martes, 28 de julio de 2015

La noche negra del Atlante



El gol los había abandonado; las crónicas periodísticas relataban que jugaban bien, pero no anotaban. Por ende, las victorias eran escazas, casi nulas. La suerte ni hablar, también los había abandonado. Incluso, el general José Manuel Núñez ya no iba a su palco en el Estadio Azteca. En pocas palabras, el Atlante sólo contaba con su afición la noche del 29 de julio de 1976. Esto último resultó poco: perdió por primera vez en su historia la categoría; descendió a Segunda División aquella noche de hace 39 años, cuando en las gradas se escuchó un lastimoso “les guste o no les guste” y en los vestidores se vieron lágrimas.
            Pero ¿cómo se llegó a esa noche triste, a esa noche negra para el atlantismo? Fue un cúmulo de sucesos extraordinarios, entre los que destacan, por supuesto, la mala dirección de la directiva encabezada por Fernando González, Fernandón, y una dirección técnica infame que no supo mantener una ventaja de 5 puntos a 8 juegos del final y la impotencia de un equipo por hacer goles. Todo esto mezclado con amenazas de desafiliación por deudas de parte de la Federación Mexicana de Futbol, el rumor de un complot de parte de Televisa para descender al Atlante y una supuesta compra del equipo por la porra y exjugadores. En fin, una auténtica tragicomedia.
Lágrimas de impotencia.
            En los últimos ocho juegos de la temporada 1975-1976 el último lugar era el Atlético Potosino con 19 puntos y el Atlante tenía 24 unidades; si entre el último y el penúltimo había tres o menos puntos de diferencia habría una Liguilla por el no descenso a dos juegos. Los Potros, en ese momento, no eran penúltimos, sino el Puebla con sólo 23 puntos. El Atlante perdió en la jornada 31 con Atlas. En la siguiente venció a Tecos con gol de Gustavo Beltrán y no volvería a ganar en esa temporada. El equipo de San Luis también ganó ese fin de semana. En la 33 ambos equipos perdieron. Faltaban 5 juegos y la ventaja azulgrana seguía siendo de cinco. En las fechas 34 y 35 sucedió lo mismo. Sólo restaban 3 juegos.
            Es en la jornada 36 cuando la lumbre le llega al Atlante. Fueron goleados 3-0 por el Atlético Español en un juego en que el diario Esto afirma que los Potros jugaron mejor y donde al final el técnico Carlos Iturralde dijo: “No le anotamos a nadie”. Mientras tanto Puebla ganó y superó a los azulgranas y el Atlético Potosino empató para acercarse a 4 puntos faltando dos juegos. En la penúltima jornada el destino alcanzó a los Potros: Los Cachorros golearon en el Agustín Coruco Díaz al Zacatepec por 4 a 1, mientras que el Atlante caía en el Azteca 1-0 con la Unión de Curtidores. De tal forma que la única salida era: una victoria obligada en Veracruz y que el Potosino perdiera en el Plan de San Luis ante Tigres. De otra forma habría Liguilla por el no descenso pues la diferencia entre uno y otro era de sólo dos puntos.
            El 13 de julio de 1976 los periódicos publicaban que el Atlante ni siquiera jugaría por mantener la categoría, pues tenía una deuda con la Femexfut y el reglamento impedía a los equipos deudores jugar cualquier tipo de liguilla. La Afición informó que el Atlante debía medio millón de pesos. Explicó que cada equipo aporta  6 mil pesos cada mes a la Primera División y 15 mil al Consejo Nacional y que, en efecto, el equipo podría no jugar para salvar su condición de equipo de máximo circuito.
Fernandón, el José Antonio García de aquella época.
Un día después, el Esto aseguraba que Televisa y Fernandón habían llegado a un acuerdo para tener equipo de Segunda División en el Estadio Azteca y que fuera transmitido los viernes por la noche; de tal forma que Cruz Azul jugaría en el horario del Atlante. Por su parte, la directiva ofreció “prima doble” si vencían al Veracruz, la cantidad era de 2 mil 600 pesos por jugador. En tanto, la porra hacía lo suyo: invadieron la cancha del Deportivo Reynosa y le otorgaron “un amuleto de la buena suerte” al portero Armando Franco que atajaría en el Luis Pirata Fuente. Pero además exigía la destitución del técnico Carlos Iturralde.
