martes, 21 de junio de 2016

La inolvidable Euro del 2000 en Bélgica y Holanda


Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh

Sentados en una clásica banca de madera en el andén del metro de Bruselas, Oscar Francisco Cano y yo tuvimos un momento de soberbia: nos preguntábamos qué nos hacía falta en nuestra carrera como periodistas deportivos, incluso sentimos pena por quienes no sabían lo que era pasar los últimos seis veranos fuera de México en una justa deportiva. Aquella tarde del 10 de junio de 2000 nos trasladábamos al Estadio del Rey Balduino para ver la inauguración de la Copa Europea de Naciones entre las selecciones de Bélgica y Suecia. En efecto, estar en una Euro, era alcanzar el cielo con las manos como antes había sido en Copa América o en la Copa del Mundo.
            Sin embargo, la realidad nos dio una cachetada cuando en el IBC no había acreditaciones para nosotros. Veíamos el techo suspendido del estadio del barrio de Helsey, escuchábamos su ruido netamente de futbol europeo, veíamos hordas de aficionados suecos cantar y marchar al inmueble futbolístico. La pena nos golpeó, pero más cuando nos enteramos que no habría acreditaciones –nos confirmaron desde México– “por lo menos durante la primera fase”. Yo quería volver. Daba lo mismo estar en Bélgica que en México, dije sin pensar. Oscar, como siempre, más sereno, me guió a comer y a ver el juego por televisión.
            Esa tarde gris y triste de sábado en la capital de la Comunidad Europea no se parecía en nada, a la noche del 31 de mayo en Torreón, cuando supe que viajaría a cubrir la Copa Europea de Naciones. Eran tan distintas; tan opuestas. Definitivamente, no era lo que había imaginado en aquella madrugada coahuilense de 11 días atrás. Nada me consolaba ese día. Ni el triunfo de Bélgica 2-1 sobre Suecia que colmó de fiestas su increíble Centro Histórico con su maravilloso ayuntamiento dedicado a Carlos V.
Ámsterdam Arena en el Eslovenia vs España.
            Al otro día las cosas cambiaron. Las vimos de otro color. Nos trasladamos de Bruselas a Brujas para ver el ambiente previo al debut del campeón del mundo: Francia. En el camino, en el tren, convivimos con la fanaticada danesa. Pero al llegar a Brujas y ver su arquitectura, hay que aceptarlo, se nos olvidó el futbol. La ciudad con sus canales y sus casas nos atrapó: turisteamos. La sonrisa volvió a nuestros rostros. Aunque también hay que aclarar, que nunca olvidamos nuestras obligaciones.
            A toda hora dábamos reportes en vivo para los diferentes espacios de Súper Deportiva 1180 y Radio Acir 1260. Grababa mi nota de color cada noche, se hacían por lo menos cuatro notas informativas y en la madrugada interveníamos en vivo, desde el cuarto de hotel en Bruselas, para el programa Europa Arde. Esta actividad, de ir a las sedes, ver a las distintas aficiones y reportar desde ahí vía telefónica, para luego ver los juegos por TV, fue nuestro día a día. Hasta que encontramos la forma de entrar al estadio.
            Fue el 18 de junio en Ámsterdam, juagaba Eslovenia contra España. En el diario El País habíamos leído que caso contrario a los clubes, la selección española no arrastraba tanto público en Europa. Tomamos el tren de Bruselas a la capital de Holanda, previo desayuno y de llenar nuestras mochilas con manzanas y sándwiches. Apenas pusimos un pie en Ámsterdam nos vendieron dos boletos para la zona preferente. No importó el precio ni fomentar la reventa en un país de primer mundo. Valió la pena estar en un estadio futurista, tan ajeno a lo que conocíamos; de hecho, mi nota de color de ese día fue dedicada al Ámsterdam Arena. España ganó 2-1 y vimos a Raúl González marcar a los cuatro minutos del juego.
Llegó la acreditación para la segunda fase de la Euro.
            En Charleroi nos tocó ver la otra cara de la moneda del futbol europeo. Salimos muy temprano de Bruselas, de pronto, en una estación un rugido nos sacó de nuestra lectura: eran la fanaticada inglesa que también quería llegar temprano a la sede donde su selección se mediría a la de Alemania. Su aspecto era intimidador, así que con un ojo los observaba y con el otro releía la columna de Jorge Valdano. Llegamos a las inmediaciones del Stade du Pays de Charleroi cantando con ellos Hey Jude, incluso los grabamos para pasar el audio en nuestros reportes en vivo de ese día. Pero después de mediodía, llegaron los alemanes. No supimos cómo, pero en un instante volaban sillas y botellas por todos lados; peleas a golpes de mano y pie; insultos, sangre, desmayados, arrestados, heridos. Era la triste celebre Batalla de Charleroi que fue sofocada por la policía belga con modernos tanques de agua. Minutos después me tomé una foto frente a uno de ellos, cuando la paz había vuelto. Inglaterra ganó 1-0 con gol de Alan Shearer.
