miércoles, 9 de mayo de 2018

El Olímpico de la Ciudad de los Deportes, el estadio de mi padre



Por Víctor Miguel Villanueva
@VictorMiguelV

La venta de boletos para el juego de vuelta de la Gran Final comenzaba ese día. Por eso, me volé la última clase y había hecho el viaje desde Ciudad Universitaria hasta la colonia Nochebuena para asegurar mi presencia en el juego en que Atlante debería conseguir el retorno a la Primera División. Me bajé del micro en la esquina de Insurgentes y Holbein; caminé en contraflujo por esta última calle, al llegar a Indiana, ya con el Azulgrana frente a mis ojos, también pude observar gran número de personas: el pánico se apoderó de mí. Fue entonces cuando lo vi.
            Caminando tranquilamente, con su pulcra ropa, cigarro en mano, perfectamente peinado hacia atrás con canas en la sien y bigote pequeño y bien cortado. Se le veía un rostro de satisfacción, seguramente de emoción, por caminar por esas calles tan suyas, a lado de ese inmueble que también era suyo y de su pasión por el futbol. Era mi padre. ¿Qué hacía ese día en la Ciudad de los Deportes?.

–“Ya no hay boletos”, dijo mientras expulsaba humo de tabaco por su boca. Se va a llenar, agregó ante mi cara de incredulidad y de contrariedad.

El Olímpico lleno. Se observan los postes y las lonas
para hacer la tribuna de "sombra".
Foto Museo del Objeto.


Pero era mi padre. Sabía de sobra lo que significaba para mí el juego del domingo en el Olímpico, como él le decía. Así que de la bolsa de su camisa sacó un boleto amarillo de preferente, que decía con letras grandes en negro: Gran Final y abajo los nombres de los contendientes: Atlante vs Pachuca.