La versión de un supuesto complot contra el Atlante, también apareció en las páginas del diario Estadio. En su versión del 15 de julio y en una nota sin firma, aseguran que el Atlante es parte de una “maquinaria” en la cual le “conviene” descender, luego explican el por qué: “Un Atlante poderoso, con trayectoria brillante e imagen propia resultaría rival para el América. Resulta preferible la posibilidad de un descenso a 2ª División a que ataque al líder dentro de la propia organización”. La misma fuente entrevistó a los líderes de la porra del Atlante y afirmaron que Pepsi Cola y Herdez pagarían “lo que sea” por los Potros. Se afirma que entre porra y exatlantistas llegaron a juntar 10 millones de pesos, pero que Fernandón pidió 25 para “venderles” al equipo.
Mientras tanto, hubo glorias atlantistas que levantaron la voz. Uno de ellos fue Manuel Viejo Artero, masajista catalán con 30 años en el equipo dijo: “Andamos naufragando, jamás habíamos estado tan mal”. El periódico Estadio entrevistó a Benjamín Alonso, lateral campeón en 1940-1941, que añoró los “increíbles tiempos en que el equipo arrasaba a las multitudes”, luego señaló al culpable de la situación del Atlante “se debe a la directiva”. También habló el grandísimo Roberto Scarone, campeón en 1947 y símbolo indiscutible de la historia azulgrana, el uruguayo afirmó: “Si llegamos a caer en la Liguilla sabrán levantarse (los jugadores) y salir adelante. Pocas personas como las que visten la camiseta del Atlante saben del cariño tan grande que se le puede tener a un equipo”.
Orlando Medina, cuando el Atlante tenía extranjeros
que se partían el alma en la cancha.
El 17 de julio se reunieron Agustín Pérez, el Compadre; Manuel Rosas, el Chaquetas; Rafael Guirán, el Apipizca, y el inmenso Felipe Rosas, el Diente. Todos coincidieron en algo: “Nos duele hasta el alma que el nombre del Atlante esté tan abajo”. También hicieron una declaración que es válida en la actualidad: “El Atlante es un equipo que no tiene jugadores buenos, porque todos los vende, los compra en un precio y los vende a uno mucho más elevado”. Una de esas leyendas aseguró que “una de las copas que ganamos, partiéndonos el alma en la cancha, sirve de cenicero para ese que se dice dueño del Atlante”. Y concluyeron opinando sobre la supuesta venta que se manejaba “el equipo es del pueblo hasta que nosotros vivamos”.
            Finalmente, en la jornada 38, el Atlante no pasó de un empate a 1 con los Tiburones Rojos. El internacional peruano Juan Carlos Oblitas de tiro libre venció a Franco a quien, al parecer, no le funcionó el amuleto. El empate vino a cargo de Enrique Zamora con un penal y luego Rafael Romero Reyes estrelló un balón en el travesaño del Veracruz. El Potosino no pudo jugar porque una lluvia inundó el Plan de San Luis, dos días después ganó a los Tigres con gol de Alberto Guerra. Así, los Cachorros sumaron 26 puntos por 27 del Atlante: habría liguilla.
Armando Franco, no le sirvió el amuleto.
            En un hecho insólito la directiva designó a Dagoberto Moll, quien en esa temporada fue técnico del Atlético Español, como asesor de Carlos Iturralde. Fue el día 21 de julio y el exentrenador burel dijo: “Sólo falta algo de armonía y afinar detalles”; una fase clásica y vacía de la época y absolutamente alejada de la realidad que de nada le serviría al Atlante.
