lunes, 29 de junio de 2015

Anecdotario particular de la Copa América de Paraguay 1999


 Tres cosas me emocionaban más que cualquier otra cuando viajaba rumbo a Paraguay a mi segunda Copa América. La primera, observar y sentir el Estadio Defensores del Chaco apoyando a la Albirroja; debía ser una experiencia única, sin duda. La segunda, observar el clásico entre Argentina y Uruguay en la cancha de Luque, aunque fuera un duelo disparejo: pues los orientales eran un equipo juvenil y la Albiceleste un Boca Juniors reforzado, un equipo potentísimo y candidato al título. Finalmente, ver a la mejor versión de Brasil que se podía conformar en ese entonces: Dida, Cafú, Roberto Carlos, César Sampaio, Emerson, Vampeta, Alex, Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho. Era muy afortunado, pues todo esto era cuestión de tiempo para que se hiciera realidad; sin embargo, siempre el destino tiene preparadas muchas cosas más.
            El 29 de junio de 1999 abría la Copa América. Perú enfrentaba a Japón y de estelar Paraguay se medía ante Bolivia. En verdad, era intimidante el Estadio de Asunción. No por su construcción, rústica y vieja; ni siquiera por la cercanía de sus tribunas al campo de juego, que de hecho no la hay; tampoco por su capacidad: apenas un poco más de 40 mil aficionados. No, no era nada de eso, sino su público: 40 mil personas de albirrojo, haciendo círculos con sus cuerpo cantando “la Albirró, la albirró, la Albirroja, la Albirró…”, para luego saltar en sus asientos con el cantito “Ooh, Ooh y el que no salta, es curepí… ooh, ooh…” De nada sirvió, Bolivia salió con un empate a cero goles aquella noche de cielo despejado y frío persistente.
El Defensores del Chaco en la Gran Final.
            De hecho, Paraguay tuvo un pésimo torneo. Superó la primera fase, pero en cuartos de final fue eliminado por el juvenil cuadro de Uruguay en tanda de penales. Sí, por ese equipo uruguayo que fue a Paraguay a foguear a sus jóvenes valores, que incluso, el director técnico, Daniel Alberto Pasarella, había delegado su responsabilidad en el veterano entrenador Víctor Púa. Los uruguayos tenían a tres promesas: en el arco Fabián Carini, en mediocampo a Federico Magallanes y en el ataque a Marcelo Zalayeta; pero es de todos conocido que a Uruguay con eso le basta.
            El clásico de Río de la Plata se llevó a cabo el 7 de julio de 1999 en el Estadio Feliciano Cáceres de la pequeña y pintoresca Ciudad de Luque. Desde que arribó en autobús la selección de Argentina, el público comenzó a saludar a sus ídolos: Juan Román Riquelme, Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo, no importaba que Colombia estuviera derrotando a Ecuador, sólo se escuchaba el “Riquelme, Riquelme”, el “Guillermo, Guillermo” y el “Palermo, Palermo”. De hecho, Argentina ganó 2-0 con una anotación del Loco Palermo y otra más de Cristián Killy González. Ambos equipos calificaron, junto con Colombia, a la siguiente ronda.
El día que se inauguró la Copa América de 1999.
            Mientras tanto, en Ciudad del Este, Brasil había hecho añicos 7-0 a Venezuela y vencido con la mínima a México y a Chile. En los cuartos de final se enfrentó a Argentina, perdía 1-0 con gol de  Juan Pablo Sorín, pero las anotaciones de Rivaldo y Ronaldo confeccionaron la cuarta victoria en fila. En semifinales, repitió su victoria sobre México, ahora por 2-0; se confirmó que el equipo de Wanderley Luxemburgo disputaría el titulo continental el 18 de julio en el Defensores del Chaco.
            Pero como había dicho al inicio: El destino hace lo suyo. El primer entrenamiento al que ocudí en Asunción fue al de Argentina. Ahí fui sorprendido por el técnico argentino Marcelo Bielsa que contestó mi saludo de mano y me preguntó por el futbol mexicano. Quise aprovechar para pedirle una “nota”, pero mirándome fijamente a los ojos me contestó: “eso, no se puede”. Pero jamás olvidé el gesto del Loco Bielsa.
            En las noches, Carlos Moreno, Miguel Arizpe y yo acudíamos casi siempre al mismo restaurante a cenar. En una ocasión coincidimos con Daniel Alberto Pasarrella. Le enviamos un botella de vino a su mesa de parte de “la prensa mexicana”. El capitán campeón del mundo en 1978 correspondió al gesto de la misma forma unas noches después. Lo mejor fue que, previo a la final del certamen, acudió al entrenamiento de Uruguay y ahí me concedió una entrevista exclusiva para Súper Deportiva 1180.

