domingo, 29 de marzo de 2015

Bombas en la Basílica de Guadalupe


Era un domingo como cualquier otro. La Basílica de Guadalupe se encontraba llena de fieles cuando de pronto un estruendo y un intenso humo blanco causaron pánico. Eran exactamente las 10:30 de la mañana. La gente, al comprobar, que físicamente ellos estaban bien, experimentó un temor aun más fuerte. El humo blanco se dispersó y todos pudieron constatar que la imagen de la Virgen de Guadalupe estaba intacta. Un milagro, sin duda, coincidieron los ahí presentes aquel 14 de noviembre de 1921.
            Según algunas fuentes eclesiásticas desde “días antes” en el recinto guadalupano se habían visto “individuos sospechosos”. Al parecer los perpetradores del atentado dejaron dos artefactos explosivos debajo del altar de la Virgen de Guadalupe. En un hueco que se forma entre dos muros gruesos de mármol, donde había un gran crucifijo y fueron escondidas con candeleros grandes de flores. Para llegar ahí se necesita subir por una pequeña escalera escondida también de mármol. Durante la misa de 10 un miembro del coro vio a una persona subir por ahí.
La Basílica de Guadalupe donde fue el atentado.
            En efecto, el señor Martín Villaseñor durante las averiguaciones le dijo a la policía que observó a un joven “delgado, de traje color azul oscuro y de cabello castaño”. La descripción correspondía a la de Luciano Pérez. Este individuo, luego de las explosiones, que sólo causaron que los candeleros volaran por el recinto y que un crucifijo quedara doblado, fue detenido por la misma gente que estaba en la basílica. Ya que varios hombres se colocaron en las puertas para no dejar salir a nadie y las mujeres señalaron a ese individuo como el culpable.
            Luciano Pérez estuvo a punto de ser linchado, no por los fieles que estaban en el interior de la basílica, sino por los vendedores de los exteriores del templo religioso. Afortunadamente, Edmundo Aragón, Presidente Municipal del pueblo de la Villa de Guadalupe, pudo evitarlo. Además de ser señalado como el autor material del atentado contra la Virgen de Guadalupe, Pérez fue descrito por la prensa capitalina como “fanático del socialismo rojo”, ni más ni menos. El reportero de Excélsior en su crónica lo pintó así “mediana edad, estatura regular, fracciones vulgares. Marcado por la naturaleza con un pelo azafranado que llevara aquel famoso Cuasimodo creado por Víctor Hugo como el tipo que sintetizaba físicamente la fealdad humana”.
            El acusado declaró que se encontraba en la basílica, acompañado de su madre, para “arreglar unas misas que requiere para uno de sus parientes recientemente fallecidos”. Vestía completamente con ropa nueva y que además era “semejante a la que usan las personas de la clase media”, llevaba un sombrero y para el reportero de El Universal “más que un criminal, parece un idiota”. Las autoridades no le encontraron nada en sus bolsillos que lo inculpara a aquel joven de 24 años de oficio garrotero y que vivía en Vallejo. Luciano Pérez sostuvo que era católico y aseguró “no saber qué es el socialismo”.