            El domingo 25 de julio, El estadio Plan de San Luis no se llenó para el juego de ida por el no descenso. Según Carlos Trápaga de Esto, el equipo local “jugó mal, ganó; Atlante jugó bien, perdió”. Mientras que La Afición consignó que se trató de un juego rudo y con agresiones que el árbitro Mario Rubio dejó pasar. Hugo Coscia hizo el 1-0 al minuto 9 del juego con un tiro libre donde el arquero argentino Rubén Sánchez no llegó; Jorge Davino –padre de Flavio y Duilio– aumentó la ventaja potosina a los 36 luego de entrar al área, en aparente fuera de lugar, rematar contra el cuerpo del arquero azulgrana y en el contrarremate anotar. Sin embargo, tres minutos después el lateral Zárate desbordó por derecha, centró al área y Romero de cabeza puso el 2-1. No hubo más goles, porque el Atlante siguió fallando: Gustavo Beltrán estrelló un balón en el poste “con la desesperación dibujada en el rostro”. Gerardo Lugo haría lo propio al minuto 85 del juego. En otro momento, el joven Gabino Pedroza quedó sólo en el área a pase de Crescencio Sánchez pero se tardó en rematar y el portero Palacios lo despojó del balón, de hecho, el arquero potosino “se rifó el organismo hasta en cinco ocasiones”. Moll dijo en el vestidor “los muchachos lucharon para no perder”, mientras que Iturralde vivía en otro mundo: “ni siquiera nos trajeron refrescos para los jugadores”, se quejó del trato recibido en la casa del rival con quien luchaba para no descender a la Segunda División.
            Dos días después, el 27 de julio, los periódicos publicaron que en caso de descender el “Atlante no jugaría en el estadio Azteca”, debido a que los dueños de los palcos del inmueble les habían garantizado cuando compraron sus lugares tener futbol de Primera División. Mientras tanto, el capitán Gustavo Beltrán aseguraba “aquí los acabaremos” en relación con el juego de vuelta; Romero Reyes pensaba lo mismo “aquí no se nos escapan”; Zárate igual de optimista “aquí les ganamos y no hay duda de que seguiremos en Primera”; finalmente, Rolando Mejía afirmó “hay que salvar una tradición”. Cabe mencionar que el equipo para los duelos del descenso se concentró en Toluca, que supuestamente entrenaría en La Bombonera, la cual se les negó hasta en dos ocasiones debido a que entrenaba el equipo local y los Potros tuvieron que improvisar sus entrenamientos en un campo aledaño y hasta en el campo de una empresa de autos.
El siempre amado por la afición:
 Gerardo Lugo Gómez.
            Llegó finalmente el 29 de julio de 1976. Atlante debía ganar el juego para forzar uno más o ganar por más de dos goles para salvar la categoría. 50 mil personas llegaron a las gradas del Azteca. Los once azulgrana elegidos para salvar al equipo fueron: Rubén Sánchez; Arturo Zárate, Rolando Mejía, Rafael Romero Reyes e Ignacio Bambi Negrete; Rubén Techera, Orlando Medina y Gustavo Beltrán; Alberto Romero, Gerardo Lugo y Enrique Zamora. No iban ni cinco minutos cuando el capitán Beltrán falló la primera oportunidad. A los 10 minutos Gerardo Lugo mandó un centro, Gustavo Beltrán remata de cabeza, pero el Tarzán Palacios desvía iniciando una noche inolvidable para él. Terminó el primer tiempo. El palco del general Núñez estaba cerrado. La prensa deportiva había intentado días antes conocer su opinión, pero la esposa había dicho que el general estaba “muy enfermo” y que tenía tiempo de no ir al estadio. Dato que confirmó un empleado de los palcos del Estadio Azteca. En la segunda parte, con 45 minutos por delante, el Atlante mostró su incapacidad ante el arco rival como lo hizo toda la temporada y el gol no cayó. Pedroza y Rubén Romero tuvieron la oportunidad, él primero cruzó demasiado su disparo y el segundo intentó de larga distancia pero el portero Palacios evitó el gol. Al cumplirse el tiempo, el árbitro Alfonso González Archundia silbó el final.
Atlante había descendido. Gustavo Beltrán, Crescencio Sánchez y Gerardo Lugo “se soltaron a llorar como chiquillos”. La porra corrió a despedir a los jugadores que bajaban al vestidor atrás de la portería norte con el clásico “les guste o no les guste”, con sollozos y con nudos en la garganta. Dagoberto Moll dijo “sólo Dios sabe el por qué de todo esto”.
Dieciséis días después enfrentaban al Cuautla en su primer juego en la Segunda División.

