Hemeroteca Nacional (UNAM)

Juego 1: triunfo azulgrana.

El Necaxa es recibido con “palmas de sombra [de la tribuna]” para enfrentar el primer compromiso de tres ante el Atlante, que cuando sale a la cancha “oye aplausos de sus partidarios de sol”. Los Electricistas comienzan a deleitar a las gradas con su futbol lúcido de muchos pases y llegada fácil al marco contrario. Sin embargo, los Prietitos abren el marcador al minuto 12. Desborda Fernando Patadura Rojas, centra a la Marrana Olivares que remata, Pauler suelta y el mismo delantero azulgrana empuja el balón a la red. Juan Trompo Carreño tuvo el 2-0 con un remate de cabeza que pasa por encima del travesaño. El portero necaxista cometería su segundo error al no poder cortar un centro de Rojas que aprovecha Dionisio Nicho Mejía para anotar de cabeza y sin arquero. Es apenas media hora de juego. Pero Necaxa se acerca luego de que Vicente Chamaco García rematara de gran forma un pase de Ignacio Ruvalcaba. Lo peor y lo mejor estaba por venir.
Los equipos antes del Juego 1. Foto Hemeroteca Nacional (UNAM)
El Atlante entró al juego brusco: “se ven jugadores contrarios por la tierra”. Incluso, el Trompo Carreño patea por la espalda a Antonio Azpiri, debió irse expulsado, pero el árbitro no lo consideró así. Pese a que el equipo azulgrana opta por ensuciar el juego, encuentra el tercer gol a través de Nicho Mejía. Es el minuto 63, Necaxa pierde 3-1 y entonces aparece la mejor versión de su futbol.  El Universal escribe “el Necaxa en 20 minutos dio la impresión de un equipo formidable. Si jugara siempre así no habría otro equipo mejor en nuestras canchas”. El Excelsior coincide “Los últimos 20 minutos valieron por una temporada”. Las combinaciones de la Yegua Camarena, de la Sardina López, de Ruvalcaba, de Marcial Ortiz y de Chamaco García, producen varias opciones de gol. Pero el público ve a Garfias “agigantarse parando todo lo que le mandan”. Aún así Ignacio Calavera Ávila hace el 3-2 y Camarena estrella un balón en el poste. El Atlante gana y está en ventaja en la serie.

Juego dos: Bronca, expulsados, detenidos y empate.

Necaxa estaba obligado a no perder y el Atlante con un triunfo sería por primera vez campeón del futbol mexicano ese domingo 28 de agosto de 1932. Pero ese día el futbol no apareció en el lujoso inmueble futbolero de la Calzada de los Cuartos. Sobre todo en el cuadro azulgrana que pretendió detener el futbol preciosista de los Electricistas con rudeza. El primer tiempo terminó empatado a cero goles y con un conteo de ocho faltas de los Prietitos por sólo dos de los locales.

Hubo más patadas que fútbol. Foto Hemeroteca Nacional (UNAM)

En el segundo tiempo se desató una gran bronca. Pepe Ruíz le hizo una falta al mediocampista azulgrana Guirán; este respondió. Antonio Azpiri fue a la defensa de su compañero, fue rodeado hasta por cinco jugadores del Atlante y salió con “éxito”. Pero en eso llegó Felipe Diente Rosas que “con alevosía le dio un golpe por detrás y ya tirado le dio una patada en la cabeza”. Le fracturó la nariz. No conforme, el delantero mundialista del Atlante enfrentó a la tribuna de sombra, es decir, a la del Necaxa y “sin respeto de ninguna clase hizo atrevido ademán que produjo la general indignación”. La policía montada tuvo que poner orden. Se fueron expulsados Diente y Guirán por los Prietitos y Aspiri y Pepe Ruíz por los necaxistas; incluso fueron detenidos “por su poca corrección para jugar”.
Se reanudó el partido con nueve hombres por lado. Chamaco García hizo un potente disparo que desvió Paco Islas y Garfias ya no pudo evitar el 1-0. En cambio, Ernesto Pauler sí pudo detener un cobro de tiro libre de Juan Carreño. Al minuto 85 La Sardina López se equivoca en un despeje. El Trompito aprovecha, se perfila sólo en el área y fusila al meta austriaco. Es el empate a un gol. La serie sigue a favor del Atlante. Previo a tercer juego la prensa especula que en caso de ganar Necaxa habría un cuarto juego de desempate a puerta cerrada.

Juego tres: Atlante es campeón.

