jueves, 26 de febrero de 2015

El atentado dinamitero contra el Arzobispo de México



El Clero mexicano tuvo un funesto cálculo en el gobierno de Álvaro Obregón. Luego de la tolerancia religiosa gozada con Venustiano Carranza y Adolfo de la Huerta, la élite eclesiástica pensó que era tiempo de volver a la bonanza del Porfiriato. Nada más alejado de la realidad. Olvidaban el carácter anticlerical del Caudillo y que para los ojos de los revolucionarios la Iglesia había apoyado el golpe de Estado de Victoriano Huerta. Ignorando estas dos últimas cuestiones, a mediados de enero de 1921, el Clero católico organizó la Coronación de la Virgen de Zapopan; reunió en las calles, por tres días, a más de 20 mil personas que lanzaban vivas al Episcopado Mexicano, a la Iglesia católica, a Jalisco, a México y a la libertad religiosa. Un acto público prohibido en la Constitución Política de 1917. La respuesta del gobierno vendría pronto.
Para Obregón y Calles, el prelado se lo había buscado
 por inmiscuirse en la política
            En la madrugada del seis de febrero de 1921 una bomba estallaría en el Palacio Arzobispal de la Ciudad de México. Para Jean Meyer era la forma en que el gobierno del general Álvaro Obregón se cobraba la osadía de la élite eclesiástica de coronar a la Virgen de Zapopan fuera de los recintos religiosos. Desde luego que el atentado dinamitero fue condenado por el mismo Estado; aunque eso sí, para el presidente y su secretario de Gobernación, el general Plutarco Elías Calles, el arzobispo José Mora y del Río, se lo tenía bien ganado.
            A las 3:30 de la mañana un Ford, sin luces ni placa, circulaba a “toda velocidad” por la segunda calle de Brasil rumbo a Santo Domingo. Se pegó a su lado izquierdo y al pasar enfrente de la residencia del Arzobispo de México José Mora y del Río, lanzó una bomba. Diez minutos más tarde se escuchó un estruendo. El artefacto explosivo había estallado donde dormía la máxima autoridad religiosa del país. Lo anterior fue reconstruido por el relato que hicieron para El Universal el gendarme placa 328 y un gelatinero que vendía todos los días y a esas horas de la noche en el lugar de los hechos. En lo que no se pusieron de acuerdo fue en la dirección que tomó el Ford luego de arrojar su artefacto explosivo; el primero dijo que tomó el camino hacía el Monte de Piedad, mientras que el segundo aseguró que lo hizo hacía Donceles.
            José Mora y del Río, según su pariente Genaro Méndez y del Río, escuchó la explosión, prendió la luz y al constatar la hora, 3:40 de la mañana, volvió a recostarse. El Arzobispo de México se levantaba diario a las cuatro de la mañana y ni siquiera una bomba en su domicilio haría que cambiara sus costumbres. Cuando se levantó de su lecho, se dirigió a rezar. La policía ya se encontraba en el Palacio Arzobispal, los vecinos se asomaban desde sus balcones y  otros mas se acercaban a la puerta que se encontraba deshecha de su hoja izquierda. El anciano prelado dio misa a las seis de la mañana como si nada hubiera pasado y después se dirigió a la Catedral Metropolitana como hacía todos los días.
José Mora y del Río ni se inmutó.
            Los daños en el Palacio del Arzobispado, además de la puerta principal, fueron cristales rotos en la ala izquierda del edificio, un transformador de luz que “se hizo mil pedazos” y las ventanas de la alcoba de José Mora. La policía llegó casi de inmediato luego que el gendarme diera aviso. Se levantó un acta con los daños materiales y se dejó claro que no había heridos.
            El Arzobispo de México declaró a media mañana que nada tenía que decir. Al preguntarle sobre quiénes podrían haber cometido el atentado respondió. “Dios proteja a quienes fueron. Yo no tengo enemigos ¿Por qué tratarían de perjudicarme?” Y finalmente aseguró a los reporteros que sólo pedía “Que Dios los perdone. Esto deseo de todo corazón. Yo ya los perdoné”. Se dirigió a Tacubaya para asuntos propios de su profesión y por la tarde regresó al Palacio del Arzobispado.
            Mientras tanto, el presidente Álvaro Obregón declaró “Si el señor arzobispo se dedicara exclusivamente a las prácticas religiosas, sin entrar al terreno de la política, no habría sido objeto de tan desagradable incidente”. También lo acuso de hacer declaraciones en contra de la reciente Ley Agraria y otras de índole político y social. Aunque eso sí, prometió hacer una investigación y encontrar a los culpables. Por su parte, Plutarco Elías Calles, encargado del despacho de Gobernación, aseguró “Estas bombas deben advertir al Clero de que no debe mezclarse en asuntos sociales y políticos que no son de su incumbencia”. Para Excélsior los atentados dinamiteros en el Palacio Arzobispal contra José Mora y del Río, tenían otra connotación “al progreso que en los tiempos últimos han alcanzado en nuestro medio los ideales socialistas rojos, o sea las doctrinas bolchevistas (SIC) de la Rusia caótica”. Ni más ni menos.
            Al otro día, el 7 de febrero de 1921, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la ACJM, convocó a una manifestación muda; es decir, sin pronunciamientos de discursos. La cita fue a las 6:30 de la tarde en la Plaza Carlos IV. Las autoridades dieron permiso para el martes 8. Cerca de tres mil personas desfilaron con pancartas donde se leía “Amo, respeto y defiendo a nuestro prelado”. Los manifestantes fueron increpados entre la calle de 5 de Mayo y la Alameda Central por unas trescientas personas. Pero los católicos no cayeron en provocaciones y siguieron avanzando de forma pacífica. En la calle de Madero les gritaban “mochos” y “retrógradas”; pero fue en Gante donde pudo ocurrir una tragedia. Las personas en contra de la manifestación de la ACJM se lanzaron sobre el contingente para quitarles sus pancartas; estos se defendieron y gracias a la intervención de la policía, la marcha continuó hasta la Plaza de la Constitución donde sus participantes se disolvieron en paz.
El escudo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana.