Fuentes:
Periódicos: Esto, La Afición y Estadio de julio de 1976.
Aclaración:
Las imágenes NO necesariamente corresponden a los hechos aquí narrados.

             

jueves, 16 de julio de 2015

Ghiggia, el primero y último héroe.


Un poco antes de la contundencia de Marito Kempes; mucho antes del Brasil de Zico, Sócrates, Falcao y Toninho Cerezo; también antes de la elegancia de Michel Platini, de los seis goles de Pablito Rossi, de los desbordes de Bruno Conti, del Divino Calvo llamado Gregorz Lato, de las calcetas al tobillo de Jean Tigana, de la forma de gritar gol de Marco Tardelli; mucho antes de todos ellos ya sabía de Alcides Ghiggia, el autor del Maracanazo.
            Mi sabio padre me habló del Drama del 16 de julio de 1950. Me contó como Uruguay venció a Brasil “en su propio estadio con un gol de Ghiggia”. Él lo sabía, lo había leído, pero exculpaba a los brasileños porque en ese entonces “Brasil no era Brasil”. Años más tarde mi padre me compraba cada semana un fascículo con la Historia de la Copa del Mundo. De pronto, en un artículo encontré la crónica del Maracanazo escrita por Mario Filho, ni más ni menos. La historia me atrapó para siempre. Cada 16 de julio, religiosamente, leía el escrito de Filho con la misma emoción de toda la vida.

            En 2001, en la Red Deportiva de Infored, tenía una sección llamada Mitos y Leyendas. Era lógico que para el domingo más próximo al 16 de julio tenía que presentar algo relacionado al Maracanazo. Vía internet conseguí el teléfono de la redacción del diario El País de Montevideo. De ahí me pasaron a la redacción de deportes. Un reportero me contestó, le expuse la idea de hacer una entrevista con algún sobreviviente de la Tragedia de Maracaná. De ¿qué me habla? No existió nunca en la historia una tragedia en Maracaná, fue su respuesta pronta y hasta con enfado. Cierto, entonces le replantee mi solicitud, deseaba entrevistar a uno de los campeones del mundo de 1950. Me dio tres números telefónicos: el de Miguez, el de Máspoli y el de Ghiggia.
            No dudé ni un instante. Era el nervio lo que me impedía marcar a la casa del héroe del Milagro Uruguayo. No es cualquier cosa entrevistar a tu héroe, de ninguna manera es una cosa fácil. Pero había que intentarlo y si la suerte o Dios lo permitían podría charlar con Alcides Ghiggia. Así que comencé a marcar. El teléfono tardó en sonar y finalmente lo hizo en tres ocasiones.
            Una voz femenina respondió en el gris Montevideo. Le expliqué que hablaba de México y que por motivo del próximo aniversario del campeonato mundial de Uruguay en 1950 quería entrevistar al autor del gol de la victoria. La voz femenina me dijo que su abuelo estaba enfermo, pero que le preguntaría; que esperara en la línea. Pasaron quizá dos minutos, en ellos me puse a imaginar la casa como Mario Benedetti lo había hecho en sus cuentos; hasta que se escuchó que alguien tomaba la bocina y después pronunciaba un “Aló”, con un acento oriental indiscutible. Era él, sí, claro que era él:  Alcides Ghiggia. Mi primer gran héroe en el futbol internacional.