Altar de la Basílica de Guadalupe donde fueron colocadas las bombas.
            La noticia del atentado a la imagen de la Virgen de Guadalupe en el pueblo de la Villa llegó rápidamente a la capital. Se dijo que la puerta de la basílica se había caído, había muertos, un incendio y la imagen de la Guadalupana había sido destruida. El Arzobispo de México José Mora y del Río al enterarse de esto se fue a rezar y a pedirle a Dios “que perdonara a los autores del atentado”.  Mientras que en el interior del templo religioso en el Tepeyac la gente comenzó a rezar y lloraba en silencio. De pronto, una voz, en medio de la multitud, comenzó a entonar el Himno Nacional y todos los ahí reunidos comenzaron a cantarlo.
            Por su parte, la policía continuaba con los arrestos. Además de Luciano Pérez, fueron detenidos dos personas más; una de ellas resultó ser el torero Margarito de la Rosa. Las crónicas periodísticas aseguran que se pensó que era cómplice pero no dicen el por qué de esta suposición. Sin embargo, fue soltado cuando un testigo confirmó que el matador de toros estaba ahí “para arreglar una misa y conseguir una corrida” con motivo del próximo 12 de diciembre. Es decir, usó el mismo argumento que Luciano Pérez, pero al matador sí le creyeron. Otro detenido fue Raymundo Álvarez quien fue capturado en la sacristía. Su cuartada fue la siguiente: él se encontraba en su casa enfermo cuando fue la explosión; una hermana llegó a avisarle y ambos se dirigieron a la basílica; ahí Ignacio Díaz de León, encargado del recinto, lo escondió en la sacristía. Álvarez fue puesto en libertad. Se trataba de un tipo alto, rubio y de ojos azules que iba envuelto en un abrigo café.
            Una vez pasado el susto por la explosión, con un detenido y dos sospechosos absueltos, Ignacio Díaz de León declaró eufórico “¡Ni mil bombas podrán destruir a la Imagen Santísima”. Además contó que luego de escuchar la primera explosión corrió al altar, pese a que la gente le advertía del peligro, pero él no escuchó los consejos subió al altar “para evitar que otra máquina infernal estallara”. Al disiparse el humo el clérigo exclamó “Oh, ¡Santo milagro de Dios!. La Imagen de la Madre Purísima, estaba intacta”. Las campanas de la basílica fueron echadas a vuelo para que la gente supiera que nada le había pasado a la Virgen de Guadalupe.
El Cristo del Atentado. 
            Al otro día las casas aledañas a la Villa de Guadalupe fueron adornadas con moños negros en señal de duelo por el atentado. Aproximadamente 10 mil personas acudieron a la basílica, ahí el sacerdote Rafael Salinas fue el encargado de dar la homilía. Durante el sermón hizo un repaso de los atentados que a lo largo de la historia había sufrido la Iglesia católica en México.