            Nunca se encontraron a los culpables. Pero este hecho marcó el inicio de las hostilidades entre las élites política y eclesiástica. Habría más atentados dinamiteros –en la Basílica de Guadalupe­– y bombas contra el propio Obregón, porque en la guerra todo se vale y definitivamente, desde ese 1921, el Estado y la Iglesia estaban en guerra.

jueves, 19 de febrero de 2015

Noventa años de la toma del templo de La Soledad.


Crear una Iglesia nacional desvinculada de Roma fue una tentación para Benito Juárez y para Venustiano Carranza cuando ostentaron el cargo de presidente de la República. Pero el general Plutarco Elías Calles fue más lejos: su gobierno protegió la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, le dio registro legal, reconoció a su jerarquía y solapó la toma violenta de un templo de la Iglesia mexicana fiel al Vaticano: el de La Soledad. Ésta última acción es sin duda una de las causas más significativas que generaron la Cristiada (1926-1929).
Policía en el interior de La Soledad
luego de los sucesos del 22 de febrero de 1925
            La toma violenta e ilegal del templo católico, apostólico y romano de La Soledad puso frente a frente a la élite eclesiástica con la élite  política del país. La omnipotente Confederación Regional Obrero Mexicana, la CROM, dirigida por el funcionario consentido del callismo, Luis N. Morones; el secretario de la misma,  Ricardo Topete, que dirigía un grupo de choque llamado Los Caballeros Guadalupanos y algunos prelados renegados del catolicismo romano, organizaron la Iglesia MexicanaEl 19 de febrero de 1925, a través de un panfleto que se repartió en la Ciudad de México, anunciaron su separación de Roma.
            En una primera instancia la jerarquía católica mexicana no observó los verdaderos alcances de este suceso. Incluso, José Mora y del Río Arzobispo de México declaró a la prensa que el panfleto y las intensiones que ahí venían eran “un chiste”, aseguró que “nunca como hoy es inquebrantable la adhesión de la Iglesia Mexicana a la autoridad del Sumo Pontífice”. Y remató “pretender que haya iglesia mexicana, iglesia guatemalteca o iglesia china, es necio y ridículo”. Finalmente, Mora y del Río afirmó que la iglesia del patriarca Pérez –líder de los cismáticos– sólo existía en “su imaginación”, pues no había “ningún católico que lo siguiera”.
            En eso último, posiblemente tenía razón el anciano prelado, pero Joaquín Pérez, ex sacerdote católico y juez militar, tenía otro apoyo: Los Caballeros Guadalupanos de la CROM. Con ellos y el sacerdote español Luis Monge irrumpió la noche del 21 de febrero de 1925, hace exactamente 90 años, en el templo de La Soledad. El padre Alejandro Silva entregó el recinto religioso sin enfrentar a los cismáticos, días después Joaquín Pérez declararía ante las autoridades que el padre Silva estaba de acuerdo con entregarles el templo. El verdadero problema ocurrió el domingo 22 de febrero cuando la Iglesia Mexicana quiso oficiar su primera misa en La Soledad.
            A las 10:45 de la mañana sonaron las campanas para llamar a misa y se abrieron las puertas. Un gran número de fieles, no ajenos a los sucesos de la noche anterior, se acercaron al templo “abundaba principalmente el género femenino”. Siendo las 11 de la mañana en punto a apareció Luis Monge vestido de sacerdote y rodeado por varios Caballeros Guadalupanos “con sus pistolas al cinto”. Al ver a Monge las mujeres se pusieron de pie, según las crónicas periodísticas comenzaron a gritarle al padre español y a sus acompañantes “luteranos”. Una de ellas alcanzó a llegar a Monge, con la mano cerrada propinó un golpe en el rostro del sacerdote cismático, además de lanzarle un escupitajo.
Periódico El Universal. Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
            Se vino el zafarrancho dentro de La Soledad. El grupo de choque disparó al aire para asustar a la gente, pero ésta no salía y gritaba “¡Mueran los farsantes! ¡Mueran los falsos católicos! ¡Mueran los herejes!. De pronto llegó la policía montada que comenzó a repartir culetazos y también a disparar al aire. Poco a poco se fue vaciando el templo. Pero la trifulca estaba lejos de terminar. La gente salió del recinto, pero para armarse.
