¿Por qué historia?
Cuando decidí estudiar otra licenciatura
no dudé un instante: sería historia. Recuerdo que desde las clases de tercer
grado de primaria la profesora Irma Pérez atrapaba mi atención contándome del
Imperio Azteca. Desde siempre tuve una innata inclinación por saber de otras
personas y de otras épocas. Además, en casa tuve dos grandes historiadores que
nutrían mi imaginación: mis padres.
Marc
Bloch dice que la historia tiene sus propios placeres y que entre ellos destaca
el espectáculo de las actividades humanas “para seducir la imaginación de los
hombres”. Esto lo pude constatar hasta que elaboré mi tesis revisando cartas,
documentos y correspondencia en los archivos, con fuentes de primera mano,
donde según Leopold van Ranke se ven las verdaderas pasiones de los hombres.
Pero esto último, lo de Bloch y lo de van Ranke fue, como ya dije, hasta que
decidí emprender el estudio de mi segunda licenciatura.
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Obregón y Calles en el poder. |
La
primera fue de periodismo, quise que fuera de eso, pero en la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, se llamaba Ciencias de la
Comunicación. No importaba, para nada, incluso las materias que trataban
concretamente de historia me seducían igual que las de periodismo. Hoy puedo
decir que la clase de Formación Social Mexicana III, que trataba de historia de
México en el siglo XX, me dejó una certeza: me apasionaba muchísimo la vida
política de Plutarco Elías Calles y de Álvaro Obregón. Conocer de estos dos
personajes fue algo que yo no dejaría. En esos años y los posteriores fueron
casi una obsesión, luego fue simplemente una obsesión, ya sin el casi.
Después
vinieron otras revelaciones, pero esta vez en el recuerdo, los más primitivos
como diría Sigmund Freud: en la infancia. Comencé a recordar las tantas veces
que le escuché a mi padre hablar de que a la Madre Conchita la habían culpado
injustamente del asesinato de Álvaro Obregón, lo mismo que a José de León
Toral. También hablaba del padre Pro, “del santo que mandó matar Calles como
escarmiento”. Sin embargo, nunca tuve la curiosidad o el atrevimiento, mejor
dicho, de preguntarle el por qué estos tres personajes, totalmente desconocidos
en ese entonces por mi, le causaban tanta atracción a él. Es algo que nunca
supe ni sabré.
Con
mi madre ocurrió algo similar. Ella hablaba de que cuando era niña no pudo ser
bautizada porque las “iglesias estaban cerradas”. En efecto, hoy lo sé, Elisa
nació en 1927, en plena Guerra Cristera, cuando el Episcopado Mexicano había
suspendido el culto público y los servicios religiosos como media de presión al
presidente Calles que había endurecido la aplicación de los artículos
anticlericales de la Constitución Política de 1917. Pero además, mi madre escuchaba
la radio cuando cocinaba, uno de sus programas preferidos era la Hora de Vicente Fernández, ahí pasaban la canción El martes me fusilan, que narra la historia de un cristero. En ese
momento, recuerdo, yo me concentraba en escuchar la letra. Me atrapaba. Era un
reflejo casi instantáneo. A ella sí le preguntaba y me daba una explicación del
por qué de la letra de esa canción. La cual por cierto, sigo escuchando de vez
en cuando pero ahora en Youtube.
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Una familia cristera. |
Sin
embargo, fue hasta después de ejercer por 20 años mi profesión de periodista
que decidí hacer una segunda carrera y que ésta sería de historia. El último
empujón para decidirme fue mientras leía a Riszard Kaspuscinki. El que es
considerado el mejor periodista del siglo XX en uno de sus libros se justificó
por qué él siendo historiador ejerció el periodismo. El polaco escribió “los
periodistas trabajamos a diario con la historia, la tenemos en nuestras manos,
la escribimos todos los días”. Eso me llevó a inscribirme en la Universidad
Autónoma de la Ciudad de México a estudiar Historia y Sociedad Contemporánea.
Con todo esto no fue
difícil, mientras pasaban los semestres en el plantel San Lorenzo Tezonco de la
UACM, saber que mi tesis sería algo que tuviera que ver con Plutarco Elías
Calles, Álvaro Obregón y la Guerra Cristera. Lo mejor que me pudo pasar fue
conocer al doctor Andrea Mutolo, un especialista en relaciones Iglesia-Estado
en México que, antes de saber el tema en concreto, me facilitó la entrada al
Archivo Histórico del Arzobispado de México.
Empecé de cero. Mi
primera tarea era revisar el Fondo José Mora, Arzobispo de México en los años
veinte del siglo pasado, y el Fondo Pascual Díaz, Obispo de Tabasco y después
sucesor de Mora y del Río, para encontrar un tema original de investigación y
que además me apasionara. Después de un par meses lo encontramos: los intentos
por alcanzar la paz de la Guerra Cristera. En total fue un año el que me pasé
viendo documentos, cartas, telegramas. De hecho, llegó un momento en que
literalmente Andrea me exigió salir de los archivos. Había que pasar a lo
siguiente: plasmar la investigación en una tesis de licenciatura. Fue una
experiencia tan fascinante como la primera. Los meses pasaron y a principios de
2015 el trabajo recepcional era algo concreto: cinco capítulos, siete
negociaciones entre la élite eclesiástica y la élite política durante la
presidencia de Plutarco Elías Calles y un matrimonio no consumado –como lo
bautizó el mismo Andrea Mutolo- tras el asesinato de Álvaro Obregón por José de
León Toral el 17 de julio de 1928 en el restaurante de la Bombilla en San
Ángel. Luego, una tarde lluviosa en Ciudad Universitaria tuve en mis manos el
primer ejemplar de la tesis: 250 páginas forradas en color vino rojo.
Tesis que en unas horas
tendré que defender ante un jurado. No hay nervio. Sino más bien un conflicto
en mi mente. La historia, como he tratado de explicar en estas líneas me ha
acompañado desde siempre, es algo que verdaderamente disfruto; sin embargo, la
pregunta que no puedo sacarme de la cabeza es ¿y el periodismo?. Claro que
ambas se pueden amalgamar, puede coexistir, de hecho siempre me han gustado más
los reportajes y los ensayos, que los géneros periodísticos informativos, pues
en los primeros puedo mezclar periodismo e historia. Pero hoy puedo decir que
anhelo estudiar una maestría en historia, tanto como volver a los medios de
comunicación. No quisiera enfrentar la disyuntiva de elegir entre uno y otra.
Esto último es algo que, definitivamente, no quiero pasar.
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La madre Conchita y León Toral. |
Pero si algo o alguien
me pusiera en tan difícil situación –de hecho Andrea ya lo hizo- contestaría lo
que ya dijo Riszard Kapusciski: el periodismo trabaja todos los días con la
historia, el periodista es un historiador. Sí, esa sería mi respuesta, porque
estoy convencido que así es. Lo demás, lo que siguiera, lo contaría, porque
finalmente el periodismo es contar historias. La historia se hace con
investigación y el periodismo sin investigación no es periodismo. Sí, por
supuesto, ambas, historia y periodismo, pueden coexistir. Los cual, sin duda,
es una fortuna.
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