            Desde luego, hizo alusión al atentado al Palacio del Arzobispado de la Ciudad de México en febrero pasado contra José Mora y del Río. Era 1921 y las relaciones entre Estado e Iglesia comenzaban a ponerse cada vez más tensas. En 1923 la élite eclesiástica desafiaría al gobierno de Álvaro Obregón al celebrar una misa en el cerro del Cubilete en Guanajuato, donde fue declarado a Cristo como rey de México. El Estado contestó con la expulsión del cardenal Philippi, Delegado Apostólico del Vaticano en México. Luego los católicos intentarían varias veces asesinar  al Caudillo hasta que el 17 de julio de 1928 consiguieron su propósito con José de León Toral.

sábado, 21 de marzo de 2015

El Perro del Bien



¡Los quiero un chingo! Fueron las últimas palabras de Pedro Aguayo, el inmenso Perro Aguayo, al despedirse del público de la Arena México. Pero no se iba del todo, pues esa misma noche en el mítico coso de la colonia de los Doctores debutaba El Hijo del Perro Aguayo. Era una fortuna estar ahí con un micrófono para narrar la despedida de uno de los más grandes de la lucha libre mexicana y la presentación de su hijo.

Igualmente había sido un privilegio, a finales de los años setenta, ver en plenitud de facultades al Perro Aguayo. Si la memoria no me traiciona el presentador de la Pista Arena Revolución dijo que la lucha estelar se adelantaba pues había muerto la madre del Perro Aguayo y éste, en un acto de profesionalismo, no quería irse sin luchar. Aún no se apagaban las luces del local de Mixcoac cuando con sus botas y su chaleco de peluche, su sombrero charro, su burda y larga melena y ese gesto feroz que decía “vengo a ganar” ya estaba en el ring. Yo tendría diez años, estaba impactado, no me podía sentar en mi butaca de la segunda fila de preferente central; sentía la mano de mi padre en la espalda, que me decía no temas, es sólo un luchador, pero no lo era. No era un luchador, era El Perro Aguayo.
            Por eso, después de aquel “Los quiero un chingo”, yo grité al micrófono “nosotros también lo queremos un chingo”. Era verdad, se estaba despidiendo una de las leyendas más grandes, no del pancracio,  sino del deporte mexicano. Y ahora estaba ahí su hijo. No sólo tenía que soportar el peso de la carrera de su padre, enfrente tenía al que en ese entonces era el amo de la lucha libre: Dr. Wagner Jr. y la gran promesa: Místico. Pero el ADN no miente nunca. Ese Perrito tenía sangre Aguayo.

            A Wagner le disputó cada centímetro del ring, cada aplauso y cada recriminación del público. El grito de ¡Perro! ¡Perro! Se apoderó de la México. Mientras tanto él paseó por las butacas, entre el público y en el piso a Místico y le dejó claro que a veces hay luchadores que se vuelven inmortales por la paliza que reciben de un Aguayo. Esa noche se despejaron las dudas: El Perro Aguayo tenía un magnífico continuador de su leyenda: Pedro Aguayo Ramírez, su hijo.
            Desde la Arena México El Hijo del Perro Aguayo conquistó el pancracio nacional. Los Perros del Mal alcanzaron una idolatría instantánea y perenne. Su dupla con Héctor Garza es ya mítica, tanto que traspasó este mundo y en el otro hoy se saludan. El Perrito era adorado por su valentía, por su arrojo, por su nobleza para no guardarse nada; porque como buen luchador sabía que había que combatir en el ring con los rivales, pero también con el público en las tribunas. Como cualquier grande dividía las arenas: lo odiaban y lo amaban, diría Mario Benedetti, quizá más lo segundo que lo primero y también viceversa. Porque el público de la lucha libre sabe reconocer cuando un luchador hace del cuadrilátero su vida.

            El Hijo del Perro Aguayo supo esto último, tanto que también lo hizo el escenario de su muerte. La imagen de su cuerpo inmóvil sobre una cuerda; pasivo, dolorosamente pasivo, no correspondía a él. Pero era verdad, el Perrito no se movía, no reaccionaba; difícil de creer cuando segundos atrás repartía sillazos, enfurecía al público y pegaba de forma desalmada con esa mirada intimidadora y digna de un desquiciado. Muy difícil de creer. Se fue. Y sólo nos resta decir: “Te queremos un chingo”.

viernes, 20 de marzo de 2015

Luis Segura Vilchis: el terrorista mexicano.


