lunes, 17 de noviembre de 2014

El Cobarde, Fishman y Sangre Chicana con pasaporte a la inmortalidad.

Por: Víctor Miguel Villanueva
@VictorMiguelV

En la segunda mitad de la década de los setenta del siglo XX la lucha libre mexicana estaba proscrita de la televisión. La industria cinematográfica del país también había abandonado las historias que mezclaban el arte del pancracio con seres míticos de ésta o de otra galaxia, para hacer cine de ficheras. Por lo mismo, los luchadores se ganaban la idolatría única y exclusivamente en el ring, con sus máscaras, sus cabelleras, sus capas, sus evoluciones, su técnica y su rudeza. Igualmente, era un tiempo de transición: algunas leyendas comenzaban a pensar en el retiro, a la par una generación de luchadores iniciaba su camino al estrellato, a la inmortalidad.
Sangre Chicana y Fishman. Imágenes "dantescas".
Revista Box y Lucha
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México.
            Tal es el caso de El Cobarde, Fishman y Sangre Chicana, tres gladiadores que protagonizaron el Primer Triangular de Máscaras en la historia de la lucha libre mexicana. Pero no fueron los míticos combates del 23 y 30 de septiembre de 1977 los que inmortalizaron a este trio. Sino lo que fue de ellos tras esos dos viernes perennes en la memoria de la afición. El hombre pez se confirmó como la gran estrella que ya era; Chicana comenzó a partir de ahí una carrera  que lo pone entre los mejores rudos de todos los tiempos; mientras que la temprana muerte del El Hombre Bicolor afianzaría su leyenda.
Todo comenzó el 2 de septiembre de 1977
Revista Box y Lucha
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México.
            
Todo comenzó en la lucha estrella del 2 de septiembre de 1977 en la Arena México. En un torneo de parejas se disputaron el triunfo El Cobarde y El Faraón contra Adorable Rubí y Fishman. Surgió “un inesperado pique” entre el hombre pez y el de negro y blanco; se hicieron añicos las máscaras. Hasta esa noche la afición sabía que Fishman tenía gran rivalidad con El Faraón, pero no con El Cobarde.
            Una semana después, 9 de septiembre, se volvieron a enfrentar, pero ahora en tríos. En el bando rudo aparecía Sangre Chicana y con los técnicos el joven Ringo Mendoza. El público se puso “histérico”  y la arena “enloqueció” con esa lucha. En la segunda caída Chicana y Fishman se “ensañaron” con El Cobarde, lo golpearon hasta el cansancio, lo ensangrentaron y, por supuesto, le rompieron la tapa. Pero el enmascarado de negro y blanco reaccionó “hizo añicos las frentes y las máscaras” de sus contendientes. La afición deliraba con el espectáculo el cual fue calificado como “una gigantesca carnicería”, decían que esos tres ofrecían “visiones dantescas, del más allá”. Este combate desde aquella noche pasó a los anales de la historia. Pero aún faltaba más.
           
