¿Un mexicano intentó atacar al Papa Pío XI?
Por: Víctor Miguel Villanueva
@VíctorMiguelVH
La historia político-religiosa de México, en la
primera mitad del siglo XX, entre otras cosas, contiene varios ejemplos de
atentados por quitarle la vida a alguien. Luis Segura Vilchis, el padre Miguel
Agustín Pro Juárez, su hermano Humberto y otros más, intentaron por lo menos en
tres ocasiones asesinar al general Álvaro Obregón con artefactos explosivos;
por lo cual fueron pasados por las armas. José León Toral sí consiguió
arrancarle la vida al Caudillo el 17
de julio de 1928 en La Bombilla. Eran
literalmente tiempos de guerra entre el Estado y la Iglesia católica. Pero, en 1935
se comenzó a elaborar el modus vivendi
que regiría las relaciones entre ambas instituciones. Por eso, no deja de
llamar la atención que el
12 de marzo de aquel año, los mexicanos encontraran
en las portadas de los principales periódicos la noticia de que un connacional
había intentado matar al Papa Pío XI, en pleno Vaticano.
Efectivamente,
un individuo al cual identificaban los cables de las agencias noticiosas como
Carlos Roberto Murgay y otras como Margáin, de nacionalidad mexicana, había
sido detenido por la Guardia Suiza, encargada de la seguridad del Sumo
Pontífice, por intentar entrar a una audiencia con Pío XI sin tener
autorización. Margáin levantó sospechas y al ser revisado, según las fuentes,
se le encontró “una daga” en la cintura. Desde luego, fue retenido y puesto en
custodia de la policía italiana que después lo escoltó hasta el puerto de
Trieste, de donde salió de Europa rumbo a Nueva York y de ahí a México.
El
joven mexicano había llegado a El Vaticano e intentó entrar a la audiencia
papal, pero cuando se le solicitó el documento de acceso a la misma no lo
tenía; así que se le pidió que se retirara, aun cuando formara
parte de un grupo que sería recibido por Pío XI. Esa primera vez aceptó que era
imposible entrar si no contaba con la debida autorización. Sin embargo, más
tarde regresó y quiso ingresar nuevamente; ante su insistencia
“extraordinaria”, se consideró “conveniente entregarlo a la gendarmería del
Vaticano”.
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Nota de portada de Excélsior Hemeroteca Nacional Universidad Nacional Autónoma de México |
La
policía italiana revisó sus pertenencias y lo interrogó. En la revisión se
dieron cuenta que “tenía en el cinto, no un inofensivo corta plumas, sino una
daga, que al ser registrado se le encontró en la parte posterior, cubierta por
el saco”. Al solicitarle explicaciones de por qué llevaba consigo un arma como
esa, contestó: “Es una arma que habitualmente llevan los hombres en México”. Fue
toda la explicación que dio y que recogieron los periódicos mexicanos a través
de las agencias internacionales.
El
reportero de Associated Press fue más
detallista en su relato. Confirmó que el nombre del supuesto atacante de Pío XI era
Carlos Roberto Murgay, que tenía 22 años y había sido aprehendido el 7 de marzo
después de tratar “varias veces” de ver al Papa. Confirmó que poseía una
navaja, ya no daga, bajo su camisa “cuando se encontraba en terrenos del
Vaticano”. Que durante el interrogatorio la policía italiana había confirmado
que era mexicano y era católico. Fue puesto en libertad al día siguiente porque
“nada irregular había en las acciones de Murgay”, pese a la confirmación de que
llevaba un arma punzocortante.
Las
irregularidades aparecen con lo que reportan desde Roma los redactores cuando
intentan explicar las razones del por qué Margáin estaba en la Santa Sede y su
insistencia para entrar a la audiencia de Achille Damiano Ambrogio Ratti. Primero, United Press entrevistó a un funcionario de la Legación Mexicana en
Roma (Embajada) que dijo que era “un joven colegial un poco excéntrico”. Agregó
que cuando llegó a Roma “vestía una indumentaria muy rara: es la que usan los
estudiantes de la facultad de Química de Hanover, Alemania”. ¿Qué indumentaria
“rara” podrían usar los estudiantes de química de Hanover? ¿Qué era lo que se
le hacía raro al funcionario? No lo sabemos, porque no hay una descripción de
esa “indumentaria rara”. Aunque si estudiaba química, podemos pensar que era
una bata blanca, como indica el estereotipo, pero no se sabe.
El Universal publica una entrevista que
hizo un reportero de UP antes de
salir de Trieste. En ella Carlos Roberto
Margáin aseguró “no es verdad que tuviera la intención de atentar
contra la vida del Papa, sino únicamente la curiosidad de conocerlo antes de
salir de Italia”. Sobre el objeto que se le encontró, confirmó que tenía en su
poder “un cuchillo de caza, que tengo la costumbre de llevar conmigo cuando
viajo”. Agregó, que la policía revisó su diario -cosa que antes no se había
reportado-, donde a juicio del joven mexicano de 22 años encontraron apuntes
“sospechosos”: hay algunas anotaciones, en alemán y en español, sobre
conferencias que di en Alemania; en esas notas figuran varias veces la palabra
bolchevismo.