            Las mujeres “desempedraron la calle”. En sus faldas y en sus delantales cargaron piedras que utilizarían como armas. En eso llegaron los bomberos que con las mangueras de agua trataron de deshacer el motín formado por aproximadamente mil o mil quinientas personas que querían recuperar el templo de La Soledad. El cual, por cierto, a decir de Las Damas Católicas “fue construido por nuestros mayores para el culto católico, apostólico y romano”. Hubo un momento de paz. Unos, los cismáticos, se encerraron en la iglesia; otros, los católicos, se agazaparon en las calles adyacentes, listos para volver a intentar recuperar La Soledad.
            En este primer enfrentamiento, el soldado Fernando Salazar murió al recibir un balazo en la cabeza. El causante había sido el gendarme Francisco Téllez que inmediatamente fue detenido y llevado a prisión. Otro difunto fue el albañil Mauro Hernández que también recibió un disparo en la cabeza mientras gritaba ¡Viva Nuestra Señora de La Soledad y mueran los farsantes!. Otros que resultaron lesionados fueron Guillermo Iglesias, también albañil y herido de bala; Juan Solano descalabrado y el bombero Francisco Padilla con un golpe en el vientre. Todos fueron conducidos por la Cruz Roja al hospital de San Jerónimo.
Periódico Excélsior. Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
            A la una de la tarde se suscitó otro enfrentamiento. Armados con piedras y lo que podían, los católicos intentaron recuperar la iglesia. La montada con disparos al aire y los bomberos con chorros de agua no les permitieron acercarse. En cambio, la policía poco a poco fue cerrando calles aledañas y formando retenes, para envolver a los amotinados y evitar que se incorporaran más. La tensión aumentó, sin embargo ya no volvió a ocurrir otro intento masivo para expulsar de La Soledad a los miembros de la Iglesia Mexicana.
            Sólo un pequeño grupo de hombres y mujeres a las siete de noche, amparados en la oscuridad, pretendieron entrar al templo y recuperar la imagen de la Virgen de La Soledad. Ni la policía ni los bomberos se los permitieron. En cambio, algunos periodistas sí pudieron ingresar al inmueble. Ahí pudieron hablar con uno de los cismáticos, que por todo este tiempo permanecieron en el templo que ilegalmente había ocupado un día antes. Al redactor de Excélsior le pidieron que constatara e hiciera público que todas las imágenes del templo estaban intactas, lo mismo que los objetos de valor “para que no se nos diga que hemos robado”.
            El lunes 23 de febrero de 1925 José Mora y del Río acudió a la Secretaría de Gobernación exigiendo la devolución del templo de La Soledad y el poder hablar con el presidente Plutarco Elías Calles. El secretario Gilberto Valenzuela lo recibió y ofreció garantías y que les dijo que el presidente era el único que podría devolverles e templo. El arzobispo de México declaró que todos los cismáticos estaban “excomulgados por separarse”. El martes 24 Gilberto Valenzuela pide a José Mora y del Río y a Joaquín Pérez que rindieran un informe de lo sucedido los días 21 y 22.
            El Patriarca Pérez le escribió al presidente Calles para solicitarle el templo para predicar, pues según él, la Iglesia Mexicana, tenía “el mismo derecho de hacer uso de los templos de la nación como lo hacen los sacerdotes de la iglesia romana”. Mientras tanto Mora y del Río declaraba que no temían al cisma, pues estaba convencido de “la fidelidad y sumisión de todos los católicos mexicanos y de todo nuestro Clero a la silla de San Pedro”.
El Arzobispo de México José Mora y del Río.
            Días después el templo de La Soledad fue convertido en museo por el gobierno de Plutarco Elías Calles y les entregó a los cismáticos el de Corpus Cristi que se encontraba abandonado. Por su parte, la jerarquía católica mexicana no iba a olvidar este agravio de parte de la élite política. Un año después, en 1926, José Mora y del Río, en pleno festejos del aniversario de la Constitución de 1917, pidió a los católicos no obedecer las leyes de la Carta Magna queretana por ser anticlericales. Cinco meses después estallaría la Guerra Cristera.


