martes, 24 de noviembre de 2015

Los sepelios de los dinamiteros mexicanos


Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh

El 23 de noviembre de 1927, el padre Miguel Agustín Pro Juárez, su hermano, Humberto Pro Juárez, el ingeniero Luis Segura Vilchis y Juan Tirado fueron pasados por la armas en la Inspección de Policía del Distrito Federal por su participación en el atentado dinamitero en Chapultepec contra el general Álvaro Obregón. Para el primero era la realización de su sueño: morir por la causa de la Iglesia para ser santo –situación que aúno no consigue 89 años después–. En cambio, Juan Tirado sin proponérselo fue proclamado mártir, el día de su entierro, el 25 de noviembre de 1927, en un acto que fue descrito como masivo y calificado como “preciosísimo”.
            En el Fondo José Mora del Archivo Histórico del Arzobispado de México (AHAM) existe un documento con la descripción detallada de los sepelios del Padre Pro, su hermano Humberto, de Segura Vilchis y de Juan Tirado (1). No tiene fecha ni está firmado. Fue enviado por el Obispo de Sonora Ignacio Valdespino al Arzobispo de Michoacán Leopoldo Ruíz y Flores. Casi la mitad del documento se refiere al sepelio de Tirado y ahí observamos cómo el pueblo despidió a ese joven humilde que a bordo de un auto, acompañado por Humberto Pro y Segura Vilchis, le arrojó tres bombas al general Obregón (2).
Juan Tirado, el mártir obrero.
El Universal
Universidad Nacional Autónoma de México
Hemeroteca Nacional
            Después del fusilamiento a cargo del temible inspector de policía Roberto Cruz, los cuatro cuerpos fueron llevados al hospital militar, se tuvo que improvisar una valla pues la gente, el pueblo, quería estar cerca de los cadáveres. Los cuerpos de Miguel Agustín Pro y Humberto Pro fueron reconocidos por su padre, una de sus hermanas y la monja Concepción Acevedo de la Llata, la Madre Conchita. El cuerpo de Segura Vilchis, el terrorista mexicano como lo llamó el historiador Fernando González, fue recogido también por sus familiares. Mientras que el cadáver de Juan Tirado fue reconocido y reclamado por su familia hasta un día después.
            El 24 de noviembre fueron sepultados los hermanos Pro Juárez. Habían sido velados en su propio domicilio en la calle de Pánuco número 58. A las 15 horas llegaron a dicho domicilio dos carrozas: Olimpia Blanca y Olimpia Negra, que según Excélsior fueron enviadas por la agencia Gayosso, además de dos camiones para los arreglos florales y tres para los dolientes. El Padre Pro fue trasladado en la Olimpia Blanca y Humberto en la Negra. A la vanguardia del cortejo se colocaron Miguel Pro, padre, y sus hijos Edmundo y Belém. Marcharon por la calle de Rhin, Paseo de la Reforma y Calzada de Tacubaya. El documento del AHAM dice que acudieron “cuando menos 10 mil personas (hay quien calcula un número mayor, cuarenta mil)”.
            Las fuentes periodísticas relatan que la carroza con el cuerpo del Padre Pro se detuvo en el Rancho la Hormiga, sacaron el féretro y siguieron rumbo al panteón de Dolores a pie cargándolo “turnándose de seis en seis”. La gente alrededor acompañó todo el trayecto rezando el Rosario. Hubo además “aclamaciones a Cristo Rey, y a los mártires; al Papa, al Episcopado Mexicano”. Hubo que realizar una valla de hombres para detener a las “mujeres que querían acercarse al cuerpo”. La fuente eclesiástica afirma que “salían familias a los balcones –de sus casas– y muchísimas personas derramaban lágrimas” y calificó así el acto en conjunto: “la solemnidad de este entierro fue indescriptible”.
El cadáver de Juan Tirado luego de su fusilamiento.