            La entrevista duró más de 20 minutos. Cuando terminó se despidió, pero su voz se quedó grabada en mí como el gol que le hizo a Barbosa el 16 de julio de 1950: para siempre. Sentí ganas de correr como él luego de marcar en Maracaná, tan pronto colgué la bocina. Había hecho, sin duda alguna, la entrevista de mi vida, ninguna antes, ni ninguna después. Hoy lo sigue siendo.
            Me reconstruyó lo que pasó en Maracaná. Negó que Obdulio Varela haya dado las instrucciones en el vestidor; pero sí confirmó que el Negro Jefe discutió el gol brasileño para tranquilizar a sus compañeros y enfriar al rival, aunque el “público enfureció” por las protestas del capitán celeste. Ghiggia dijo no acordarse si Jules Rimet rompió su discurso en portugués y entregó la copa sin decir palabra, tal y como cuenta la leyenda. Eso sí, dijo recordar los rostros de tristeza en las gradas del Maracaná mientras ellos festejaban el campeonato mundial.
            Se dijo enfermo. Me aclaró que jugó en Italia “donde también fui estrella” y dijo tener, en ese tiempo, muchos autos. Que de sus compañeros ya eran pocos los que quedan con vida, que en otras épocas se llegaban a reunir, pero que ahora las enfermedades y los familiares ya no los dejaban salir solos. Que sí había recibido, “hasta la fecha”, reconocimientos en Uruguay, en otros países, e incluso en Brasil. Pero que ya no recordaba muy bien lo que pasó en Maracaná, sólo “que ganamos y yo anoté el gol de la victoria”.

            La entrevista fue transmitida en la Red Deportiva y fue presentada por José Ramón Fernández. Desde entonces, cada 16 de julio, además de recordar el Maracanazo, recuerdo con infinita emoción que entrevisté al héroe de esa Copa del Mundo. Este 2015, entes de las 17 horas escribí en Twitter: “El Maracanazo, el Drama del 16 de julio, lloró todo un país… vida eterna a Edgardo Alcides Ghiggia” y subí una foto de él. Minutos después vi una notificación: Iara Pintos había marcado “favorito” mi tweet. Indagué en su biografía, era de Montevideo y en otro tweet decía que la Asociación Uruguaya de Futbol confirmaba la muerte de Ghiggia. Lo primero que pensé fue que era una broma. Pero luego llegó la confirmación de la agencia de noticias EFE y luego todos los demás medios.

            No lo podía creer. Pero era verdad: Alcides Ghiggia murió justo el día que se cumplían 65 años de su hazaña en Maracaná. Hasta en eso fue grande, pues si alguien ya había “olvidado” la Tragedia de Maracaná ahora cada 16 de julio se recordará que murió el autor del gol que provocó el Maracanazo y se contará como Ghiggia enfrentó a Bigode con el balón pegado al pie; el defensa brasileño, en vez de buscar despojarlo del esférico, retrocedía. El delantero uruguayo observó un hueco entre el poste izquierdo del arco brasileño y su portero Barbosa; era una rendija para la gloria y la inmortalidad; no lo pensó más, era su momento, disparó y el balón encontró ese hueco, sólo se detuvo en la red y transformó una final de Copa del Mundo en el Maracanazo. Uruguay era campeón del mundo. Vida eterna para Alcides Edgardo Ghiggia.

lunes, 13 de julio de 2015

José de León Toral, el deportista.

Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh

José de León Toral fue el autor material del magnicidio del 17 de julio de 1928 donde le quitó la vida al presidente electo Álvaro Obregón en el restaurante campestre de La Bombilla, en San Ángel. Por tal crimen fue fusilado en febrero de 1929 y sobre su vida se ha escrito casi todo; incluso, que fue deportista, practicante de gimnasia, box, basquetbol y de tener una genuina pasión por el futbol. De hecho, existe la posibilidad histórica de que José de León Toral haya sido en algún momento jugador del Club América, el equipo más ganador en la historia del futbol mexicano.