Se destrozaron físico y máscaras.
Revista Box y Lucha
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
El viernes 16 de septiembre el cartel de la Arena México anunciaba una batalla campal de tríos. Los ganadores fueron El Cobarde, Ringo Mendoza y El Monarca contra Fishman, Sangre Chicana y la joven promesa Tony Salazar. El pocho maldito tenía con doble tirante a los brazos al técnico bicolor, lo que permitía al hombre pez golpearlo a placer. El Cobarde pudo tirar una patada y cometió faul a su rival: lo descalificaron. Ante la desaprobación general del público. En medio de la protesta Chicana y El Cobarde se trenzan en una caída extra que emocionaba más a la afición. Al final el luchador técnico le preguntó a los 16 mil testigos presentes con quién debía jugarse la capucha ¿Fishman o Chicana? La gente elige al renegado y El Cobarde acepta, lo cual enloquece a todos, más al hombre pez.
            Sin embargo, el día en que se hacía oficial la presentación del duelo máscara contra máscara entre El Cobarde y Sangre Chicana, Fishman irrumpió en la conferencia de prensa, “pidió a gritos entrar a la contienda”. Así el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) anunció el Primer Triangular de Máscaras de la historia para conmemorar los 44 años de la lucha libre en México. La mecánica sería: el 23 de septiembre se sortearían, con una moneda al aíre, los turnos para enfrentarse mano a mano, el primero que perdiera dos caídas, dejaría la incógnita esa  noche y los otros dos se volverían a enfrentar en un duelo directo, máscara contra máscara a dos de tres caídas y sin límite de tiempo, el viernes 30 de septiembre. Sólo uno conservaría su tapa.
Al principio sólo era máscara vs máscara.
Revista Box y Lucha
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Universidad Nacional Autónoma de México
            La México fue insuficiente, aunque los precios de ring numerado hayan pasado de 25 a 100 pesos o los de general de 6 a 15 pesos, la ocasión lo ameritaba: quienes estuvieran ese día en el recinto de la colonia de Los Doctores serían testigos de algo sin precedentes en la historia. Sangre Chicana subió de rojo por completo, salvo su antifaz amarillo sobre la máscara; Fishman con su combinación en verde con algas en amarillo; El Cobarde con la mitad de su vestimenta en blanco y la otra en negro; los tres con capas de lujo: roja, verde y blanca, respectivamente.
            El Cobarde y Fishman, tras el sorteo, se enfrentan en la primera caída. El técnico gana con una rana. Ahora se medirá a Chicana a quien también vence con una “despiadada” palanca al brazo. El hombre bicolor defendió con éxito su identidad. Así que los rudos tendrían que jugarse la máscara a una caída. Se dice que antes de este combate eran grandes amigos, de hecho, al inicio de la contienda pelean técnicamente. Hasta que “se vieron atrapados en su propia violencia” y la lucha subió de intensidad, aunque eso sí, jamás se rasgaron las máscaras y mucho menos se sangraron. Fishman aplicó magistralmente una Moreliana, creación de Bobby Bonales, que no pudo resistir su oponente. A las 10:55 de la noche Sangre Chicana, por su propia mano, se despojó de su máscara, dijo llamarse Andrés Richarson, ser originario de Nuevo Laredo, residente de la ciudad de Chicago, tener 25 años de edad y cuatro de luchador profesional.
El rostro del Pocho Maldito.
Revista Box y Lucha
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            Finalmente, el viernes 30 septiembre de 1977 concluiría el Primer Triangular de Máscaras de la historia. Fishman había declarado que su incógnita era un trofeo “que no merece el bicolor”. Para demostrarlo con hechos se apunta la primera caída con una plancha. Para el segundo asalto El Cobarde hace su llave favorita: una “despiadada” palanca al brazo. Todo concluiría en una definitiva tercera caída donde no había perdón ni indulto. El de la máscara blanca y negra intenta un tope suicida entre la segunda y la tercera cuerda; ambos regresan al ring antes de los 20 segundos. El demonio verde ahora sufre un Crucifijo, pero con su experiencia lo convierte en rana, no hay rendición. Así que Fishman opta por hacerle “pedazos el físico, la cara y la máscara”; El Cobarde puede “regresar algo de la golpiza”. Pero luego de fallar una plancha, queda merced del rudo: quien le realiza una cruceta y un doble tirante “cracks, crujieron brazos y pernas”. Se rindió.
            “El público permanecía callado. El Cobarde lucía de pie en medio del ring de la Arena México, estaba cabizbajo, con la máscara destrozada y el rostro de sangrentado; atrás de él el réferi Eddie Palau le quitaba las cintas de la capucha bicolor, que por últimos instantes en su vida portaba….”(1). Luego el réferi le arrancó la máscara “violentamente”, Miguel Ángel Delgado mostró su rostro “recio” al “expectante pópulo”. Dijo ser de Ciudad Juárez, Chihuahua, y tener 30 años de edad.
           
Miguel Ángel Delgado, El Cobarde.
Revista Box y Lucha
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Universidad Nacional Autónoma de México.
Luego de esto Fishman alcanzó el olimpo de la lucha libre mexicana y nunca nadie lo pudo desenmascarar. Sangre Chicana fue un ejemplo de brutalidad, de bajezas y de rudezas; incendió cualquier arena donde se paró, los técnicos le temieron, los rudos lo respetaron y la afición lo reconoció como un grande del pancracio. Miguel Ángel Delgado, El Cobarde, perdió la vida años después. Nunca fue el mismo desde aquella noche del 30 de septiembre de 1977; pero su capucha bicolor es un emblema imborrable en la memoria colectiva de este deporte.