martes, 3 de febrero de 2015

Eduardo I, el Papa mexicano.

Desde la última parte del siglo XX se hicieron habituales en México las visitas del Obispo de Roma. En 1979 Juan Pablo II realizó la primera de sus cinco que haría a nuestro país; su sucesor, Benedicto XVI, visitó en 2012 el centro neurológico del cristianismo mexicano: el estado de Guanajuato. El actual líder mundial de la Iglesia católica, el Papa Francisco, está invitado a venir a suelo mexicano.
            Sin embargo, no siempre fue así. De hecho, se equivocaba Carol Wojtyla cuando decía “México, siempre fiel”. Por lo menos no al Vaticano. La historiadora Alicia Olivera Sedano asegura que en 1822, en plena guerra de Independencia, se buscó hacer una Iglesia Nacional Mexicana, alejada del poder de Roma. La misma autora sostiene que Benito Juárez pretendió a mediados del siglo XIX financiar una Iglesia Mexicana. Misma tentación que tuvo Venustiano Carranza tras el triunfo constitucionalista en 1917.
            Sin embargo, el intento más palpable para otorgar al país de una Iglesia propia desvinculada del Vaticano fue en 1925, durante la presidencia del general Plutarco Elías Calles. La Iglesia Católica Apostólica Mexicana obtuvo registro legal, tuvo templos propios, un Patriarca. Pero lo más fantástico es que eligió el 12 de diciembre de 1933 en Puebla a un Papa mexicano: Eduardo I.
Eduardo I
Foto: Archivo General de la Nacion
            El 21 de febrero de 1925 un grupo de personas irrumpieron por la noche en el templo de La Soledad de la Ciudad de México. Exigían la entrega del recinto para la Iglesia Católica Apostólica Mexicana (ICAM), lo hicieron por la fuerza con el apoyo de un grupo de choque de la Confederación Regional Obrera Mexicana, la poderosa CROM del no menos poderoso Luis N. Morones. Con ellos venía el sacerdote español Manuel L. Monge y el padre Joaquín Pérez. Todo esto, desde luego, del conocimiento del presidente Elías Calles. Pero la apropiación no sería cosa fácil.
            Al siguiente domingo, el día 23, cuando el padre Monge se disponía a oficiar misa dominical, varios católicos lo impidieron. Gendarmes y bomberos tuvieron que intervenir en el zafarrancho que se armó fuera de La Soledad. El templo fue clausurado y el presidente, alegando que la Constitución contemplaba la libertad religiosa, le otorgó a la ICAM el templo de Corpus Cristi. Según Jean Meyer gracias al apoyo del gobierno callista la Iglesia Mexicana, desligada por completo de Roma, tuvo templos en Puebla, Tabasco, Veracruz y Oaxaca.
El padre Joaquín Pérez fue declarado Patriarca de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana el 17 de octubre de 1926, en pleno inicio de la Guerra Cristera entre el Estado y la Iglesia católica fiel al papa Pío XI. Pérez había nacido en 1851 en Huajapan de León, estudió comercio, pero en 1872 se convirtió en soldado; a sus 21 años se casó pero la repentina muerte de su esposa lo llevó al sacerdocio. Según Arnulfo Hurtado el padre Joaquín Pérez era masónico y desde siempre fue amigo de Luis N. Morones e incluso del presidente Calles. Por eso, en 1925 aceptó ponerse al frente del grupo cismático que se apoderó del templo católico de La Soledad. Murió en 1933 y coinciden los historiadores, laicos y católicos, que lo hizo arrepentido por haberse alejado de la Iglesia católica.
El Papa mexicano en la iglesia de San Antonio Portezuelo, Puebla.
Foto: Archivo General de la Nación.
El Patriarca Joaquín Pérez estuvo al frente de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana de 1926 a 1933. En esos siete años un miembro cercano a él fue escalando posiciones en la ICAM. Su nombre José Eduardo Dávila. Tenía una ambición insaciable de poder que en poco tiempo lo hizo pasar de sacerdote a Papa; ni más ni menos. En uno de los hechos más inverosímiles de la historia de México.
José Eduardo Dávila nació en la capital de la República en la calle de Belisario Domínguez número 15, aunque no se sabe si en 1908 0 1909. Estudió en el Seminario Conciliar de México y según él mismo, se graduó de sacerdote a los 18 años. Dato que refuta Arnulfo Hurtado al sostener que la edad mínima para ordenarse es a los 24 años de acuerdo al Código de Derecho Canónico. Sin embargo, Dávila, al igual que el padre Pérez, era masónico y pertenecía al Rito Nacional Mexicano.
En 1926 se hizo sacerdote en Puebla, uno de los estados donde la Iglesia Católica Apostólica Mexicana tuvo mayor fuerza y arraigo. Ahí permaneció hasta que Joaquín Pérez, ya convertido en Patriarca de la ICAM, lo llamó como corista en el templo de Corpus Cristi que les otorgó el presidente Calles en la Ciudad de México. Eso fue en 1928. Dos años después el corista fue nombrado presbítero y en 1931 encargado de dicho templo.
Emblema de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana
en un documento del Archivo General de la Nación
A la muerte del Patriarca Joaquín Pérez, José Eduardo Dávila fue nombrado como el nuevo patriarca de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana. Se fue de gira pastoral al estado de Tamaulipas para ampliar las zonas de influencia de la ICAM. Su ausencia se prolongó más de lo debido, según Arnulfo Hurtado fue por cuestiones climatológicas de mucha lluvia en dicha entidad. Mientras tanto en la IACM lo dieron por muerto y nombraron a otro patriarca: Vicente Liñan.