            Pasarella no sería el único exselección de Argentina con el que me encontraría en Paraguay 1999. La noche en que el equipo local goleó a Japón en el Defensores del Chaco, en el elevador del estadio, me topé con Carlos Salvador Bilardo. El Narigón, fiel a su costumbre, estaba hecho un mar de nervios; me veía de reojo, a penas y contestó el “buenas noches, señor”, de mi parte. Se veía tan apunto de un colapso o ataque de nervios que lo mejor que pasó fue que se abriera el elevador y él saliera trompicándose. Igualmente, una mañana en Asunción, la gente de prensa del Comité Organizador nos llevó de la Sala de Prensa a la cancha del Club 12 de Octubre. Ahí, Master Card organizaba un certamen de penales con, ni más ni menos, Sergio Goycoechea. Por supuesto que no participé, se me hacía una falta de respeto total tirarle un penal al hombre que, precisamente atajando penales, llevó a Argentina a la final de Italia 90.
            Para acabar con las anécdotas “argentinas” en Paraguay 1999, diré que sí, el 4 de julio estaba en la cancha de Luque y vi a Martín Palermo fallar tres penales ante el portero colombiano Miguel Calero. El equipo cafetero ganó 3-0 con goles de Iván Ramiro Córdoba, Edwin Congo y Johnnier Montaño, y lo hizo ante un equipo argentino conformado por German Burgos; Nelson Vivas, Roberto Ayala, Walter Samuel y Juan Pablo Sorin; Javier Zanetti, Diego Simeone, Cristian González y Juan Román Riquelme; Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo, dirigidos por Marcelo Bielsa; ni más ni menos. El Loco Palermo quedó marcado para siempre por aquella fatídica y extremadamente fría noche en Luque.
            Como mi sede permanente era la ciudad de Asunción, tras terminar la primera fase decidí acudir a la sede de la Conmebol; el edificio se encontraba ahí en la capital paraguaya. La atención fue inmejorable, pudimos hacer nuestro trabajo con todas las facilidades. Pero incluso, pudimos hacer más: fuimos conducidos a la sala de reuniones y a la de trofeos. En esta última, no dejé pasar la oportunidad de retratarme sosteniendo una réplica de la Copa Libertadores de América y con la Copa América.

            Pero lo más fantástico que me ocurrió en Paraguay 1999 fue el 16 de julio, fecha por demás emblemática en la historia del futbol mundial. Uruguay disputaría dos días después con Brasil el título continental. La selección uruguaya estaba concentrada en Tupa Rekavo, hasta ahí la Asociación de Futbol Uruguayo había hecho llegar al portero Roque Máspoli. Sí, el arquero del Maracanazo y lo hacía posar con Fabián Carini para regocijo de los fotógrafos y los periodistas. Pude acercarme a uno de los héroes de la epopeya más grande en la historia del futbol  y entrevistarlo en exclusiva. Alto, fuerte, con el pelo completamente cano, regordete y con una memoria fiel me describió lo que había pasado exactamente 49 años antes en el inmenso estadio circular de Río de Janeiro, donde él, junto a Ghiggia, Varela, Schiafino y otros más, levantó la Jules Rimet. En efecto, el destino siempre da más.