El 4 de septiembre una vez más se llena el Parque Necaxa. El general Abelardo L. Rodríguez toma posesión como presidente de México. Mientras rojiblancos y azulgrana buscarán ese mismo día poner fin el campeonato 1932. Esto último sólo podría ser posible si el Atlante gana. Y así fue.
            En el primer tiempo ambos equipos retoman su esencia: Necaxa vuelve a exhibir sus grandes combinaciones que tanto gustan a sus seguidores, pero carece de contundencia. Atlante pone “todo su corazón, su empuje y su entusiasmo”, sólo por momentos sus jugadores dejan ver su técnica. A los 35 minutos le anulan un gol a Ruvalcaba tras un pase de Julio Lores. El joven delantero electricista estaba en “off side”, cuando disparó a gol ya se había escuchado el silbatazo anulando la jugada. Se van a descansar con un cero a cero. Esto hacía campeón al Atlante.
Primer título azulgrana. Foto: Hemeroteca Nacional (UNAM)
            Para el segundo tiempo hay un asedio constante al arco azulgrana. El inca Lores maneja el ataque rojiblanco con maestría, pero el portero Garfias -ex necaxista, por cierto- se ve “colosal”: en una ocasión rechaza abajo y luego desvía arriba, en dos remates consecutivos; igualmente, Chaquetas Rosas está en su día “siempre su pie, su cabeza o su cuerpo, se oponían al avance de la pelota”.
            A los 85 minutos, como en el anterior cotejo, los ex llaneros alcanzan la gloria. Nicho Mejía realiza un contragolpe, pasa a la Marrana, éste manda un centro al área donde Pauler y La Sardina López chocan, el balón se va pasar de largo, pero…la Nacha Olivares corre, estira el pie “haciendo un supremo esfuerzo” y toca  la pelota que entra “casi insensiblemente” al arco rojiblanco. Gol. Quedan cinco minutos.
            Necaxa acosa, como todo el partido, el arco del “colosal” Garfias. La Yegua Camarena por fin lo vence, pero se marca “off side”. Luego el Chamaco García de cabeza anota, se anula también, van tres en el partido todos contra el Necaxa. Un reportero asegura “sería curioso saber la versión del árbitro”. Pero lo único que se entera es que silba el final.

Atlante es campeón del futbol mexicano por primera vez en sus historia. Lo hace luego de vencer en una épica y mítica serie de cuatro juegos a su acérrimo rival: el Necaxa.

FUENTES:
El Universal y Excélsior.
           


jueves, 23 de octubre de 2014

El caos, el desconsuelo y la desesperanza ante la suspensión de cultos.


El 24 de julio de 1926 el Episcopado Mexicano hizo oficial su resolución de suspender el culto público en todo el país. La medida, autorizada por el Vaticano, era la respuesta a la promulgación de la llamada Ley Calles –reformas al código penal en materia religiosa- que entraría en vigor el 31 de julio de ese año. Todo esto dejaría a los fieles mexicanos sin servicios religiosos de ningún tipo. La desesperación hizo presa fácil a miles de católicos que acudieron en forma masiva a los templos antes de que fueran abandonados por los sacerdotes.


            El rumor de que la élite eclesiástica suspendería el culto era del dominio público desde principios de mes. Tanto que el jueves 22 una multitud acudió a la Catedral Metropolitana para llevar a sus hijos a recibir el sacramento de la confirmación. Era habitual que todos los jueves el Arzobispo de México José Mora y del Río realizara confirmaciones; sin embargo aquel día, por el rumor de que el 31 cerrarían los templos, la afluencia fue masiva. Aquello pudo terminar en tragedia con varios niños asfixiados.
            Desde la noche anterior en el atrio del Sagrario Metropolitano se formó “un campamento de familias”. Ahí había padres, niños y padrinos esperando que la última puerta del templo se abriera para recoger la boleta de confirmación, registrar a los niños y después pasar a la Catedral a recibir el sacramento. Cuando a las ocho de la mañana las oficinas abrieron la gente sin orden alguno se arremolinó sobre la puerta. La policía montada tuvo que ser llamada y organizó “colas” para realizar el trámite. Adentro del templo la cosa no sería distinta. Los padrinos cargaban a sus futuros ahijados y con ellos en lo alto pretendían acercarse lo más que pudieran al anciano arzobispo capitalino. Por supuesto que los niños no entendían nada, sudaban copiosamente y “lloraban en todos los tonos, con toda la fuerza que eran capaces, desesperadamente”.