El Universal
Universidad Nacional Autónoma de México
Hemeroteca Nacional
            Ya en el panteón de Dolores el primero en ser enterrado fue Miguel Agustín Pro Juárez en una sepultura propiedad de la Mitra, que según El Universal era “para enterrar a altos dignatarios”. A las 17:15 bajó su cuerpo a la fosa; después fue cubierto por tierra y sellado, enseguida le colocaron encima los arreglos florales. Unos metros más adelante, en una fosa de segunda clase fue sepultado Humberto Pro Juárez.
            Ese mismo día, 24 de noviembre de 1927, pero más temprano fue sepultado el ingeniero Luis Segura Vilchis, autor intelectual y material del atentado dinamitero contra Álvaro Obregón. El documento del Fondo José Mora asegura al respecto “asistió numerosísima concurrencia, pero ignoro los detalles, porque nadie ha podido dármelos”. Las fuentes periodísticas revelan que el ingeniero fue sepultado en el Tepeyac, muy cerca de la basílica de Guadalupe. Que en efecto fue mucha gente, sobretodo mujeres. De hecho, el cortejo fue encabezado por Carlota Vilchis viuda de Segura y Carlota Segura Vilchis, madre y hermana del occiso. Del trayecto de su casa al panteón la comitiva caminó a lado de su cuerpo con flores en la mano que después depositarían sobre la tumba del hombre que por lo menos realizó tres atentados para quitarle la vida al Caudillo.
            Como ya mencionamos, el cuerpo de Juan Tirado fue reclamado en el hospital militar hasta el día 24, por eso su sepelio fue el 25. De ahí fue llevado a su casa: una paupérrima cabaña donde vivía “el pobrecito” en la prolongación de Dr. Balmis colonia Obrera, en el lote 35 de la manzana 85. La cabaña fue cubierta de arreglos florales y el cadáver fue expuesto a los vecinos. Según la fuente eclesiástica el cuerpo de Juan Tirado aún derramaba sangre por los orificios de las balas; la gente utilizaba sus pañuelos para limpiarlo y “en una falta de consideración movían el cadáver para que saliera más sangre”. Esto último es un error, no era por falta de “consideración”, no, de ninguna manera. Para el pueblo Juan Tirado ya era un mártir de la Guerra Cristera y, al igual que la Madre Conchita hizo con el Padre Pro, la intención de mojar sus pañuelos con sangre era para conservar sangre de un mártir, de un santo.
El Padre Miguel Agustín Pro y Humberto Pro.
El Universal
Universidad Nacional Autónoma de México.
Hemeroteca Nacional
            Al igual que la Mitra obsequió una fosa para Miguel Agustín Pro, las Damas Católicas del Distrito Federal, un grupo seglar reconocido y organizado por el Episcopado Mexicano, cubrió los gastos del sepelio de Juan Tirado. Así a su humilde domicilio llegaron la carroza Olimpia Negra, dos carros para los arreglos florales y dos para los dolientes. El Universal afirma que la familia no aceptó la carroza y la gente cargó el ataúd desde la colonia Obrera hasta el panteón de Dolores.
            Es aquí cuando el documento del AHAM es más detallista. Antes que nada deja constancia que había una muchedumbre conformada de “todas las clases sociales” mezcladas unas con otras. Al frente caminaba José Tirado, un aciano ciego de 80 años; las mujeres humildes llevaban a sus pequeños hijos de la mano, cuando éstos se cansaban los subían a los camiones que transportaban las flores. Incluso, las “altas damas” que viajaban en sus “lujosos autos”, abrían sus puertas e invitaban a subir a las “mujeres débiles” que acusaban cansancio.