Por: Víctor Miguel Villanueva
@Victormiguelv
Ingeniero topógrafo de profesión, miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y jefe militar de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) en el Distrito Federal durante la Guerra Cristera, Luis Segura Vilchis fue además un terrorista. Se propuso para asesinar al general Álvaro Obregón, para ello pretendió hacer volar un tren donde viajaba el Caudillo y en otra ocasión  arrojó bombas al auto del  político sonorense. Sus intentos fueron fallidos, en ambos fracasó. En el segundo fue detenido, confesó su culpabilidad y fue pasado por las armas el 23 de noviembre de 1927 junto con sus cómplices.
Luis Segura Vilchis rumbo al paredón. 
            Luis Segura Vilchis nació el 23 de abril de 1903 en Piedras Negras, Coahuila. Huérfano de padre se mudó a la Ciudad de México donde recibió una educación marista. Siendo muy joven se unió a la ACJM cuando ya se veía venir la Cristiada y con tan sólo 23 años de edad, fue designado Jefe del Control Militar en el Distrito Federal por la LNDLR en 1926. Según el historiador  Mario Ramírez las funciones de Segura Vilchis en este puesto eran “preparar levantamientos armados, fabricar bombas, conseguir armas, parque y toda clase de provisiones para los cristeros”. Dos cosas siguió al pie de la letra: la fabricación de bombas y dotar de armas y municiones al Ejército Cristero.
            El ingeniero Segura Vilchis trabajaba para la Compañía de Luz y Fuerza Motriz, al mismo tiempo que cumplía con sus “deberes” como Jefe de Control Militar de la Liga. Rentaba casas en distintos puntos de la ciudad para almacenar armamento. Incluso, tenía un expendio de huevo, queso y mantequilla, que en verdad servía para guardar armas y se asegura que ahí, en ese lugar, llegó a juntar 7 mil cartuchos de rifle. Además, utilizaba el tren que llevaba y traía a la capital las cajas de huevo, para mandar y recibir rifles y balas. Tuvo casas de almacenamiento en Tacuba, Mixcoac y Centro Histórico; la que estaba en la calle de Madero número 1, la bautizó como la Casa de Troya. Los fondos para las armas y el parque los obtenía con la Unión de Damas Católicas de México.
            En febrero de 1927 en la Casa de Troya se reunió con el padre Miguel Agustín Pro y su hermano Humberto, Juan Tirado y Nahúm Lamberto Ruíz. Ahí decidieron que debían asesinar al general Álvaro Obregón. Días después se lo comunicaron a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, que tajantemente rechazaron esa idea, pero no hicieron nada para convencerlos de que no lo hicieran. Así que el ingeniero Segura Vilchis siguió con sus planes para cometer el tiranicidio.
            A finales de marzo de 1927 se enteraron que el general Obregón saldría de la Ciudad de México a Sonora en ferrocarril. Segura Vilchis propuso a sus secuaces poner bombas en el puente de Tlalnepantla para hacer volar el tren. Comenzaron a fabricar los artefactos explosivos y dos días antes se dirigieron al sitio elegido; transportaron las bombas en costales con plantas para no ser descubiertos. Las colocaron el 2 de abril y sólo esperaban que pasara el tren para hacerlas estallar. Mientras tanto en la estación Colonia del Distrito Federal, el mismísimo presidente Plutarco Elías Calles despedía a Obregón; en ese momento se decidió que el ex mandatario no abordara un tren militar, sino que viajara en uno comercial, lleno de civiles. De todo esto se percató uno de los cómplices de Segura Vilchis, así que tomó un auto  y a toda velocidad se dirigió a Tlalnepantla donde alcanzó a llegar a tiempo para que no fueran activadas las bombas.
Humberto Pro, el padre Miguel Agustín Pro,
Luis Segura Vilchis y Juan Tirado Arias.
            Después de esto, la Liga llamó a Segura Vilchis y, según el padre Lauro López Beltrán, le preguntaron que si aún estaba dispuesto a realizar el magnicidio, a lo que el ingeniero topógrafo “sin titubeos contestó afirmativamente”. Para el mismo sacerdote había una justificación: Segura Vilchis estaba convencido que al asesinar a Obregón se podría  “conseguir la reforma de la Constitución y que la sociedad cristiana mexicana viviera en paz”. Así que puso manos a la obra.