            Se habla que fueron más de tres mil infantes ese jueves a recibir su confirmación. Ni la mitad lo pudo conseguir. José Mora y del Río se retiró pasadas las tres de la tarde alegando cansancio. El desorden seguía reinando en Catedral. La señora Francisca Gudiño perdió a su hijo de menos de tres años “es morenito, estaba vestido de azul, con zapatos nuevos cafés y gorra del mismo color”, denunció. Mientras que la Cruz Roja reportó que atendió por asfixia a dos señoras, un anciano y a un menor de año y medio. El Clero anunció que pondría a otros prelados para apoyar al Arzobispo de México.
            Pero este no sería el caso más serio en la Catedral Metropolitana pues días después una “explosión” dentro del templo provocó la histeria de los miles de fieles ahí reunidos. El 29 de julio, a dos días de la suspensión del culto público, más de tres mil personas acudieron a recibir sacramentos. Esta vez José Mora estaba acompañado por Pascual Díaz Barreto Obispo de Tabasco y Maximino Ruíz y Flores Obispo Tutelar de Derba, aún así eran insuficientes. En medio de ese desorden multitudinario un fotógrafo quiso tomar una placa, desde luego no había mucha luz, por lo que prendió magnesio. La explosión literalmente enloqueció a los ahí presentes que pensaron que se trataba de un atentado y cada quien como pudo corrió a las puertas. Hubo aplastados, gente en el suelo pisoteada por otra, llanto, gritos, desesperación. El saldo: 57 personas heridas, 14 de ellas eran niños. Afortunadamente, una vez mas, la Cruz Roja se encontraba ahí con dos puestos de auxilio, cuatro médicos y 16 enfermeras. Sólo 4 heridos tuvieron que ser trasladados a hospitales. Se trataba de Roberto Sáenz de un año y medio, Martín Andrés de 17, Débora Higareda de 16 y Petra Islas de 24.
            La Basílica de Guadalupe fue, desde luego, otro templo sumamente socorrido los días previos a que los sacerdotes dejaran de oficiar misas y administrar los sacramentos a sus fieles. La cosa fue distinta en el cerro del Tepeyac, puesto que se trata de un templo más para la oración y la súplica. Lo que se vivió en los días previos a la suspensión de cultos en la Villa de Guadalupe fueron manifestaciones de fe y plegarias para salvar a la Iglesia católica del nuevo Nerón: Plutarco Elías Calles.

            El domingo 25 de julio, un día después de que el Episcopado Mexicano hiciera oficial su determinación, acudieron 50 mil fieles a la Basílica de Guadalupe. Había gente de todas las clases sociales y “grupos de indígenas” de los pueblos del Distrito Federal. Se organizaron peregrinaciones para “despedirse de la Virgen del Tepeyac” desde el día 28 que saldrían en la parroquia de la Ribera de San Cosme con un intervalo de 30 minutos. La élite eclesiástica dijo a los fieles que toda la semana sería de penitencia y que “procuraran” hacer la visita a la Virgen “recorriendo descalzos el camino que lleva a la Villa de Guadalupe”.
            El día previo a la suspensión de cultos se veía a la gente caminar descalza rumbo a la basílica. En la misa, durante la eucaristía, quienes comulgaban se hincaban frente al sacerdote y juraban “permanecer fieles a las doctrinas de la Iglesia”. Igualmente había gente que subía al templo de rodillas y con una vela encendida en la mano. El último día de servicios religiosos en la Basílica de Guadalupe se bendijeron imagines y agua; hubo confesiones y matrimonios. El templo se cerró y fue entregado una comisión de vecinos que se encargaría de cuidarlo, tal y como se haría en todos los de la República a partir de que concluyera el último día de julio.
            Mientras todo esto pasaba en la Catedral Metropolitana y en la Basílica de Guadalupe, en el resto de las iglesias católicas se daban confesiones, bautizos y matrimonios de forma masiva. Hubo lugares donde se suspendió el pago de estos servicios y se agilizaron trámites para que el mayor número de files recibiera los sacramentos. El Gobierno por su parte mandó pegar en los muros de los templos las leyes que entrarían en vigor al primer segundo de octavo mes. Igualmente se colocaron avisos para decirle a los fieles que las iglesias permanecerían abiertas para que “con toda libertad” pudieran verificar sus actos religiosos; sólo les pedían “guardar el orden y obedecer las leyes”.


            En un principio el Episcopado Mexicano señaló que los templos serían encargados a un grupo de vecinos que ellos elegirían para cuidarlos. Pero finalmente fue el Ayuntamiento del Distrito Federal quién eligió a esos grupos. Se sellaron muebles y hasta se hicieron inventarios. En el caso de la Basílica de Guadalupe hubo un cofre donde se guardaron reliquias de oro y de gran valor, el abad se quedó con la llave. Las casas donde vivían los sacerdotes también fueron encargadas a vecinos, aunque el Clero sugería dejarlas a custodia de familiares de los mismos curas.

