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El atentado dinamitero contra el Arzobispo de México



El Clero mexicano tuvo un funesto cálculo en el gobierno de Álvaro Obregón. Luego de la tolerancia religiosa gozada con Venustiano Carranza y Adolfo de la Huerta, la élite eclesiástica pensó que era tiempo de volver a la bonanza del Porfiriato. Nada más alejado de la realidad. Olvidaban el carácter anticlerical del Caudillo y que para los ojos de los revolucionarios la Iglesia había apoyado el golpe de Estado de Victoriano Huerta. Ignorando estas dos últimas cuestiones, a mediados de enero de 1921, el Clero católico organizó la Coronación de la Virgen de Zapopan; reunió en las calles, por tres días, a más de 20 mil personas que lanzaban vivas al Episcopado Mexicano, a la Iglesia católica, a Jalisco, a México y a la libertad religiosa. Un acto público prohibido en la Constitución Política de 1917. La respuesta del gobierno vendría pronto.
Para Obregón y Calles, el prelado se lo había buscado
 por inmiscuirse en la política
            En la madrugada del seis de febrero de 1921 una bomba estallaría en el Palacio Arzobispal de la Ciudad de México. Para Jean Meyer era la forma en que el gobierno del general Álvaro Obregón se cobraba la osadía de la élite eclesiástica de coronar a la Virgen de Zapopan fuera de los recintos religiosos. Desde luego que el atentado dinamitero fue condenado por el mismo Estado; aunque eso sí, para el presidente y su secretario de Gobernación, el general Plutarco Elías Calles, el arzobispo José Mora y del Río, se lo tenía bien ganado.
            A las 3:30 de la mañana un Ford, sin luces ni placa, circulaba a “toda velocidad” por la segunda calle de Brasil rumbo a Santo Domingo. Se pegó a su lado izquierdo y al pasar enfrente de la residencia del Arzobispo de México José Mora y del Río, lanzó una bomba. Diez minutos más tarde se escuchó un estruendo. El artefacto explosivo había estallado donde dormía la máxima autoridad religiosa del país. Lo anterior fue reconstruido por el relato que hicieron para El Universal el gendarme placa 328 y un gelatinero que vendía todos los días y a esas horas de la noche en el lugar de los hechos. En lo que no se pusieron de acuerdo fue en la dirección que tomó el Ford luego de arrojar su artefacto explosivo; el primero dijo que tomó el camino hacía el Monte de Piedad, mientras que el segundo aseguró que lo hizo hacía Donceles.
            José Mora y del Río, según su pariente Genaro Méndez y del Río, escuchó la explosión, prendió la luz y al constatar la hora, 3:40 de la mañana, volvió a recostarse. El Arzobispo de México se levantaba diario a las cuatro de la mañana y ni siquiera una bomba en su domicilio haría que cambiara sus costumbres. Cuando se levantó de su lecho, se dirigió a rezar. La policía ya se encontraba en el Palacio Arzobispal, los vecinos se asomaban desde sus balcones y  otros mas se acercaban a la puerta que se encontraba deshecha de su hoja izquierda. El anciano prelado dio misa a las seis de la mañana como si nada hubiera pasado y después se dirigió a la Catedral Metropolitana como hacía todos los días.
José Mora y del Río ni se inmutó.
            Los daños en el Palacio del Arzobispado, además de la puerta principal, fueron cristales rotos en la ala izquierda del edificio, un transformador de luz que “se hizo mil pedazos” y las ventanas de la alcoba de José Mora. La policía llegó casi de inmediato luego que el gendarme diera aviso. Se levantó un acta con los daños materiales y se dejó claro que no había heridos.
            El Arzobispo de México declaró a media mañana que nada tenía que decir. Al preguntarle sobre quiénes podrían haber cometido el atentado respondió. “Dios proteja a quienes fueron. Yo no tengo enemigos ¿Por qué tratarían de perjudicarme?” Y finalmente aseguró a los reporteros que sólo pedía “Que Dios los perdone. Esto deseo de todo corazón. Yo ya los perdoné”. Se dirigió a Tacubaya para asuntos propios de su profesión y por la tarde regresó al Palacio del Arzobispado.
            Mientras tanto, el presidente Álvaro Obregón declaró “Si el señor arzobispo se dedicara exclusivamente a las prácticas religiosas, sin entrar al terreno de la política, no habría sido objeto de tan desagradable incidente”. También lo acuso de hacer declaraciones en contra de la reciente Ley Agraria y otras de índole político y social. Aunque eso sí, prometió hacer una investigación y encontrar a los culpables. Por su parte, Plutarco Elías Calles, encargado del despacho de Gobernación, aseguró “Estas bombas deben advertir al Clero de que no debe mezclarse en asuntos sociales y políticos que no son de su incumbencia”. Para Excélsior los atentados dinamiteros en el Palacio Arzobispal contra José Mora y del Río, tenían otra connotación “al progreso que en los tiempos últimos han alcanzado en nuestro medio los ideales socialistas rojos, o sea las doctrinas bolchevistas (SIC) de la Rusia caótica”. Ni más ni menos.
            Al otro día, el 7 de febrero de 1921, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la ACJM, convocó a una manifestación muda; es decir, sin pronunciamientos de discursos. La cita fue a las 6:30 de la tarde en la Plaza Carlos IV. Las autoridades dieron permiso para el martes 8. Cerca de tres mil personas desfilaron con pancartas donde se leía “Amo, respeto y defiendo a nuestro prelado”. Los manifestantes fueron increpados entre la calle de 5 de Mayo y la Alameda Central por unas trescientas personas. Pero los católicos no cayeron en provocaciones y siguieron avanzando de forma pacífica. En la calle de Madero les gritaban “mochos” y “retrógradas”; pero fue en Gante donde pudo ocurrir una tragedia. Las personas en contra de la manifestación de la ACJM se lanzaron sobre el contingente para quitarles sus pancartas; estos se defendieron y gracias a la intervención de la policía, la marcha continuó hasta la Plaza de la Constitución donde sus participantes se disolvieron en paz.
El escudo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana.

            Nunca se encontraron a los culpables. Pero este hecho marcó el inicio de las hostilidades entre las élites política y eclesiástica. Habría más atentados dinamiteros –en la Basílica de Guadalupe­– y bombas contra el propio Obregón, porque en la guerra todo se vale y definitivamente, desde ese 1921, el Estado y la Iglesia estaban en guerra.

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