Cuando reapareció Dávila se convocó a otro conclave, donde se destituyó a Liñan y José Eduardo Dávila fue nombrado Cardenal. Pero la cosa no quedó ahí, ya que se encontraba reunida la alta jerarquía eclesiástica de la Iglesia Mexicana, se decidió que debían nombrar a su nuevo cardenal como Papa. Los cismáticos exclamaron: Habemus pontificem…electus est pontifex maximus Eduardus Dávila qui assumit nomen Eduardus Primus. Así surgió el Papa mexicano.
La firma de José Eduardo Dávila en un documento donde solicitaba un templo.
Documento del Archivo General de la Nación.
Su “pontificado” hasta ahora ha sido poco estudiado. No pasa de ser una anécdota para los historiadores, un mero disparate. Mario Ramírez Rancaño sostiene que Eduardo I en 1938 era acusado de explotar indígenas al norte de Puebla y de organizar bandas de adolescentes en la Ciudad de México para robar en iglesias y llevarse ornamenta religiosa a Puebla. Para 1952 José Eduardo Dávila estaba en Veracruz buscando construir una capilla en Ixhuatlán. Hay algunas entrevistas en diarios capitalinos donde al parecer ya no se nombraba Papa, sino Arzobispo Primado de México. En fin, que aún falta mucho por escribir sobre este capítulo tan sui géneris de la historia de México.

FUENTES CONSULTADAS:
Hurtado, Arnulfo. El Cisma Mexicano. Buena Prensa. México, 1952.
Meyer, Jean. La Cristiada. Tomo 2.- El conflicto religioso entre la Iglesia y el Estado 1926-1929. Siglo XXI. México, 2012.
Ramírez Rancaño, Mario. El Patriarca Pérez. UNAM, México, 2006.

Olivera Sedano, Alicia. Aspectos del Conflicto Religioso de 1926-1929. Sus antecedentes y sus consecuencias. Secretaría de Educación Pública. México, 1987.

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...