José de León Toral de futbolista.
Foto cortesía de Jorge A. De León.

            León Toral nació en Matehuala, San Luis Potosí, en abril de 1900. La vivienda donde nació y creció sigue en pie pero ahora es una tienda donde, a decir de su tío paterno Jorge Antonio de León, hace un par de años se colocó una placa para constatar el hecho de que ahí vivió el asesino de Álvaro Obregón y a quien desde 2003 se busca llevar a los altares como mártir de la Iglesia Católica. José quiso en su juventud estudiar para médico, abogado o ingeniero. Su hermano el general Jesús de León Toral, en un libro familiar de título Recuerdos y comentarios sueltos de mi familia (1), afirma que Pepe en esos años de juventud “no sentía vocación por el sacerdocio pese a su religiosidad”.
El general de León Toral en su libro –que no fue publicado– asegura: “Se había convertido José en un verdadero atleta. Practicaba la gimnasia de aparatos y el box, el futbol y el basquetbol, todo con destreza, sin abandonar las caminatas a que tan afectos nos había hecho nuestro padre. El resultado fue el de un cuerpo ágil y poderosamente musculado, casi como el del otro atleta de la familia, mi hermano Pablo”. Jorge A. De León conserva fotografías donde se ve a José de León Toral practicando con cierta destreza gimnasia en las barras paralelas. Igualmente hay instantáneas donde practica box y otras mas donde Pepe posa con playera sin mangas y es evidente que, en efecto, tenía el físico de un atleta. El autor del asesinato de Obregón estudió una carrera comercial y trabajó en el negocio familiar de su padre. En 1917 “era todavía muy retraído”, declararía a la prensa años después durante su detención por su crimen en La Bombilla.
Con cuerpo de atleta.
Foto cortesía de Jorge A. De León.
En 1920 José de León Toral se trasladó a la Ciudad de México. Fue aquí en la capital del país donde se acentuó su religiosidad. Después de trabajar, se dirigía a un templo a rezar un Rosario antes de acudir a su casa en Santa María La Ribera.  Sin embargo, su pasión por el deporte persistía y buscó un lugar donde practicar su gran pasión: el futbol. “Entré al Centro Unión, en 1920, y comencé a jugar futbol. Entré al Club Deportivo Internacional, en donde tres veces por semana jugaba basquetbol y los otros días hacía gimnasia”, declaró en los interrogatorios y en el juicio que se le realizó tras los acontecimientos del 17 de julio de 1928 (2).
Es aquí cuando la historia de José de León Toral se mezcla con la historia del Club América. Este equipo de futbol, próximo a cumplir cien años de existencia y con 12 campeonatos en la era profesional, fue fundado en 1916, pero de 1918 a 1920 cambió de nombre: de América pasó a Centro Unión. ¿Por qué el cambio de nombre? Porque a la institución llegaron grupos de jóvenes de colegios maristas de la capital y decidieron eliminar el nombre del América, pese a que en sus filas estaba el fundador del equipo: Rafael Garza Gutiérrez, Récord. Un personaje fundamental en la historia de ese club y del futbol mexicano, en general.
El historiador Mario Ramírez Rancaño confirma que José de León Toral formó parte de aquellos jóvenes de colegios maristas que se integraron al Centro Unión: “Lo hizo con la intención de practicar futbol, su deporte favorito” (3). J. Cid y Mulet en El libro de oro del futbol mexicano se refirió también al cambio de nombre del América y así lo explica: fue el “Resultado de la fusión de todos los grupos de los Colegios de los Hermanos Maristas de Alvarado, la Perpetua, Saviñón y San José” (4). Igualmente, el libro Águilas del América. Cronología de un equipo campeón sostiene que el cambio de nombre se debió a la llegada de los maristas al club que había fundado Garza y Gutiérrez dos años atrás (5).