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En portada de El Universal Hemeroteca Nacional Universidad Nacional Autónoma de México |
La
información, como podemos ver, se contrapone, si creemos las dos versiones,
resulta que Carlos Roberto Margáin era una estudiante de química en Hanover que
daba conferencias donde figuraba “varias veces” la palabra “bolchevismo”. La situación
es más confusa cuando explica por qué en sus conferencias en Alemania aparecía
el bolchevismo: “Traté de explicar el origen de la revolución mexicana”. O sea,
era un estudiante de química que daba conferencias en Alemania sobre los
orígenes de la revolución en México. Inverosímil por donde se le vea su
comportamiento en el Vaticano, su insistencia por ver a Pío XI, su arma, su
diario y sus declaraciones posteriores tratando de justificarse.
Sin
embargo, en más de sus explicaciones en Trieste concedidas a UP, se asoma algo
más perturbador que puede leerse entre líneas y que quizá ya no sea tan extraña
su conducta. Carlos Roberto Margáin afirmó lo siguiente: “Soy un cristiano fiel
y convencido, aunque enemigo del clero católico, al que he combatido en vista
que durante los últimos cuatro siglos ha impedido el desarrollo del país
mezclándose en la política activa, en vez de dedicarse a su labor espiritual”.
Así, a simple lectura de sus palabras, Margáin sí tenía intenciones de cometer
un atentado contra Pío XI.
Para
nadie es un secreto que en los años veinte del siglo pasado, sobretodo a raíz
de la guerra cristera, las asociaciones católicas laicas, con el respaldo y
aprobación de la jerarquía católica, formaban a jóvenes dispuestos a “darlo
todo para salvar a su religión”. Es el caso del sacerdote Miguel Agustín Pro
Juárez y su camarilla formada por su hermano Humberto, el
ingeniero Luis Segura Vilchis, Juan Tirado y, desde luego, José León Toral. Eso
es un hecho irrefutable en la historia de México.
En 1935, las tensiones entre
el gobierno mexicano y la Iglesia católica continuaban. El Estado no había
dejado la persecución religiosa implantando la educación socialista y sexual;
confiscando templos, expulsando ministros, obispos exiliados, fijando número de
sacerdotes y enfrentando al Vaticano. La jerarquía eclesial hacía malabares
para defenderse la administración de Lázaro Cárdenas, pero también para detener
las fuerzas laicas que, inconformes con los arreglos de 1929 y ante la nueva
intransigencia gubernamental, comenzaba a reorganizarse e incluso se hablaba
por esos años de una “segunda Cristiada”.
Por lo tanto, no es
extraño que Carlos Roberto Margáin fuera uno de los tantos jóvenes católicos
aleccionados para “salvar a su religión”. Cumple con el perfil: joven, de clase
acomodada, católico, convencido, decidido a cualquier cosa en favor
de su religión, incluso hasta quitarle la vida a alguien, si ese alguien
entorpece sus planes o lo siente culpable de lo que sucede con su religión. En
todo lo anterior encaja muy bien el presunto atacante del Papa.
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Seguimiento en El Universal Hemeroteca Nacional Universidad Nacional Autónoma de México |
Vamos por partes,
primero, Margáin intentó entrar en una audiencia papal con otro grupo, no
sabemos si eran mexicanos o no, pero quiso mezclarse entre ellos. Entonces,
pudo ser que él o el grupo lo quisieron hacer pasar, pese a no tener la
acreditación necesaria, para que ahí estuviera cerca de Pío XI. Por otra parte,
no es, de ninguna manera, lógico que acuda a ver al Sumo Pontífice con una arma
en la cintura; vamos, no es ni racional, salvo que tu intención sea usarla.
Igualmente, insistir varias veces por ingresar el mismo día, puede ser porque
quizá él pertenecía a ese grupo, no sabemos si estaban en contubernio para
intentar el atentado.
Finalmente, podemos
decir que los laicos mexicanos, intransigentes y convencidos en tomar las armas
para defender sus intereses religiosos, en ese momento histórico de 1935, no
concuerdan con la política vaticana en México. Pío XI condena la persecución,
pero aconseja prudencia y niega cualquier tipo de violencia, y más la armada,
de parte de los fieles. Los jerarcas más importantes en ese entonces, Pascual
Díaz Barreto, arzobispo de México, y Leopoldo Ruíz y Flores, Delegado
Apostólico, están de acuerdo plenamente con Roma. De hecho, estos dos
prelados son repudiados desde 1929 por los laicos mexicanos por haber firmado
la paz sin haber obtenido el derrocamiento de gobierno.
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Achille Damiano Ambrogio Ratti |
En fin, el caso de
Carlos Roberto Margáin no pasó de dos notas perdidas en la prensa mexicana en
marzo de 1935. De un hecho olvidado en el tiempo. De una simple anécdota, que sólo
si se observa bajo la luz de los acontecimientos de ese momento en México,
adquiere cierta relevancia. Por lo menos, pone en tela de juicio que ese joven
mexicano católico de 22 años, con una daga en la cintura, que repudiaba al
clero, haya querido entrevistarse con
Pío XI sin la intención de atacarlo.
Fuentes:
Excélsior, El Universal y El Universal Gráfico, de marzo de 1935.
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