            En el trayecto se escuchaban vivas a Cristo Rey, a los mártires, a la Virgen de Guadalupe y a los obispos católicos. Un grupo de niños que caminaban por delante del cuerpo de Juan Tirado portaban flores en sus manos y gritaban “Viva el obrero mártir de la colonia Obrera”, con sus “argentinas voces”. Además una mujer increpaba a la gente para que se quitaran el sombrero, “aún a los gendarmes los hacía descubrirse” y “ella hacía las aclamaciones y todo el mundo le contestaba”. La comitiva al pasar por Chapultepec, frente al Castillo, la residencia del presidente Plutarco Elías Calles, se detuvo. Luego de guardar silencio la mujer gritó “Viva Cristo Rey” y la muchedumbre repitió el grito. Después ella misma grito: “¡Señor, que te dignas abatir a los enemigos de tu Santa Iglesia!” y la gente contestó “¡Te lo rogamos Señor, óyenos!” Ya en el panteón de Dolores las Damas Católicas presidieron el acto.
            La misma fuente reseña que una de estas damas comenzó a realizar una colecta para la familia de Juan Tirado. Dice que su sombrero fue insuficiente dada la cantidad y que tuvo que utilizarse un tompeate –canasta indígena–. La colecta fue confirmada por las fuentes periodísticas que dicen que fue “una regular suma” la que se juntó y que se entregó a los parientes. Sin embargo, en el documento del AHAM se afirma que la policía detuvo y se llevó a la dama que hizo la colecta con todo y el dinero. Desde luego los obreros “se precipitaron en su defensa”.
Luis Segura Vilchis.
El Universal
Universidad Nacional Autónoma de México
Hemeroteca Nacional
            En la comandancia los obreros abrieron la puerta a la fuerza, la policía los amenazó con pistola en mano y ellos contestaban “mátenos, pero no nos retiraremos”. La policía ofreció la libertad de la dama pero no del dinero. Recibiendo como respuesta un ¡Jamás ¿por qué nos han de robar? ¡Ya estamos cansados de que nos roben!”. Al final la dama fue puesta en libertad con todo y la colecta, se dirigió a la que fue la humilde casa de Juan Tirado y entregó el dinero a sus parientes. ¿Cuánto se reunió? “unos dicen que ochocientos pesos, otros que quinientos, pero debió ser más poco, porque eran monedas de poco valor: como las que pueden dar los pobres”.
            A 88 años de estos sucesos Miguel Agustín Pro Juárez sigue su búsqueda por los altares, beatificado en 1988 sus seguidores quieren santificarlo. Luis Segura Vilchis y Humberto Pro Juárez son protagonistas de los hechos ocurridos en México durante la Guerra Cristera. En un lugar más modesto aparece Juan Tirado, el obrero que fue aclamado por una “multitud”  como mártir el día en que fue sepultado luego de su fusilamiento por ser cómplice en el atentado dinamitero contra Álvaro Obregón.

Notas:

(1)  Archivo Histórico del Arzobispado de México. Fondo José Mora. Año 1927 Caja 46 Expediente 36.
(2)  La historia de Luis Segura Vilchis y sus atentados está en este mismo blog, así como la historia de los fusilamientos del día 23 de noviembre de 1927.
Se consultaron los periódicos Excélsior y El Universal de noviembre de 1927


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Los estragos de la revolución en los templos católicos de la diócesis de México


La Contrarrevolución en México –de 1913 a 1917– efectuada por el Ejército Constitucionalista, con Venustiano Carranza a la cabeza, se caracterizó por anticlerical y perseguidora de los privilegios y los poderes que la Iglesia católica había acumulado durante el Porfiriato, entre otros rasgos. Sin olvidar que, para los constitucionalistas, la élite eclesiástica había apoyado a Victoriano Huerta en el golpe de Estado contra Francisco I. Madero para derrocar al primer gobierno democráticamente constituido tras la caída del dictador Díaz. Por esto último, además de la tradición heredada por los liberales de la mitad del siglo XIX que consumaron la separación Iglesia-Estado, las huestes de Carranza persiguieron de manera constante al Clero, mientras hacían su guerra.