El Olímpico de la Ciudad de los Deportes fue el primer estadio construido con concreto en el país y fue inaugurado en febrero de 1947. Mi padre debió tener en ese entonces 20 años. Él conoció el Parque España, el Asturias y el preciosista Parque Necaxa y ahora vería futbol en un escenario que les parecía inmenso, imposible de llenar. Muchas veces me contó sus anécdotas ahí, en el Olímpico: cómo introducía botellas de vino en un chasis de radio de madera; o cómo subía ayudado de una cuerda, ya adentro, una mochila con cervezas; igualmente, recordaba cómo estorbaban los postes que sostenían unas lonas para hacer “una tribuna de sombra”; aunque también me decía “en ese entonces el Atlante sí era bueno; incluso fue campeón en este estadio”.
Mi padre al centro de pie, con camisa blanca y pantalón claro.
Foto: Carlos Villanueva Vega.
La verdad es que mi padre era un gran aficionado al futbol y cuando fue la mudanza a “la CU” también acudía con frecuencia; luego al Azteca a partir de 1966 y a mí me llevó por primera vez al futbol en 1977 para ver un Atlante contra Necaxa, su equipo. Sin embargo, la mayoría de sus recuerdos tenía como escenario el coso de la Ciudad de los Deportes. Tenía una memoria ágil y pronta a la menor provocación para reproducir un juego, un gol, un partido o un jugador en aquel estadio. Nunca lo reconoció, pero era evidente que el Olímpico había sido el escenario futbolístico donde fue más feliz.
Yo sabía de sobra todas esas anécdotas, pero me las recontó en 1983 cuando los periódicos anunciaban que el Atlante dejaría el Azteca y se mudaría a la Ciudad de los Deportes. Recuerdo que un día me llevó a ver cómo lo estaban remodelando para convertirlo en el estadio Azulgrana. Nos asomábamos por una de sus puertas para ver. “Ahí estaban los postes, ¡ah! cómo estorbaban y sostenían unas mantas blancas”, me decía por enésima vez. Desde luego fuimos cuando el Atlante lo estrenó contra el Atlético Morelia. Nos acomodamos en “su lugar”: en la tribuna alta entre el estadio y la Plaza México. Después yo elegiría “mi lugar”.
El Olímpico como estadio Azul en su última temporada
durante un juego entre Cruz Azul y Necaxa.
En toda mi etapa de aficionado siempre me senté en la zona de preferente, dos filas debajo de la Tito Tepito, en línea directa a la salida del vestidor azulgrana. Fui testigo de las últimas carreras de Rubén Ayala, de los desbordes de Lalo Moses, de la magia de barrio del Calaca González, del liderazgo del Bonavena Ramírez y del retorno del hijo pródigo del atlantismo: Gerardo Lugo. Pero al mejor Atlante que vi en el Azulgrana fue el de 1988-1989 con Ingrao, Rergis, Harlem Medina, Romano, Dante Juárez, González China y Mario Ordiales, entre otros, dirigidos por Ricardo Antonio La Volpe; su futbol quedó perenemente en mi mente. La tarde más triste sin duda fue cuando Cruz Azul eliminó a los Potros en unos cuartos de final, pese a tener una ventaja de dos goles. Lo más dramático, cuando en la liguilla de ascenso debía hacerle cuatro goles a Gallos Blancos para llegar a la final; habían caído dos, luego la desesperación se apoderó de los atlantistas, una piedra descalabró al árbitro Refugio Ramírez, pero no se suspendió el juego y al reanudarse dos goles de Luis Miguel Salvador nos pusieron en la final. Nos abrazábamos unos a otros en las gradas del Azulgrana: pasar del pánico a la gloria es indescriptible y en verdad maravilloso. Quizá lo único que reprochar es que cuando se llegó a la final de 1993, se optó por jugarla en el Azteca y no en la Ciudad de los Deportes.
En mis últimas temporadas como aficionado, tuve la suerte de ser testigo de otro Atlante inolvidable: Félix Fernández, Raúl Gutiérrez, Wilson Graneolatti, José Guadalupe Cruz, Miguel Herrera, René Isidoro García, Pedro Massacessi, Guillermo Cantú, Roberto Andrade, Daniel Guzmán y Luis Miguel Salvador. Muchas tardes de goles y victorias con este equipo. Pero, en 1994, dejé las gradas del Azulgrana. Ahora estaría en su palco de prensa, en sus vestidores y su cancha. Era ya periodista deportivo.
En el estadio Azulgrana previo a un clásico
Atlante vs Necaxa con Enrique Borja.
Mi primera vez como reportero fue en ese estadio. Mi primera pregunta fue a Ricardo Antonio La Volpe sobre si Hugo Sánchez sería jugador del Atlante. Luego vinieron los eternos entrenamientos del técnico argentino, convivir y entrevistar a esos jugadores que meses atrás sólo veía desde las gradas azulgranas, debajo de donde alentaba la Tito Tepito. Ahora era yo quien le contaba anécdotas a mi padre. Pero, en 1996, todo cambió. La etapa del Estadio Azulgrana terminó, se transformó en Estadio Azul y se convirtió en sede de Cruz Azul. Pero yo no dejé el estadio de la Ciudad de los Deportes.
De ese 1996 a 2000, fui reportero de cancha en casi todos los juegos del equipo celeste. Mi lugar ahora era la banca del equipo visitante; desde ahí seguiría viendo futbol en el estadio de mi padre. Desde luego tenía un sentimiento de contrariedad que ya no fuera sede del Atlante, pero se compensaba con la emoción de seguir cada 15 días ahí en su inmaculada cancha y sentir su incomparable sabor a futbol. Definitivamente, el Olímpico era ya parte de mi vida.
Transmitiendo a nivel de cancha en la inauguración
del Estadio Azul.
Cuando se anunció su demolición fue un golpe al corazón. En este 2018 terminó su vida como escenario futbolístico y deportivo. Será demolido para construir un centro comercial y un estacionamiento. Como un ejemplo del poco respeto que existe en la sociedad moderna por lo histórico, por sus recintos, por sus emblemas. Por eso, una tarde me fui a despedir del Olímpico de la Ciudad de los Deportes. Ante la ausencia del Atlante en el máximo circuito, acudí a ver al equipo de mi padre: el Necaxa. Me senté en la tribuna alta, la de la calle Carolina, con la México a mis espaldas, como lo hacía él con su chasis que escondía alcohol y su mochila con cervezas. Ni el triunfo necaxista me quitó la nostalgia y la pena.
Estadio Azulgrana en al final de ascenso
entre Atlante y Pachuca.

            Con mi boleto para la final de ascenso 1990-1991 nos fuimos juntos a casa. El siguiente domingo llegué sólo a la colonia Nochebuena. El atlantismo se desbordaba por todos lados; cada uno llevaba una bandera azulgrana. Era cuestión de un gol, que Pablo Oseguera falló de manera lamentable e increíble. Un cero a cero que provocó un tercer juego y nos privó a todos los atlantistas de ver a nuestro equipo campeón, dar la vuelta olímpica, confirmando su regreso a Primera División. Tres días después lo consiguió en el Cuauhtémoc de Puebla. Pero aquel 14 de julio de 1991 siempre lo recordaré, porque ese día mi padre me compró el boleto para que viera al Atlante ser campeón en el Olímpico de la Ciudad de los Deportes, como él lo había visto en 1947.

Los hijos, nunca seremos tan afortunados como nuestros padres.


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