            Finalmente, Brasil alzó la Copa América al imponerse 3-0 con dos anotaciones de Rivaldo y una más de Ronaldo en el Defensores del Chaco. Los campeones no acudieron a la sala de prensa, pero en otro acto fortuito, algunos periodistas nos pudimos colar al vestidor y ahí estaban Roberto Carlos, Cafú, Dida, Ronaldinho, Rivaldo y Ronaldo. Héroes de carne y hueso, inmortales no por la copa que levantaban, sino por la magia y ADN brasileño que corría por sus piernas. Se fueron sin hablar mucho, ya lo habían hecho en la cancha, y esto era un extraordinario colofón para una Copa América que nutre como ninguna otra mis recuerdos y mi nostalgia.

lunes, 22 de junio de 2015

De cómo el Cabo se volvió azulgrana


En julio de 1979, el Atlante era un nuevo rico. Meses atrás el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) le había comprado el equipo a Fernando González, Fernandón, y quería formar un conjunto protagonista. Para los exprietitos era como haberse ganado la lotería, ahora les sobraba dinero –del Estado, claro está–. El Atlante tendría auténticas posibilidades de ser campeón como no lo era desde tres décadas atrás, en la época del general José Manuel Núñez. Ya contaba con algunas figuras, Ricardo La Volpe, Spencer Coelho y Luiz Alberto da Costa, Luizinho, mezcladas con jugadores de la cantera y que mantenían, por su origen, la esencia de los ahora llamados Potros de Hierro. No habían calificado a la Liguilla en la temporada 1978-1979, por eso la directiva estaba dispuesta a traer a uno o dos estrellas, costaran lo que costaran, para asegurar por lo menos disputar el título. Se habló incluso de un ex Real Madrid para el Atlante, pero al final llegaría la máxima estrella del futbol mexicano: Evanivaldo Castro, Cabinho.
Foto cortesía: Pepe Ramírez "Juanito 70".
            La mañana del 9 de julio de 1979, en la Unidad Cuauhtémoc de IMSS se reportó el cuadro azulgrana. El capitán Gustavo Beltrán dio la bienvenida a los nuevos refuerzos: Luis Enrique Fernández –ex de Puebla–, Daniel Montes de Oca –que volvía de la UdeG– y Rubén El Actor Anguiano –también ex de los Leones Negros–. Dos días después los periódicos anunciaban que los Pumas ponían a la venta a Cabinho, cuatro veces consecutivas campeón de goleo. Pero Atlante hablaba de contratar al joven Eduardo Moses y de regresar, para regocijo de su afición, a Gerardo Lugo Gómez. Mientras esto pasaba se renovó a Alejandro Bonavena Ramírez, al goleador Crescencio Sánchez, a Víctor Manuel Vucetich y al capi Beltrán. Los extranjeros Ricardo Antonio La Volpe, Spencer y Marcelinho no reportaban aún, tenían días extras.
            Luego de una semana de pretemporada en las canchas del Estado de México se confirmó que Eduardo Moses, de 21 años y precedente de Monterrey, había firmado para los Potros. Pero lo que llamó más la atención es que el 17 de julio la prensa publicó cables desde España que aseguraban que Quique Wolf del Real Madrid ficharía para el Atlante. También se habló de Clodoaldo, campeón del mundo con Brasil en 1970. A finales de ese mes se insistía en Wolf y en Lugo. En Pumas también se insistía en que el Cabo no volvería a jugar para los del Pedregal.