            Finalmente, el 1 de agosto de 1926 entró en vigor la Ley Calles y la suspensión del cuto público. Nada pudo evitarlo, ni siquiera la petición que un grupo de “distinguidas damas” hizo el día 27 de julio a doña Natalia Chacón de Calles, claro, la esposa del presidente, para que “influyera en el ánimo” de su esposo y diera marcha atrás a sus leyes anticlericales. Doña Natalia no pudo influir, seguramente ni lo intentó, y la Guerra Cristera estaba por venir.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Un Palacio para el Necaxa.


A Miguel Villanueva Enríquez

El Necaxa fue el primer grande del futbol mexicano. Su espléndido juego de auténtica leyenda arrasaba rivales y arrastraba multitudes. Ese extraordinario ballet futbolístico que generaban sus jugadores requería de un palacio. Por eso la Compañía de Luz y Fuerza S.A. y  la  de Tranvías de México S.A. decidieron en 1930 darle uno: El Parque Necaxa. Mítico escenario deportivo en el pueblo de La Piedad del Distrito Federal que fue el inicio de los palacios futbolísticos que serían la casa de los Electricistas: el Olímpico de la Ciudad de los Deportes, el Olímpico Universitario, el estadio Azteca y en la actualidad el Victoria de Aguascalientes.
De las pocas fotografías del Parque Necaxa.
            A principios de la tercera década del siglo XX mexicano Luz y Fuerza y Tranvías de México, campañias dueñas del Necaxa, contaban con un complejo deportivo destinado al entretenimiento de los trabajadores de la Federación Delta, formada por los empleados de mencionadas empresas. Estaba situado en el pueblo de La Piedad, a un costado del río del mismo nombre –hoy Viaducto La Piedad-, sobre la Calzada de los Cuartos –hoy avenida Cuauhtémoc-, que popularmente se le conocía como Calzada del Deporte. Ahí comenzó a construirse el escenario futbolístico más moderno de ese tiempo. Un estadio que ya no existe físicamente, que sin embargo los aficionados que lo vieron supieron transmitir su belleza y majestuosidad a las nuevas generaciones, de padres a hijos, tanto que el Parque Necaxa sigue vivo como desde aquel 14 de septiembre de 1930 en que abrió la puertas.
            El campo tenía las medidas “internacionalmente aceptadas”, es decir, de 105 metros de largo, por 75 de ancho. Su famoso pasto era inglés mezclado con otro traído de Bermudas y además con trébol que fue sembrado “dos años antes”, o sea desde 1928. Se le agregó arena negra para “darle consistencia” y así dejarlo como “una alfombra suave”. El césped del Parque Necaxa fue algo que impactó de sobremanera a los aficionados, a los periodistas y a los historiadores, pues siempre en sus crónicas ocuparon importantes espacios para hablar de ese pasto.
            La cancha tenía un drenaje especial que permitía “evacuar las aguas pluviales, por abundantes que sean, en termino de 10 minutos”. Algo sin precedentes en cualquier estadio de futbol en México. Otro distintivo era la pista atlética que circundaba el terreno de juego. Tenía una longitud de seis metros de ancho, con una base de concreto y después arena.
            En cuanto a las tribunas, estas tenían espacio para 15 mil aficionados, más grandes que las del parque España -10 mil- y del Asturias -14 mil-. La tribuna de sombra tenía una altura de 19 metros con una proyección de 22 metros y contenía 30 hileras de asientos. Esta dividida en tres zonas: la primera con siete filas y estaba pegada al campo; la segunda con 17 filas a la mitad de la tribuna; y la tercera, de sólo 5 filas en la parte superior. El reportero de El Universal que acudió días antes  de la inauguración asegura que desde la última fila “se domina todo el Distrito Federal”. El techo era de lámina con un volado de 23 metros sin columnas para sostenerlo y que impidieran la visibilidad del público. Tenía una extensión total de 63 metros y daba cobijo a 6 mil aficionados. Todas las tribunas tenían cimientos de concreto, pero las filas de asiento eran de madera creosotada con pintura de aceite color gris. Los ingenieros calculaban 15 minutos para desalojarlo por completo después de cada partido.
            Otra innovación del Parque Necaxa era la casa club que poseía. Es de sorprender que en 1930 estemos hablando de un escenario futbolístico con esta infraestructura. Era un edificio de dos pisos con habitaciones para los equipos visitantes, una biblioteca, un cinematógrafo, un restaurante, casilleros, baños, sala de curaciones y oficinas administrativas. Sin duda se trataba del estadio más moderno del país y posiblemente de América Latina como en algún tiempo fue catalogado el estadio Victoria de Aguascalientes donde actualmente juega el Necaxa en la división de ascenso de nuestro país.