            Mientras terminaba la primera ronda nos hicimos especialistas en viajar por las mañanas, ver los juegos en TV y trabajar de noche-madrugada. No importaba. Así yo buscaba lugares para ir a conocer y Oscar sólo preguntaba: a dónde vamos a ir mañana. Sólo hicimos una regla: a Brujas iríamos siempre que hubiera juego. Queríamos saturar nuestros recuerdos con cada calle, callejón, ventana, casa, canal e iglesia de Brujas, la llamada Venecia del norte. Pero algo nos modificó los planes.
En La Bañera de Rotterdam.
Una llamada desde México nos confirmó que estábamos acreditados para la segunda fase. Inmediatamente acudimos al IBC y en efecto, nos sentaron frente a una cámara, nos tomaron la fotografía y quedamos perfectamente acreditados para cubrir la Copa Europea de Naciones. Por fin, acceso ilimitado a los entrenamientos, a los juegos, a las conferencias de prensa, a las zonas mixta. Era momento de separarnos, cada uno de nosotros iría a un juego diferente, también uno iría a Holanda y otro se quedaría en Bélgica y luego viceversa. Así, Oscar viajó a Ámsterdam para el Portugal contra Turquía y luego en Brujas España frente a Francia; por mi parte, me quedé en Bruselas para el Italia-Rumania y al otro día viajé a Rotterdam a ver Holanda vs Yugoslavia.
Indescriptible la que viví en el Rey Balduino y en De Kuip (La Bañera). La afición de Italia y de Holanda son un espectáculo aparte. La Squadra Azurra era de ensueño: Francesco Toldo; Paolo Maldini, Demetrio Albertini, Fabio Cannavaro, Antonio Conte, Filippo Inzaghi, Alessandro Nesta, Mark Iuliano, Gianluca Zambrotta, Stefano Fiori y Francesco Totti. Dirigidos por el inmortal Dino Zoff. Los rumanos tenían al Maradona de los Cárpatos: Gheorghe Hagi. Italia ganó 2-0 con anotaciones de Pippo y de Totti. En la zona mixta salude a Miodrag Belodedici, internacional rumano ex del Atlante. Mientras que en La Bañera (por la forma de su techo) el espectáculo igualmente fue insuperable en las gradas y en la cancha. Patrick Kluivert marcó tres goles en 30 minutos, Marc Overmars dos y un autogol, formaron un 6-1 que le dio más alegría a los alegres holandeses.
Pero si tengo que elegir lo mejor, quedarme con algo. Ese “algo” sería el 27 de junio en Bruselas. Un día antes de la semifinal entre Francia y Portugal. La práctica fue en el estadio del Rey Balduino. La prensa de todo el mundo pudo estar en la cancha. Ahí estuve. Antes de que llegaran los equipos había algo que ver: la placa en conmemoración de los 39 caídos en la final de la Copa de Campeones entre la Juventus de Turín y el Liverpool el 29 de mayo de 1985. Una fecha que manchó la historia del futbol. Pero los equipos estaban llegando al Rey Balduino.
En la placa conmemorativa de la Tragedia de Heysel.
Francia fue el primero. El campeón del mundo prácticamente era el mismo que se coronó dos años atrás en Saint Denis. Estar a metros de Zidane, Blanc, Barthez, Deschamps, Anelka, Thierry Henry, Petit, Djorkaeff, Karembeu, Tezaguet, Dugarry, era algo impensado. No se podía esperar más. Zidane ensayaba los malabares para la semifinal; el balón obedecía sus caprichos, eran tan maravilloso que no dabas crédito a lo que tus ojos veían. Era un ilusionista, un mago, un brujo o simplemente un ser humano que hacía magia, embrujaba e ilusionaba con un balón de futbol. Francia dejó de entrenar. Se fue a esperar la semifinal que sería al siguiente día.
Supimos que Portugal llegó cuando los medios corrieron a entrevistar a Eusebio, claro, a la Pantera de Mozambique que gustoso daba entrevistas a quienes se lo pedía. Mientras en el campo del Rey Balduino Luis Figo ensayaba los disparos a gol ante la incredulidad de sus propios compañeros por la perfección en que lo hacía. Ni Rui Costa, ni Nuno Gomes se acercaban siquiera a lo precisión de Figo. Verlo fue definitivamente algo que superaba nuestras expectativas en la Euro 2000.
Al día siguiente, Zinedine Zinade hizo magia. Quizá realizó uno de sus mejores partidos en su carrera. Se confirmó como el más grande de su época. Él marcó un penal que definió la eliminatoria y lo festejó a la Platini: con su uniforme blanco, con el 10 en la espalda, la mano derecha en alto y la mirada buscando a sus compañeros.
Estadio Rey Balduino en Bruselas, Bélgica.
Francia ganó la Copa Europea de Naciones a Italia el 2 de julio de 2000 en Rotterdam con un gol de oro anotado por David Trezeguet luego de quebrarle la cintura a los mejores defensas del mundo: Nesta, Cannavaro y Maldini. Didier Deschamps levantó el trofeo en La Bañera y lo ofreció al cielo holandés. Había que regresar a casa.

Desde entonces la Eurocopa de Naciones del 2000 en Bélgica y Holanda se quedó para siempre en un lugar súper especial de mis recuerdos. Ahí acudo recurrentemente, pues me gusta revivir ese verano en que en una banca de madera, clásica de una estación de tren en Europa, me pregunté qué me faltaba. Sin comprender que lo que importa no era lo que faltaba, sino lo que se tenía y ese 10 de junio de 2000 era un periodista deportivo mexicano cubriendo una Euro, ni más, ni menos.

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