            Fue a Guadalajara a reclutar a un chofer: José González, le ordenó a Humberto Pro alquilar otra casa para fabricar las bombas que utilizarían y conseguir un auto, el padre Miguel Agustín Pro participó en las planes para la ejecución del atentado y Nahúm Lamberto Ruíz y Juan Tirado arrojarían las bombas al general Obregón. De estos dos últimos López Beltrán asegura que eran “dos muchachos que adoraban a Cristo. Que amaban con pasión la libertad de la Iglesia. Dos Paladines en el Ejército de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Dos caracteres de acero, dos voluntades de bronce. Dos gallardías puestas al servicio de Cristo”.
            Llegó el día: 13 de noviembre de 1927. En la estación Colonia de la Ciudad de México arribó el general Álvaro Obregón. Juan González, Luis Segura Vilchis, Humberto Pro, Nahúm Lamberto Ruíz y Juan Tirado estaban con tres bombas dentro de un auto Essex de placa 10101. Fue imposible llevar a cabo el plan por la cantidad de gente que estuvo para recibir al estadista sonorense. Los conspiradores siguieron el auto del general que se dirigió a Tacubaya, a la avenida Jalisco, donde tenía su domicilio. Alguien sugirió arrojar las bombas a la casa, pero Segura Vilchis desechó la idea. De pronto salió Obregón en su auto y uno más con su escolta rumbo a Chapultepec, acudiría esa tarde a la corrida de toros pero antes, ya que había tiempo, daría un paseo en el bosque. Ahí el Essex se emparejó al Ford del político. Segura Vilchis se bajó del vehículo y arrojó una de las bombas, Tirado y Ruíz hicieron lo propio y después huyeron. Al general no le pasó nada, sólo fue salpicado por los cristales de su auto. Su guardia personal persiguió a los terroristas que circulan por Paseo de la Reforma, dan vuelta en la glorieta de la Independencia rumbo a Insurgentes, chocan contra otro auto. Luis Segura Vilchis se echó a correr a Chapultepec, logrando huir; no así sus cómplices, uno recibe un balazo –Ruíz- y el otro es detenido –Tirado Arias- mientras pretendía escapar.
            Por increíble que parezca Álvaro Obregón y Luis Segura Vilchis minutos después del atentado acudieron a la plaza de toros El Toreo. El Jefe del Control Militar de la Liga se acercó al general sonorense y ambos sostuvieron el siguiente diálogo:
-¿Qué pasa mi General?
-Un atentado de los fanáticos.
-Es incalificable lo que hacen los clericales. Sírvase usted aceptar mi protesta, General. Aquí tiene usted mi tarjeta, por si algún servicio le puedo prestar.
Obregón luego del atentado en Chapultepec
            Era la cuartada perfecta para Segura Vilchis. Pero sólo funcionó a medias. Cuando Nahúm Ruíz reveló todo, el ingeniero fue detenido en la Compañía de Luz. Ahí le aseguró al Jefe de la Policía el general Roberto Cruz que él estaba en los toros y que incluso saludó a Obregón. El Caudillo confirmó eso y Segura Vilchis fue puesto en libertad. Sin embargo, cuando se enteró que ya estaban presos el padre Miguel Agustín Pro y su hermano Humberto, le dijo a Cruz: “Sí yo fui el que planeo el atentado. Yo los engañé. Yo soy el culpable de todo. No hay más responsable que yo. Yo los conduje a esa casa abandonada, sorprendiendo su buena fe. Que me maten a mi, si quieren, en este mismo momento, pero dejen en libertad a los que no son y han sido inocentes toda su vida”.
Al momento de ser fusilado.
            No los soltaron. El 23 de noviembre de 1927 el presidente Plutarco Elías Calles le ordenó al general Roberto Cruz que fueran fusilados el padre Miguel Agustín Pro, el ingeniero Luis Segura Vilchis, Humberto Pro y Juan Tirado Arias en los patios de la Inspección de Policía
            Luis Segura Vilchis no alcanzó los altares, como el padre Pro, pero sí inscribió su nombre en la historia como dinamitero, como terrorista. Aunque sus dos intentos por matar al general Álvaro Obregón hayan sido sólo eso, intentos y nada más.