            Su inauguración el 14 de septiembre de 1930 fue todo una acontecimiento. El presidente de la República en turno, el ingeniero Pascual Ortiz Rubio, asistió al evento. La doble cartelera estaba formada por el preliminar entre el campeón España ante el Club América. En el estelar el Necaxa fue anfitrión de la Selección Mexicana que venía de participar en la primera Copa del Mundo en Uruguay y que deseaba demostrar a la afición que “durante los juegos que celebraron en el extranjero, aprendieron bastantes combinaciones”, como aseguraba el reportero de Excélsior.
La Selección Mexicana regresó de Uruguay 1930 e inauguró el Parque Necaxa
            La entrada fue caótica pues la afición no estaba acostumbrada a los torniquetes que permitían el paso de una sola persona a la vez. Igualmente los aficionados no respetaron los asientos numerados y “hubo varios altercados”. Las localidades ese día fueron 25 centavos y se fijaron para “juegos ordinarios” entre los 25 centavos y el peso por boleto. Lo cual era bastante barato si consideramos que en esa época asistir a los toros, por ejemplo, costaba 1 peso en sol y dos en sombra.
            La Selección Mexicana fue la primera en ingresar al campo del Parque Necaxa. Estaba formada por los mundialistas Oscar Bonfligio en la portería; Rafael Garza Gutiérrez Récord y Manuel Chaquetas Rosas en la defensa; Efraín Amezcua, Alfredo El Viejo Sánchez y Felipe Diente Rosas en medio campo; Hilario El Moco López, Juan Trompito Carreño, Dionisio Nicho Mejía, Felipe La Marrana Olivares y Roberto Gayón de delanteros. Los nueve primeros tenía el honor de haber jugado en el estadio de Pocitos en Montevideo el primer juego en la historia de la Copa del Mundo. Desde luego, su uniforme era de playera roja y calzoncillo en azul.
            El Necaxa vistió para la ocasión con una combinación de uniforme de los dos equipos que se fusionaron para su creación: llevaba la playera de rayas verticales rojiblancas, del Luz y Fuerza; con el short y las calcetas en azul eléctrico del Tranvías de México. Los Electricistas fueron recibidos por una gran ovación y su oncena titular fue la siguiente: Ernesto Pauler de portero y capitán; Lozano y Sierra; Rosales, El Perro Ortega y La Sardina López; Guzmán, Pepe Ruíz, Rivera, Patiño y Gómez.
Capitanes y árbitro. Foto Hemeroteca Nacional.
            En el primer tiempo los seleccionados nacionales fueron “arrollados materialmente por el Necaxa” dejando el marcador con un 2-0 claro. Lo más que logró el equipo mundialista fueron dos disparos de Trompito Carreño que atajó el Portero del Volga. A las 13 horas arribó el presidente Pascual Ortiz Rubio al campo, se tuvo que detener el juego para rendirle honores. Se entonó el himno, 21 disparos de salva y vivas para el jefe del ejecutivo federal que luego subió a su palco a ver el espectáculo. Al retirarse, antes de la conclusión del juego, una vez más se detuvo el partido.
            Regresando al juego, Necaxa se colocó 3-0 en el marcador. Nicho Mejía, jugador del Atlante, acortó para el 3-1. El anfitrión se volvió a adelantar ante el delirio de su público. Hilario El Moco López, de origen necaxista, hizo 4-2. La emoción se puso al máximo cuando El Viejo Sánchez puso a la Selección Mexicana a un gol de empatar al dejar el marcador 4-3. Sin embargo, Necaxa marcó su quinto gol del juego que lo colocó inalcanzable pese a otra anotación conseguida por el goleador azulgrana Nicho Mejía. Marcador final 5-4 del Necaxa sobre la Selección Mexicana.
Necaxa posa por primera vez en su estadio. Foto Hemeroteca Nacional.
            Necaxa había confirmado su superioridad en el futbol mexicano al vencer a la selección nacional y eso que la época del Campeonísimo aún estaba por venir. Los momentos más gloriosos del equipo Electricista estaban aún por realizarse, quizá su directiva intuyó esa grandeza y por eso construyó el Parque Necaxa. Todo un palacio de funcional modernidad y de avanzada arquitectura que se metió en la eternidad del imaginario del futbol de México gracias a los aficionados que tuvieron el privilegio de estar en sus tribunas y que después de ser destruido no lo dejaron morir al contarle a sus hijos cuán hermoso era el Parque Necaxa.

            

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...