            En 1917, el país tenía un nuevo gobierno y una nueva Constitución –la cual enfrentaría bélicamente a las élites de la Iglesia y el Estado de 1926 a 1929–, pero también había una paz relativa y las instituciones comenzaban a hacer el recuento de los daños de los últimos años. En el Archivo Histórico del Arzobispado de México existe un documento de 1917 donde la Arquidiócesis de México solicita a los párrocos de todos los templos hacer un inventario sobre los daños que la Revolución les hubiera causado. Hay 62 breves informes (algunos de una sola línea; algunos más no pasan de un párrafo con diez o doce renglones) concentrados en un documento de siete hojas en el Fondo José Mora. Lo primero que resalta, al hacer un acomodo de los reportes por perjuicios, es que 39 parroquias de la Arquidiócesis más importante del país, no reportan daños causados “durante las pasadas calamidades”; es decir, más de 50 por ciento afirma que la Revolución no perjudicó los templos: ni los dañó materialmente, ni fueron saqueados u ocupados.
            Sólo 16, casi 25 por ciento, afirman haber sufrido daños, incendios y destrucción. Los informes son detallados en este sentido; explican cómo trataban de reparar las afectaciones a sus templos. Hablan de ocupaciones militares en las casas Curiales, así como uno de ellos afirma que la Revolución no le causó daño, pero sí un terremoto en 1912 que lo dejó sin Iglesia y ahora paga renta para dar misa. El número de afectaciones como vemos es mínima, aunque tampoco hay que olvidar que el Ejército Constitucionalista, salvo la violenta aparición de las fuerzas del general Álvaro Obregón en 1914 y el paso fugaz e inocente de los generales Emiliano Zapata y Francisco Villa, en diciembre del mismo año, la Revolución y los combates, estuvieron ausentes en el Distrito Federal y sus alrededores, es decir, de la jurisdicción del Arzobispado de México.
En Mixcoac, la Revolución pasó de largo.
            Prueba de esto último es que en templos como los de Tepito, Mixcoac, las iglesias del Carmen y San Catarina, las de Jesús María, San Sebastián y San Ana, reportan al arzobispo José Mora que no hay daños que lamentar. El padre Mariano Comesias de la Iglesia de Jesús María asegura que “ni perdidas de ornamento” hubo. En importantes municipios del estado de México, adyacentes al Distrito Federal, se repite la historia. Por ejemplo, el padre Luis G. Méndez, de Chalco, avisa que no hubo daños en su parroquia y que de otros templos fueron saqueados objetos, pero no informa más; seguramente, nada trascendental o digno de contar. Lo mismo ocurre con Chimalhuacán, Cuautitlán, El Oro, Villa del Carbón, San José en Toluca, Ozumba, Tultepec, Metepec, Lerma y Santa Cruz Acatlán. El padre Tirso Castil, de Tepeji del Río en Querétaro, además agrega que hay soldados que “ocupan con frecuencia las azoteas de la Iglesia, causando desperfectos”, pero no da detalles de esto último.
            En otros templos de la Arquidiócesis de México, los daños durante la trifulca armada en el país fueron menores, casi anecdóticos. En Tecualoya, el padre Rodrigo Quevedo afirmó que su iglesia “no sufrió la Parroquia cosa alguna durante los trastornos pasados”. Mientras que Aotioco González, en Zumpahuacán, dijo que no sufrió daños de consideración “mas que la destrucción de tres capillas anexas al templo parroquial”. En Tonatico, Antonio Colín aseguró “nada se perdió de valor”, sólo hubo que lamentarse que las torres de la Iglesia que “se resintieron con los combates”. En Tapaxco no pasó nada. Hubo otros sitios donde los sacerdotes, en un acto de honestidad, además de reportar que no hubo daños, mencionan que sus ornamentos misales están deteriorados por otras circunstancias: Rafael G. Morán, de Tepetitlán, dijo que los pueblos de su jurisdicción “sufrieron nada notable durante las calamidades pasadas y que los desperfectos que tienen se debe a la acción del tiempo”. En el mismo tenor, Jesús María V. de Alfajayucan reportó cero daños y que además “cuento con todo lo necesario para el culto aunque deteriorados muchos de ellos por el uso y del tiempo”.