José de León Toral (sentado a la derecha) con el Centro Unión.
Foto cortesía de Jorge A. De León.
Jorge A. De León cuenta con una foto donde su sobrino posa con el uniforme del Unión: calcetas y short negras, playera blanca con un enorme escudo circular donde con letras estilizadas se lee Centro Unión. José de León Toral jugó en la última etapa de ese club, 1920, en el actual Club América. El equipo de los jóvenes maristas y algunos fundadores del club, entre ellos Rafael Garza Gutiérrez, jugaron dos torneos: la Copa Amistad, que organizaba el Asturias. Según el Libro de oro del futbol mexicano; en el primero tuvieron un triunfo “muy halagador” y en el segundo fueron subcampeones. Luego de esto, la misma fuente refiere que Récord aprovechó un momento de discordia entre los maristas, para retomar el nombre original de América.
José de León Toral todos los domingos acudía a misa y de ahí se iba a jugar futbol “por la tarde paseaba con mis amigos, bien yendo al cine o a otra parte. Cuando me casé, me dediqué más a mi esposa que a mis amigos”. Sin embargo, entre las amistades que hizo en el futbol está una fundamental y determinante en su vida: la de Humberto Pro. Humberto, era hermano del padre Miguel Agustín Pro y tenía otro hermano menor de nombre Rodolfo; años después tendrían una participación sobresaliente en la Guerra Cristera que se desató en el país en 1926. Humberto y Pepe eran grandes amigos, incluso, ambos eran los capitanes de los equipos de futbol a los que pertenecieron. En varias fotografías aparecen con un gafete cada uno. Luego formarían parte de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR). Humberto pagaría con su vida el intento de atentar contra la de Álvaro Obregón en 1927, mientras que José sí mataría al Caudillo y también pagó con su vida por eso.
Cuando practicaba el boxeo.
Foto cortesía de Jorge A. De León.
En noviembre de 1927, el general Álvaro Obregón fue víctima de un atentado dinamitero en Chapultepec. Entre los responsables estaba Humberto Pro quien fue fusilado junto con su hermano el padre Miguel Agustín Pro y el ingeniero Luis Segura Vilchis, éste último un auténtico terrorista. Ese día de las ejecuciones, el presidente Plutarco Elías Calles le perdonó la vida a Rodolfo Pro, a cambio de ser exiliado en La Habana, Cuba.
Hasta aquel lugar José de León Toral le escribió al menor de los Pro. La revista Proceso publicó en 2012 dos cartas donde el asesino del general Obregón vuelve a mostrar su pasión, incluso fanatismo, por el futbol (6). En la primera, fechada el 11 de enero de 1928, José de León Toral al escribirle a Rodolfo Pro compara el fusilamiento de Miguel y Humberto con un juego de futbol. “Otra cosa que sentí mucho más (en serio) fue que no hayas hecho, o mejor dicho no hayas sido llamado a la acción que consumaron tus hermanos: uno centró, el otro remató; tú (en esta ocasión goal-keeper) imposible que marcaras también tu goal. Pero ¿cuántas veces un portero es el héroe del partido? Ya paraste mucho, te falta todavía más; sólo Dios N.S. sabe si te cambiarán de delantero. Pido que no interpretes para mal mis figuras; solamente para tu bien”.
El símil que utiliza José de León Toral se explica así: Rodolfo tuvo una participación mínima en el atentado dinamitero contra Obregón en Chapultepec; es decir, actuó de “goal-keeper”, de portero; mientras que sus hermanos no. Miguel Agustín lo planeo, “centró”; mientras que Humberto lo ejecutó, “remató”. Trata de consolarlo porque no “marcó” gol; es decir, por que no otorgó su vida. No hay que olvidar que para muchos de los que participaron en la Guerra Cristera, como León Toral, los hermanos Pro y Segura Vilchis, entre otros más, Dios los había “llamado” a dar su vida para “salvar” la fe cristiana del “anticristo” que era el presidente Calles. Por eso le dice “solo Dios N.S. sabe si te cambiará de delantero”; o sea si lo “llama” también a dar su vida por la religión.
