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El eterno Daniel López, El Satánico

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  El Satánico Se podría decir que mi etapa como aficionado a la Lucha Libre fue a la par de la carrera de El Satánico. A la mitad de los años setenta del siglo pasado mi padre comenzó a llevarme a la Pista Arena Revolución. Forjó en mí una afición perenne por este deporte; las noches en el escenario de Mixcoac se volvieron mágicas: asistir temprano para provocar la suerte de ver a un luchador llegar a la arena; comprar las tortas de huevo con jamón y frijoles refritos, para comerlas en la semifinal; observar con absoluta fascinación los puestos de máscaras y escuchar a mi padre decir: “Escoge una”; subir con mi capucha puesta a Preferente Central, Fila b, lugares 99 y 100; y sentarme a ver el deporte espectáculo por excelencia. Los años maravillosos, sin duda alguna.   Desde entonces supe de El Satánico. Su invariable indumentaria roja con botas negras, su abundante cabellera peinada de “a lado”, el apretar de sus mandíbulas y esos golpes a su propio pecho y al aire para ...

El Perro del Bien

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¡ L os quiero un chingo! Fueron las últimas palabras de Pedro Aguayo, el inmenso Perro Aguayo , al despedirse del público de la Arena México . Pero no se iba del todo, pues esa misma noche en el mítico coso de la colonia de los Doctores debutaba El Hijo del Perro Aguayo. Era una fortuna estar ahí con un micrófono para narrar la despedida de uno de los más grandes de la lucha libre mexicana y la presentación de su hijo. I gualmente había sido un privilegio, a finales de los años setenta, ver en plenitud de facultades al Perro Aguayo . Si la memoria no me traiciona el presentador de la Pista Arena Revolución dijo que la lucha estelar se adelantaba pues había muerto la madre del Perro Aguayo y éste, en un acto de profesionalismo, no quería irse sin luchar. Aún no se apagaban las luces del local de Mixcoac cuando con sus botas y su chaleco de peluche, su sombrero charro, su burda y larga melena y ese gesto feroz que decía “vengo a ganar” ya estaba en el ring. Yo tendría diez a...