            Reportes escuetos de Sta. Cruz Tepexpan, Atitalaquia (Hidalgo), Tepetengo, Coyotepec, Nacacamilpa, La Gavia, Nonoalco, San Buenaventura, San Felipe Tlalmiminolpan, Jilotzingo y Teacalco, donde todos coinciden en que no hubo daños por los “trastornos políticos recientes”. En San Pedro Atzcapozaltongo, el padre Melitón Acosta, reportó únicamente “pérdidas en la instalación eléctrica y los tubos del órgano quedaron inservibles”. Mientras que el cura Florencio Nava de Santa Veracruz, México, describe desperfectos, como hundimientos naturales, pero no hace alusión a desperfectos hechos por los revolucionarios. Finalmente, Leopoldo Mendieta sacerdote encargado del templo de Ajoloapan no reporta daños a su iglesia “gracias a Dios”.
La Iglesia de Huexotla, saqueada por los revolucionarios.
            Como ya mencionamos, sólo 16 de 62 templos reportan daños atribuidos a la Revolución entre los años de 1913 y 1917. Uno de los casos más significativos ocurrió en el Templo de San José en la ciudad de México. Según el sacerdote Francisco León durante la Decena Trágica, cuando se da el cuartelazo en la Ciudadela, su iglesia sufrió cuarteaduras en las dos bóvedas del templo y la casa Cural “quedó inhabitable”. Continúa su informe afirmando que ya comenzaron los trabajos de reconstrucción en la cúpula del templo y que además se reedificó la casa Curial y que fue “convenientemente decorada”. Finalmente asegura que los trabajos se detuvieron “por haberse agotado los recursos”, pero no pide ayuda de ningún tipo.
            Otro caso de destrozos atribuidos a los revolucionarios por los clérigos es el de Tlalpan. Ahí la Casa Curial fue “seriamente deteriorada”, quedaron destruidas las partes norte y poniente. El sacerdote Rosendo Pérez, además, señala que los templos de San Pedro, La Fama, Peña Pobre, El Calvario, Santa Úrsula, San Pedro Mártir, San Andrés, La Magdalena Huipulco y dos en el cerro del Ajusco fueron saqueados pero “ya han sido abiertas al culto”. Por su parte, Antonio Ochoa, párroco de San Cristóbal Ecatepec, afirma que un cañonazo “perforó la cúpula del Templo de Santa Clara”; que la casa Curial quedó destruida “casi por completo”, apunta que sólo quedaron algunos cuartos y algunas dependencias “en estado ruinoso”.
De Chimalhuacán se llevaron tres campanas.
            La cosa estuvo peor en Temascaltepec. Ahí fue destruido el techo de la nave central, varias bóvedas laterales y vidrieras de los altares. El prelado Inocente Muñoz afirmó que el “órgano quedó destruido”. Pero no quedó ahí el desastre que ocasionaron los revolucionarios, pues a decir del sacerdote, la Casa Curial fue incendiada y el Archivo Parroquial, quemado. En Acambay, Aurelio Itubide, aseguró que su parroquia “quedó reducida a escombros”, pero no por los revolucionarios, sino por un terremoto ocurrido en 1912; informa que ya se está construyendo un templo nuevo, pero que ahora vive en un “jacalón” donde paga 70 pesos mensuales y que sirve de templo provisional.