El Club Alvarado. José de León Toral abajo derecha y
Humberto Pro también abajo a la izquierda.
Foto cortesía Jorge A. De Léon.
En una segunda carta, ahora de marzo de 1928, le manda saludos y le dice que luego de la muerte de sus hermanos, él se ha puesto a “trabajar”, es decir, prepararse para dar la vida como ellos por al Iglesia. Sobre su vida en particular le habla de sus dos pasiones: “He seguido jugando football y aún espero llegar a dar color. Sigo estudiando pintura y también tiro muy alto. Estoy trabajando por la causa y ¿me voy a contentar con poco? Comprendo que en football y en pintura podría no convenirme llegar alto, y Dios no me lo concedería, pero en lo tocante a la santificación de las almas Dios nunca falta, sino que supera nuestras esperanzas”.
Es decir, nunca dejó de practicar el futbol, “tiro muy alto”, o sea quería llegar lejos en esta actividad. También habla de su afición por la pintura; de hecho fue un gran dibujante e ilustró para la prensa cómo fue torturado en las prisiones de Mixcoac y San Ángel con una gran precisión. Pero lo más revelador es que “sigue trabajando” para otra cosa más importante que el futbol y la pintura: asesinar a Obregón para alcanzar la “santificación”.
De hecho, luego de que Miguel Agustín Pro fuera declarado beato por Juan Pablo II, un grupo –donde están algunos de los familiares de León Toral– comenzó el proceso para convertirlo en mártir. Para ser mártir la Iglesia Católica requiere, entre otras cosas, un “martirio material” y un “martirio formal”. El primero se refiere a que el Candidato haya sufrido de una muerte violenta. El segundo, a que esa muerte haya sido causada por el odio a la fe y que el mártir la haya aceptado por amor a la misma. Pero, sobretodo, que la causa sea impulsada desde una jerarquía católica, lo cual no parece suceder. Para que una persona sea declarada mártir por la Iglesia Católica no se requiere de un milagro, como en el caso de un santo, donde sí es indispensable no uno, sino hasta dos. Quienes impulsan la causa del Padre Pro, por ejemplo, esperan poder comprobar un milagro; el otro, ya es haber dado su vida “por la causa religiosa”.
El asesino de Álvaro Obregón.
Foto cortesía de Jorge A. de León.
            Mártir o no, José de León Toral fue un atleta que esculpió su cuerpo desde muy temprana edad con la gimnasia, el box, el basquetbol; que tuvo una gran pasión: el futbol. Para este último tuvo la misma devoción que para la religión: cada domingo iba a misa y jugar futbol; le “tiraba alto” para ser sobresaliente en este deporte. Asociaba los actos más trascendentales de su vida con el futbol. Amaba el futbol. Y sin embargo, no llegó a saber que aquel Centro Unión, donde jugó, con el tiempo se convirtió en el club de futbol más triunfador de México.

Notas:
(1) Jorge A. De León, tío de José de León Toral, nos proporcionó una hoja de ese libro. No tiene paginación y no se publicó.
(2) Lo declaró durante el juicio, se encuentra en varios libros sobre el tema y en los periódicos de la época.
(3) Mario Ramírez Rancaño. El Asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita. UNAM, México 2014. Págs.102-105
(4) J. Cid y Mulet. Libro de oro del futbol mexicano. Costa-Amic Editor. México 1962. Págs. 128-129.
(5) Águilas del América. Cronología de un equipo campeón. AM Editores. México 2003. Págs. 18 y 19.
(6) Revista Proceso del 7 de febrero de 2012.

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...