NOTA 1:  Reportero Candadito en la revista especializada Box y Lucha.

martes, 11 de noviembre de 2014

El novelesco complot para asesinar al presidente Calles



La señorita Dolores Lemus y el Sagaz Policía Infiltrado vivieron de forma muy distinta la tarde del 31 de julio de 1926. La primera era acusada de planear un complot para asesinar al presidente de la República Plutarco Elías Calles; el segundo, se había hecho pasar como representante de la mitra de Oaxaca para desbaratar la conjura que se planeaba en la colonia del Valle. Lemus, en la soledad de una prisión, se preguntaba cómo pudo ser tan tonta para confiar en ese indio que se presentó en el sitio de la conspiración para quitarle la vida al nuevo Nerón.
            Todo había sido tan rápido. Tres días antes, Dolores Lemus se enteró que un padre de la mitra oaxaqueña acudió al número 12 de la calle de La Morena ofreciéndose a ayudar para lo que se tramaba en la casa de la familia Torres. Se ganó su confianza, seguramente hasta su afecto; ahora él estaba ante los representantes de la prensa capitalina haciendo alarde de cómo se infiltró y evitó que esos “excitados católicos” asesinaran a Calles. Mientras que ella y ocho mujeres más estaban presas.
Dolores Lemus
Excélsior 1 de agosto de 1926
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            Desde principios de semana, el lunes 27 de julio para ser precisos, la policía capitalina recibió la visita de un ciudadano que fue hacer una denuncia. Les informó que en la calle de La Morena, número 12 de la colonia Del Valle, había reuniones nocturnas con señores y señoritas, hablaban terribles peroratas y había un inusual movimiento de automóviles. Una vez resuelto el caso se supo que la denuncia la hizo un español de apellido Orellana, que vivía en la misma casa de la conspiración.
            En efecto, el señor Enrique Orellana moraba en el mencionado domicilio con su esposa y tres hijos. Compartía la casa de La Morena con la familia Torres, compuesta por el señor Jorge E. Torres, su esposa, Clemencia Boquedano de Torres y su hija Clementina Torres Boquedano, de sólo 16 años. En la casa también habitaban cuatro sirvientas; Andrés Araujo, hijo de un senador, solía visitar la casa por las noches y entrar por el jardín y, además, Dolores Lemus a veces se queda a dormir ahí y después salía muy temprano con las señoras a escuchar misa.
            El general José Álvarez, del Estado Mayor Presidencial, no dudó en ningún momento de la veracidad del complot, pues Orellana llevó su credencial de la Cámara de Comercio, una libreta donde estaban registrados sus estados de cuenta bancarios y un comprobante de domicilio. Con esto, Álvarez se dio cuenta que el denunciante era una persona seria y honorable. Así que se designó al Agente X para resolver el caso. Éste propuso un plan: el Gobernador de Oaxaca conoce a un indio muy eficiente que se puede hacer pasar como miembro del clero, ya infiltrado resolvería el caso y salvaría la vida del Presidente. El Estado Mayor aprobó el plan y sin esperar más el Sagaz Policía Infiltrado acudió ese mismo lunes a la casa de La Morena número 12.
            La señora Boquedano de Torres lo recibió. Él le dijo que era un sacerdote oaxaqueño, enviado del padre Martínez de la Sierra de Ixtlán. La dama lo dejó pasar a la sala de su casa. Ella le preguntó si venía por “el asunto”, él le contestó que sí y que quería ver a la señorita Dolores Lemus. La señora Clemencia le dijo que esa noche no estaba, pero lo citó a las 8 de la mañana del día siguiente, para que hablara con ella en persona. Muy puntual llegó el Sagaz Policía Infiltrado a la residencia de los Torres en la colonia Del Valle. Pero la empleada del Ayuntamiento no estaba; sin embargo, le dejó un recado para verse por la noche de ese mismo martes.