            Los primeros días de agosto el Atlante viajó a Chachalacas, Veracruz, para su trabajo de playa. La Volpe amagó con irse “tendré siempre la presión del periodismo mexicano”, el argentino se refería a la competencia por el arco azulgrana donde la afición apoyaba al veterano Armando Franco. Mientras tanto, Cabinho no llegó el día del inicio de la pretemporada con Pumas y el equipo dijo que costaba 8 millones de pesos. El brasileño había pedido salir y la directiva auriazul se comprometió a darle facilidades. Pero se creía que en México nadie podía pagar su carta. A finales de agosto, Atlante insiste en Gerardo Lugo que se encontraba con el campeón Cruz Azul de gira por Europa ganándose elogios de la prensa ibérica. Pero además, el licenciado Arsenio Farell Cubillas, director del IMSS, tras un amistoso que Atlante ganó a Toluca aseguró que Quique Wolf sería nuevo jugador de los Potros. El 4 de septiembre el jugador argentino argumentó tener problemas familiares que le impedía venir a México.
Con Atlante llegó a 7 títulos de goleo.
Foto: archivo periodístico del autor.
            Pero el Atlante estaba empeñado en tener una figura, así que su presidente deportivo, el licenciado Sergio Peláez, viajó a Sudamérica con la maleta llena de dólares. Cabinho, por su parte, declara que se le hacía elevado el precio que se fijó por su pase, más cuando aseguraba que “costó 450 mil pesos a Pumas”. Monterrey y Tigres se retiraron de la pugna por el brasileño cuando Pumas dijo que 8 millones son para el club y 4 para el jugador; es decir, ahora costaba 12 millones. Finalmente, luego de hablar, directiva y jugador brasileño, se acordó que fueran 8 millones en total el pase de Cabinho para quien lo quisiera.
            El inicio de la temporada estaba a la vuelta de la esquina. Atlante registró como extranjeros a Ricardo Antonio La Volpe, Luiz Alberto da Costa Luizinho, Marcinho, Hugo Marcelino Gottfrit y Spencer Coelho; además de Levir Culpi. A sus refuerzos: José de Jesús Celestino, Luis Enrique Fernández, Daniel Montes de Oca, Eduardo Moses y Rubén Anguiano. Y, por supuesto, a su base de atlantistas de cepa: Armando Franco, Alejandro Ramírez, Ignacio El Bambi Negrete, Miguel Hernández, Rolando Mejía, Arturo Zárate, Víctor Manuel Vucetich, Gustavo Beltrán, Crescencio Sánchez, José Luis González Calaca II y Miguel Burela. Todos dirigidos por Ernesto Tetos Cisneros. Entre tanto, Puebla, el Jalisco y hasta Cruz Azul pretendían a Cabinho, él solo decía: “Todo tiene que decidirse pronto, ya sea que me vaya a Puebla, Guadalajara o Cruz Azul, pero ya quiero jugar”.
El Cabo marcó 109 goles de azulgrana.
Foto: archivo periodístico del autor.