            En Chimalhuacán se perdieron tres campanas de la torre central, quedó destruido el piso de madera, lo mismo que las puertas y las ventanas. Domingo Rojo informó que en los terrenos parroquiales en Tepexoxuca se concentraron militares, pero que “ya fueron recuperados”. Agrega que la torre del templo está “amenazando ruina” y el “Curato inhabitable”. Por último, informa que el Archivo Matrimonial de 1914 a 1917 desapareció. En Santa Fe hubo destrucción de techos “pero ya se están haciendo las convenientes reparaciones”. Gregorio Tinoco informó que en Tlalcilalcalpan en la Casa Parroquial “un corredor y seis piezas están en ruinas”. En Nextlalpan, el Templo Parroquial “está en ruinas y clausurado para evitar desgracias en caso de un derrumbe, lo mismo que la Capilla”. En Tepetlaoxtoc sólo se reportan bastidores destruidos de las ventanas de la Iglesia y de la casa Curial “debido a una fracción de tropas revolucionarias que entraron a la población”. Mientras que en Huehuetoca la Iglesia, la sacristía, el Bautisterio y el Cuadrante “quedaron en pésimas condiciones”.
            Finalmente, Edmundo Ugalde de San Miguel Coatlinchán informa a sus superiores que la Iglesia y la Sacristía están en buen estado, pero que la casa Curial está en poder de las tropas “que la tienen hace cuatro años, destruyéndola cada día más”. Informa que desaparecieron los archivos de bautizos, de hijos legítimos y naturales, desde 1873, así como también los de matrimonio. Narciso Álvarez asegura que la Iglesia Parroquial de Calpulalpan fue incendiada y ahora hacen uso de las capillas “que escaparon del incendio”. En Naucalpan, Inocencio Palomino, cura del lugar, asegura que la Iglesia y la casa Curial están amenazando ruina, debido “parte a los terremotos parte a los estragos de la Revolución”. Por último, Salvador Farfán informa que el templo de Luis Ayucan de Mazatla fue quemado y la casa Curial destruida y que “sólo quedó la cocina”. También fueron quemados los archivos.
La Iglesia de Calpulalpan que a decir de su párroco fue incendiada.
            En cuanto al saqueo y robo de objetos en los templos católicos durante la Revolución, fueron en total cinco sacerdotes que en su reporte ponen más atención a estos sucesos. Por ejemplo, Miguel M. Jasso encargado del templo de Huexotla afirma que fueron sustraídos una cruz procesional, un relicario, una pluma, una campanilla, un báculo sin vara “todo de plata y muy antiguo”. Luego afirma “Ya se hacen las investigaciones para encontrar el paradero de dichos objetos y castigar al ladrón”. Mientras tanto, en Tlacotepec el párroco encargado dice que fueron robados los siguientes objetos: un par de ánforas para los Santos Oleos, una corona de plata del Señor del Calvario, los milagros de la imagen de Nuestro Padre Jesús, dos túnicas de la Virgen de Dolores, una imagen del Niño Jesús; sin embargo, el padre Ponciano Laredo afirma “Por lo demás está bastante provista de objetos de culto”.
En Nopala, Celso García reportó la desaparición de una custodia con sol de plata dorada, un cáliz de plata dorada, una docena de manteles, los útiles del bautisterio. En cambio, en Tláhuac el saqueo fue mayor: los velos para cubrir los altares en tiempo de Pasión (8 piezas), dos colchas de seda para el Santo Entierro, un vestido de seda para la imagen de San Pedro, un vestido de raso para la imagen del Señor de las Tres Caídas, un vestido de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, un cuadro mural al oleo del Señor San José valuado en $3000.00 pesos, seis cuadros murales con la vida de San Ignacio de Loyola y un vestido de seda de la imagen de la Santísima Virgen. En Coatepec Harinas la Iglesia fue saqueada perdiéndose un cáliz de plata dorada, la base de una custodia grande y las crismeras de plata. En San Vicente Chicoloapan sólo el órgano fue inutilizado y la imagen de San Cristóbal “rota”. Por último, en San Antonio de las Huertas dos campanas de las torres fueron robadas, manteles, albas, un palio grande, dos dalmáticas “una corona de la Santísima Virgen y el reloj de la Iglesia”.

Fuente: Archivo Histórico del Arzobispado de México (AHAM) Fondo José Mora. Año 1917, caja 73, expediente 8.

NOTA: Las fotografías son recientes y sólo sirven para ilustrar los hechos aquí narrados.


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