            A las 20 horas tuvieron su primer encuentro personal. Él, para ganarse la confianza de ella, le dijo que había 5 mil indios en Oaxaca dispuestos a pelear y dejar su vida si era preciso para combatir contra el gobierno del general Calles. Dolores Lemus sólo le preguntó si él estaba dispuesto a ayudar, al recibir una respuesta afirmativa lo citó para el miércoles. Se volvieron a ver como acordaron, esta vez Lola le entregó un papel con un número telefónico: el 649. Más tarde en la Inspección de Policía descubrieron que era el número de la fabrica de jabones La Mexicana, cuyo propietario era Jorge E. Torres, sí: el mismo dueño de la casona de La Morena 12.
            El jueves 30 de julio de 1926 el Sagaz Policía Infiltrado y Lola Lemus se volvieron a reunir; esta vez no pudo ser en la sala, pues había otras personas. Orellana había dicho en su denuncia que también acudían a esa casa miembros de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa. Ella le preguntó donde vivía y él contestó que en un hotel de nombre Uruguay. El agente le pidió a Lemus que atacaran antes del 31 de julio, es decir, ese mismo día, pero Dolores le contestó que tenía que consultarlo con otra persona y también le confesó que estaba pensando “en dejar la cosa en paz”. Se volvieron a citar para el viernes entre las ocho y ocho y media.
            Ya no hubo tal reunión: Dolores Lemus descubrió que el Sagaz Policía Infiltrado que se había hecho pasar por sacerdote oaxaqueño no se hospedaba en el hotel Uruguay. Ya no le contestó el teléfono y entonces la policía ordenó la aprehensión de los conspiradores. Un grupo salió a la casona de la calle de la Morena número 12 y otro al Ayuntamiento del Distrito Federal. Así, mientras los templos religiosos eran cerrados por la suspensión de cultos decretada por la élite eclesiástica, la policía desbarataba un complot para matar a Plutarco Elías Calles.
            Un grupo de agentes llegó a la casa de la colonia Del Valle, al tocar la puerta salió la señorita Clementina, le preguntaron por su mamá, contestó que no estaba. Pero los agentes entraron al domicilio, escucharon un ruido y descubrieron que la señora Boquedano de Torres sí estaba. Fue aprehendida con su hija y sus cuatro sirvientas: Dolores Pérez, Paz Rodríguez, María Luisa Sáenz y Manuela Cortés. Cuando ya se retiraban escucharon ruidos en el jardín. Ahí atraparon al joven Andrés Araujo, que dijo ser hijo del senador Araujo, preguntó por qué de las detenciones: ¿acaso ya descubrieron lo del atentado? Les dije que era de mucho riesgo. La policía agradeció esta confesión gratuita del hijo del senador y además comprobó que en el jardín “alguien” practicaba con una pistola tiro al blanco.
La servidumbre que fue detenida en la casa de la familia Torres
Excélsior 1 de agosto de 1926
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            Mientras tanto, en el Ayuntamiento del Distrito Federal el mayor Eduardo Hernández detenía a Dolores Lemus. Por ser quincena acababa de cobrar y le entregó a su jefe el sobre con su sueldo. Luego pidió tiempo para acomodar sus cosas, se le otorgó. Fue ahí cuando el mayor Hernández, con gran olfato policiaco, se dio cuenta que Lemus escribió un mensaje y lo dejó en su escritorio. El papel decía “comuníquense al teléfono 649, que me llevan”. El señor Torres no fue encontrado en la jabonera, al parecer alguien le informó de las aprehensiones y tuvo tiempo para huir, mientras que el señor Orellana se entregó voluntariamente, ya que en su automóvil transportaba a la señorita Lemus luego de las reuniones nocturnas que el mismo denunció.
Al igual que a Mussolini, también lo quisieron asesinar.
            Finalmente, el complot de Dolores Lemus y su grupo fue calificado por el general José Álvarez como ridículo, afirmó que así “no se prepara un complot” y, finalmente, declaró a Excélsior que “bien podrían pedirnos consejos y mucho habría que enseñarles”. Desde luego que el miembro del Estado Mayor sabía lo que decía. Por su parte Benito Guerra Leal, secretario de la Inspección de Policía, dijo a El Universal que el complot para asesinar al Presidente de la República no tenía importancia porque lo preparó “gente que se ha estado engañando sola”. Acerca de la señorita Lemus dijo el funcionario que se trataba de una persona “afectada de sus facultades mentales, exaltada por una locura mística”.