            De hecho, inició la campaña 1979-1980 con el Cabo sin contrato y el Atlante sin su fichaje estrella. En Sudamérica se hablaba de los uruguayos Julio Rodríguez o Lorenzo Unanue, incluso, en Argentina se decía que sería azulgrana o Rubén Américo Gallego o Luis Galván o Jorge Olguín, todos campeones del mundo en 1978. Alguno de los tres vendría, se afirmaba cada día. Mientras tanto el Atlante debutó empatando a cero goles de visitante contra Tampico. El Puebla puso los 8 millones por el pase de Cabinho en la mesa, Cruz Azul y Jalisco se retiraron de la pugna. El 30 de septiembre los Potros de Hierro se presentaron en el estadio Azteca goleando 3-0 a Puebla con dos goles de Bonavena Ramírez y otro de Luizinho de tiro libre. El 4 de octubre ganaron con otro tanto de Luizinho al Jalisco y era líder del torneo con 5 puntos y un gol en contra.
            Es justo el momento en que estalla la bomba: el sábado 7 de octubre se informa que el licenciado Arsenio Farrell Cubillas habló con Cabinho. El lunes 8 firmó por dos años con el Atlante en la oficina del licenciado Sergio Peláez, iba con una playera azul con algunos dibujos al frente, de pantalón de mezclilla y posó con su amplia y característica sonrisa. El día 9 fue portada de todos los diarios. Se afirmaba que 5 millones de la transferencia fueron para Pumas, que el brasileño recibió 100 mil dólares por firmar, tendría un sueldo de 7 mil dólares mensuales por dos años y con opción a uno más. El Cabo tenía 30 años, cuatro títulos de goleo, reconoció que Tampico, Monterrey y Cruz Azul pudieron firmarlo, finalmente, dijo que quería jugar y prometió anotar 30 goles ese año con su nuevo equipo. Levantó los pulgares y sonrió a las cámaras fotográficas.
Con el Atlante IMSS
Foto<. archivo periodístico del autor.
            El viernes 12 de octubre de 1979 debutó en el estadio Azteca ante los Tecos de la Autónoma de Guadalajara. 30 mil personas acudieron a ver a la máxima figura de la Liga ahora de azulgrana; el juego estaba programado a las 8:45, se retrasó media hora por problemas en el alumbrado. Finalmente, el público azulgrana pudo ponerse de pie y aplaudir a Cabinho, que con sonrisas y pulgares en lo alto respondía al cariño que desde ese día le dieron los seguidores azulgrana sin resabios y para toda la vida.
            A los 63 minutos José Luis González recibió una falta. Luizinho la cobra, pega el balón en la barrera, el árbitro Jorge Alberto Leanza juzga que se adelantó la barrera y repite el cobro: Cabinho dispara con efecto y vence a Prudencio Pajarito Cortés. Gol de Cabinho, el primero de los 109 que anotaría de azulgrana y que lo convertirían, hasta la fecha, en el máximo goleador del equipo de todos los tiempos. Al 66, otra vez de tiro libre, pero ahora con fuerza, con la potencia que lo distinguía, puso el 2-0. Para culminar una noche brillante, de ensueño, el Cabo hizo una pared con Spencer y el mineiro puso el 3-0. El juego terminaría 3-1 en favor del Atlante IMSS.
Al final de la temporada el Cabo cumplió su palabra: marcó 30 goles, ganó su quinto título de goleo individual, el primero de tres que ganaría vestido de azulgrana. Atlante no fue campeón, pero también le cumplió a su público: contrató a la máxima figura del futbol mexicano con la que, sin duda, escribió una de las épocas inolvidables y perennes de los 100 años de historia azulgrana.