            El mismo día que la prensa mexicana hizo público el complot, 1 de agosto de 1926, en la sección de internacionales se publicaba que la mujer que intentó asesinar a Benito Mussolini padecía “manía religiosa”.

NOTA ACLARATORIA: Lo anterior no es ficción. Es un hecho real.

jueves, 6 de noviembre de 2014

La demoledora venganza del Necaxa sobre el Atlante

Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh 

Luego de la épica definición del torneo de 1932 en que el Atlante se coronó campeón tras vencer en tres juegos al Necaxa, el año siguiente ambos equipos volverían a enfrentarse por el campeonato. Esta vez las cosas serían totalmente distintas, radicalmente diferentes, los Electricistas cobrarían venganza de los Prietitos con un partido que se inscribió en la historia por su marcador y porque formó una leyenda en torno a un jugador necaxista, pero que no pasa de un simple mito(1).

            Atlante, campeón defensor, se acercó al bicampeonato cuando goleó 5-1 al América. Sin embargo, en la jornada siguiente, Necaxa le pasó por encima al España con un marcador de 7-3. De tal forma que azulgranas y rojiblancos en la penúltima jornada de torneo estaba igualados en puntos: 9 cada uno. La diferencia de goles estaba a favor del Atlante, que tenía un 22-13, por el 21-18 del Necaxa, pero no era criterio de desempate. El calendario indicaba que ambos conjuntos enfrentarían en su último compromiso. Es decir, volverían a jugar entre ellos el partido decisivo.
            El domingo 4 de junio de 1933 el pueblo de La Piedad vivió otra multitudinaria jornada. No sólo miles de aficionados del Distrito Federal acudían esa mañana de verano al Parque Necaxa, sino también llegaba gente de Toluca, Pachuca, Puebla y de “otros poblados de menor cuantía”. Los boletos numerados (de 1.50 pesos) se habían agotado desde el sábado. Había problemas de tránsito y la reventa vendía entradas al doble, al triple y hasta el cuádruple, pues los boletos de sombra de un peso, estaban a 2, a 3, incluso llegaban a “alcanzar cifras fabulosas” según se aproximaba la hora del silbatazo inicial.
            Conforme ingresaban los aficionados recibían de obsequio obleas. Los que ya estaban instalados en las tribunas disfrutaban de evoluciones gimnásticas que se realizaban en el arrogante pasto del Parque Necaxa. El sol caía a plomo pero la afición del Atlante se protegía con “sombreros de petate”, por lo que estaban “encantados de la vida” y les venía “guango” el sol veraniego. Una hora antes del juego, la tribuna visitante lucía “pletórica” y la de sombra, la del local, estaba “a reventar”. Los jugadores del Atlante y del Necaxa en los vestidores ignoraban los intentos de los reporteros por obtener una declaración previa al choque.
            El equipo local hizo su ingreso al campo. Cada uno de sus aficionados agitó el banderín rojiblanco que llevaban. Tan pronto el campeón pisó el césped inglés la tribuna de sol hizo sonar cohetes, agitó una enorme bandera azulgrana y entonó su grito de batalla: “les cuadre o no les cuadre…”. Cuando los dos equipos estaban listos para iniciar la contienda, tal y como se había anunciado un día antes, un avión dejó caer el balón de juego en el centro del campo. No era para menos, se trataba de una final entre los equipos más populares e importantes del futbol mexicano. Era el clásico Necaxa contra Atlante.

            A los dos minutos Necaxa abrió el marcador: Julio Lores encara al Manuel Chaquetas Rosas, se apoya en Ruvalcaba quien dispara desde a fuera del área con efecto y Luis Garfias no llega. Iniciaba el “Waterloo” del Atlante como tituló La Afición. Antonio Azpiri, el llamado León de las Canchas, desarmó dos ataques azulgrana y tan pronto los electricistas llegaron al arco rival marcaron otra vez. Un tiro de esquina que cobró Ruvalcaba fue rematado por Pepe Ruíz con previa falta sobre el portero azulgrana al cual cargó por la espalda “jugada ilegal que el árbitro no comprendió, ni castigó”.
            Pasada la media hora de juego, al minuto 34, Vicente Chamaco García desbordó por derecha, manda un centro al área del Atlante, Ignacio Calavera Ávila hace una “pantalla” que hasta engaña al peruano Lores, pero no a Ruvalcaba quien fusila con potente disparo al portero de los Prietitos. Un minuto después el cuarto gol: Otra vez Lores engaña a la defensa del todavía campeón, se apoya en Chamaco García quien dispara fuerte, Garfías no controla el balón y lo deja libre para que Ruvalcaba anote su tercer gol del partido. Pero la pesadilla no termina para el Atlante. Antes de irse al descanso recibirá dos goles más.
            Se invierten los papeles, ahora Ruvalcaba por la banda se apoya en Lores que de cabeza habilita a Chamaco García quien de bote pronto golpea el balón y lo manda al fondo de la red. Es el 5-0 al minuto 40, cuatro después llegaría el sexto. Necaxa hace alarde de sus preciosistas combinaciones: Pedro La Sardina López a Julio Lores, el inca con Ruvalcaba, luego disparó de Pepe Ruíz al travesaño y el Calavera Ávila manda el esférico a la red. Termina el primer tiempo y el reinado del Atlante.
       Necaxa será sin duda el nuevo campeón pues no sólo consiguió seis goles en 45 minutos, sino que además “el club electricista dio la mejor y más poderosa exhibición de futbol que haya dado un equipo en México”. Para algunos cronistas “El Necaxa estaba en un gran día, acaso el día más grande de sus historia”. Todo lo contrario era para el Atlante, que en la segunda parte jugaría con sólo diez hombres luego que Gabriel La Nacha Olivares no pudo regresar al campo por una lesión y, peor aún, tendría que comerse tres goles más para un marcador de vergüenza.
        El séptimo gol llegó luego que Necaxa consintió a su rival y que, sobre todo, evitó caer en provocaciones de los atlantistas como el año anterior. Así con un pase largo de Guillermo Perro Ortega, Julio Lores llegó hasta la zona de definición, se apoyó en Ruvalcaba que con otro disparo venció a Garfías. Siete a cero. El octavo fue obra de Julio Lores quien por enésima vez en el juego superó a Chaquetas Rosas y luego en el mano a mano con el portero azulgrana ganó el delantero peruano. Finalmente, el noveno gol vino luego que el árbitro señalara una mano fuera del área de Felipe Diente Rosas, acción “enteramente imaginaria”, por lo que Rafael Apipizca Guirán reclamó y “le acarició la solapa al árbitro García” quien lo expulsó inmediatamente. El tiro libre lo cobró Marcial Chato Ortiz con eficacia para el nueve a cero. Dos jugadores del Atlante, uno de ellos Carreño, como no pudieron con los necaxistas en el campo, saltaron a la tribuna a buscar pelea con los aficionados rojiblancos, mostrando su impotencia total.

De esta forma el Necaxa se coronó campeón y de pasó destronó a su acérrimo rival. El marcador refleja que esa época nada se podía hacer ante el futbol exquisito y contundente del equipo de la Compañía de Luz y Fuerza. Posiblemente sea esta la página más gloriosa del Necaxa y la de mayor vergüenza del Atlante. El juego celebrado el domingo 4 de junio de 1933 en el Parque Necaxa es un acontecimiento perpetuo en la historia del futbol mexicano.

NOTA ACLARATORIA:
Una leyenda popular -no podría ser otra cosa- habla que un día Necaxa venció 9-0 al Atlante con siete goles de Ruvalcaba, el cual, a partir de ese día, fue bautizado como “El Siete Ruvalcaba”. Consulté tres fuentes: El Universal, Excélsior y La Afición, hay una total disparidad en quiénes anotaron y cómo se anotaron los goles. En lo que sí coinciden los tres periódicos es que Ruvalcaba no hizo siete goles, por lo menos, no ese día. Difícilmente un hecho así, quiero pensar, pasaría desapercibido para estas tres publicaciones.
Igualmente, algunas de los fotografías no reflejan necesariamente el hecho narrado, sirven únicamente de ilustración.

            

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...