Fuentes:

Esto, La Afición y El Heraldo de México.

miércoles, 17 de junio de 2015

Ochenta años del fin del Maximato


El día anterior había dejado su residencia de Las Palmas en su ciudad adoptiva: Cuernavaca, que más que un lugar de descanso por sus innumerables quehaceres en la Revolución, se había convertido en el sitio donde la política nacional se decidía. Ni el asesinato del Caudillo ni la Guerra Cristera lo habían debilitado, todo lo contrario, pues asumió el pomposo cargo de Jefe Máximo que los hombres de la Revolución otorgaban a la voluntad política más fuerte del país. Esto último estaba por llegar a su fin, lo sabía perfectamente Plutarco Elías Calles la mañana del 18 de junio de 1935 en que se dirigía al aeropuerto de la Ciudad de México para exiliarse las playas de El Tambor, Sinaloa, en una cabaña de madera que construyó su hija Alicia.
El Gral. Lázaro Cárdenas.
            A las 6:30 de la mañana el expresidente viajaba en un auto acompañado por sus hijos Plutarco, Rodolfo y Alfredo. En un vehículo atrás iban sus hijas Hortensia yAlicia, con su yerno Fernando Torreblanca, esposo de la primera; además de la secretaria particular del general: Soledad González. Plutarco Elías Calles quizá no lo sabía pero su salida no pasaría desapercibida, en la terminal aérea habría políticos, militares, secretarios, gobernadores, bandas de música, fundaciones, que lo despedirían antes de abordar el avión X-ABEP que lo sacaría de la capital de la República como era el deseo del actual Jefe del Ejecutivo: el general Lázaro Cárdenas del Río.
            A mediados de 1935 el gobierno de Cárdenas enfrentaba problemas de divisiones internas dentro del Partido Nacional Revolucionario (PRN), con un gabinete en su mayoría callista y con su política de respaldo y respeto a las garantías laborales del sector obrero. El Presidente no desconocía para nada el poder político de Calles, incluso reconocía que fue el Jefe Máximo quien impulsó su carrera militar cuando el joven Cárdenas tenía 21 años y luego en 1934 apoyó su candidatura presidencial; no, no lo podía negar. Pero también sabía que su mesías político tenía que hacerse un lado, de otra forma él [Cárdenas], no podría gobernar, ni él ni nadie.
            El país, como desde que Calles inauguró su Maximato, sufría de una crisis perpetua en las instituciones, sobre todo la presidencial. El 11 de junio de 1935 una comisión del Bloque Revolucionario de la Cámara de Senadores fue a Cuernavaca a pedir la opinión del Papá Calles sobre la situación de crisis laboral que aquejaba a la nación. Al otro día Ezequiel Padilla publicó en El Universal un resumen de la visita de los políticos a Las Palmas; en su largo texto se resaltaba que Calles aseguraba que los obreros no tenían derecho a la huelga, que había divisiones en ambas cámaras por la enemistad entre el Presidente y el Jefe Máximo, y que no estaba de acuerdo con las acciones en material laboral del general Cárdenas. Como era de esperarse la nota sacudió a la política nacional.
El Gral. Plutarco Elías Calles.
            Al día siguiente, el general Plutarco Elías Calles tuvo que desmentir lo que se decía de él. En un mensaje publicado en Excélsior aseguró categórico “no hay nada ni nadie que pueda separarnos al general Cárdenas y a mí”. Era obvio que debía detener cualquier especulación sobre un distanciamiento entre ambos. Luego, en su mensaje, el político sonorense hizo alusión a los lazos que lo unían al presidente: “Conozco al general Cárdenas. Tenemos 21 años de tratarnos continuamente y nuestra amistad tiene raíces tan fuertes para que haya quien pueda quebrarla”. Después, arremetió contra sus enemigos y los culpó del malentendido de sus declaraciones: “seguramente ellos murmuraron ¡el general Calles está claudicando! Pero yo arrastro en beneficio de mi país estos calificativos que no me alcanzan”. Sin embargo, lo alcanzaron.
            La mañana del 13 de junio los periódicos reprodujeron las declaraciones del Presidente de la República sobre los hechos que se había suscitado desde la visita de los senadores a Cuernavaca. El general Lázaro Cárdenas antes que nada dejó clara una cosa: “Nunca he aconsejado las divisiones” y luego de forma velada culpa al general Calles de la desestabilización política que se vive en ese momento: “elementos políticos del mismo grupo revolucionario (dolidos seguramente porque no obtuvieron posiciones que deseaban en el nuevo gobierno) se han dedicado con toda saña y sin ocultar sus perversas intensiones, desde que inicio la actual administración, a ponerle toda clase de dificultades, no sólo usando la murmuración que siempre alarma, sino aún recurriendo a procedimientos reprobables de deslealtad y traición”. Enérgicas, valientes y necesarias palabras del Presidente para darle un primer golpe, que si no definitivo, sí marcó el inicio del fin del Maximato. La cosa no acabó ahí, las palabras se las lleva el viento, las acciones no.
El Gral. Joaquín Amaro.
            El día 14, el Presidente solicitó la renuncia de todo su gabinete “para orientar las acciones de la administración”. La ruptura con el callismo era un hecho consumado. Así lo entendió Plutarco Elías Calles que volvió a acudir a los medios impresos para informar que se hacía un lado, que se iba a descansar a Sinaloa. “Solamente traté de orientar la acción del Partido hacia lo que me pareció el bien de mi país”, se justificó. Después declaró que su presencia no “estorbaría” más las acciones del Presidente “Y para poner punto final a una situación que pudiera ser mal interpretada, me alejo dejando toda la responsabilidad de la causa (sic) a quienes la tienen en sus manos”.
            El general Plutarco Elías Calles dejaría Cuernavaca el 15 de junio, al siguiente día por la mañana saldría de la Ciudad de México; su primera parada sería en Guadalajara, de ahí a Sinaloa, a la residencia de su hija junto al mar “que se había convertido en su fantasía”. Eso pondría fin a 15 años de estar en el pináculo de la política como secretario de Estado, presidente de la República, creador del Partido Nacional Revolucionario y como Jefe Máximo de la Revolución que le permitió poner en la silla presidencial a cuatro presidentes: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez y Lázaro Cárdenas del Río. Todo ese protagonismo terminaría el 18 de junio de 1935. Calles lo sabía cuando viajaba con su familia esa mañana de hace ochenta años al aeropuerto capitalino.
            Calles, encorvado, de sombrero y bastón, caminaba al frente de su comitiva. El general Joaquín Amaro, su amigo y su antiguo secretario de Guerra, lo recibió y se abrazaron. Sería el único abrazo que daría ese día el expresidente. Miembros de la Fundación Dondé y una banda de guerra le hicieron los honores correspondientes a su investidura. Departió “derrochando buen humor” con las personas que habían acudido a despedirlo. Se saludó afectuosamente con Emilio Portes Gil, en ese entonces presidente del PNR; a los medios de comunicación les declaró que “nada absolutamente nada tenía que decir”. Luego abordó el avión.
            A las 7:30 de la mañana del Puerto Central Aéreo de Balbuena el Lokeheed de Aeronaves Centrales S.A. con matrícula X-ABEP despegó. A las 9:30 aterrizó en el aeródromo Las Juntas en Guadalajara. Ahí el Expresidente tomó café y a las 13 horas arribó a Navolato, en Sinaloa. Finalmente hizo el viaje a El Tambor donde había decidido descansar y alejarse de la política.
Lic. Emilio Portes Gil.
            En diciembre de ese mismo 1935, regresó a la Ciudad de México. El viejo maestro rural, Papá Calles, el Jefe Máximo dejó su autoexilio. Desafió al presidente Lázaro Cárdenas, quien sin miramientos el 1 de abril de 1936 lo expulsó del país junto con su camarilla formada por Luis L. León, Melchor Ortega y Luis N. Morones, luego que intentarán una vez más entrometerse en la política nacional. Ahora sí, se le puso punto final al Maximato. El general Calles se fue a radicar a San Diego, California, en Estados Unidos. El 4 de mayo de 1941, con motivo del Día de la Unidad Nacional y en plena Segunda Guerra Mundial, el presidente Manuel Ávila Camacho le ratificó sus grados militares y todos los expresidentes vivos de México saludaron juntos desde el balcón central de Palacio Nacional.
            Plutarco Elías Calles murió el 19 de octubre de 1945 en la Ciudad de México, en esa misma ciudad que lo despidió diez años antes, hace justamente 80 años, porque su intervención en la política era un lastre para la construcción del Estado mexicano al que él había contribuido de innegable forma como militar, secretario de Estado, presidente de la República y creador del primer partido político nacional. Sin embargo, su forma de gobernar a trasmano, sin estar en la silla presidencial, era una práctica que no iba más, debía abandonarse, era obsoleta e inoperante. De ahí que el 18 de junio de 1935 terminara el Maximato con la salida del general Plutarco Elías Calles al exilio a la costa sinaloense.


FUENTES:
Alfredo Elías Calles. Yo fui Plutarco Elías Calles. La versión jamás contada. Editorial Suma. México, 2011.
El Universal, junio de 1935.
Excélsior, junio de 1935.

Plutarco Elías Calles. Pensamiento Político y Social. Antología (1913-1936). Fondo de Cultura Económica. México, 1992.

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...