FUENTES:
López Beltrán, Lauro. La persecución religiosa en México. Editorial Tradición, México 1991.
Ramírez Rancaño, Mario. El Asesinato de Álvaro Obregón: la conspiración y la madre Conchita. UNAM, México 1914.
Scherer García, Julio. El Indio que mató al padre Pro. Debolsillo, México 2013.







jueves, 12 de marzo de 2015

El fusilamiento de Miguel Agustín Pro Juárez

Por: Víctor Miguel Villanueva
@VictorMiguelV

A las 10:30 de la mañana el primero de los cuatro condenados a muerte ese 23 de noviembre de 1927 caminaba con paso firme y seguro. Con el convencimiento total de quien se dirige a su destino: la muerte; pero no cualquier muerte, sino a la “ofrecida” a Cristo para “salvar” a su Iglesia y así ingresar a la santidad. Por eso el padre Miguel Agustín Pro Juárez ni siquiera se percató de la presencia del general Roberto Cruz que lo observaba mientras caminaba al paredón de la Inspección de Policía donde sería fusilado.
El beato Pro, al momento de ser fusilado.
            El padre Pro, según cuenta Mario Ramírez Rancaño, había revelado públicamente sus aspiraciones de santidad en el convento que administraba Concepción Acevedo de la Llata, la madre Conchita. A un grupo de monjas ahí reunidas les había dicho que rezaran para que él fuera santo y una vez que se cumpliera eso, él rezaría para llevarlas al cielo. El padre Pro y la madre Conchita se conocieron en febrero de 1927 y según la abadesa, en esa primera ocasión, no distinguió en él ningún rasgo de santidad: “No me causó ninguna impresión especial. Reconocí que era un sacerdote que luchaba por la gloria de Dios, por la salvación de las almas, y que no tenía miedo a la cárcel ni a la muerte; pero como esto para nosotras era tan natural, no le hice el menor aprecio”.
            Sin embargo, Miguel Agustín Pro y Concepción Acevedo tenían algo en común: su disposición para el sacrificio, para el martirio, como forma de alcanzar la santidad. Además, claro está, que ambos formaban parte del grupo que conspiraba para asesinar al general Álvaro Obregón. Luego de varios intentos fallidos para conseguir el magnicidio, el sacerdote en un confesionario le dijo a la monja: ¡Mire hija, usted y yo nos vamos a ofrecer como victimas a la Justicia Divina, por la salvación de la fe en México, por la paz de la Iglesia y por la conversión de los perseguidores de ella!". Es más, el 23 de septiembre luego de oficiar una misa, el padre Pro le confesó a la madre Conchita que escuchó una voz que le dijo: “el sacrificio está aceptado”.
            El 14 de noviembre de 1927 tres bombas fueron arrojadas al auto donde circulaba el candidato a la presidencia Álvaro Obregón. La policía aprehendió al autor intelectual, el ingeniero Luis Segura Vilchis, y a tres de sus cómplices entre los que estaban el padre Miguel Pro y su hermano Humberto. Todos confesaron su culpabilidad en el atentado y según el general Cruz “la superioridad ordenó su fusilamiento”. Para el padre Pro era alcanzar lo que siempre había anhelado.
Miguel Agustín Pro Juárez.
Quizá por eso, pasó la noche previa a su muerte completamente en calma y sin quejarse, así lo informó un custodio al reportero de Excélsior y agregó que durmió por un “espacio de seis a siete” horas. A las siete de la mañana del 23 de noviembre de 1927 fue informado que sería fusilado. Al mismo tiempo la Policía Montada comenzó a concentrarse a las afueras de la Inspección de Policía en Avenida Palacio Legislativo. El aumento de tropa en el lugar hizo que gente que pasaba por ahí se detuviera a ver qué sucedía y a preguntar por el intenso movimiento. No pasó mucho tiempo para que se corriera la voz que serían fusilados los autores del atentado contra Obregón. Aumentó tanto el número de gente que se acercó al edificio policiaco que “casi detienen el tráfico en Plaza de la Reforma”. Se tuvo que montar una valla policiaca.
A las 9:20 ingresó el general Roberto Cruz, el encargado de cumplir la orden del presidente Plutarco Elías Calles: fusilar a todos, sin reparar en que al padre Pro los católicos ya lo veían como un santo. Cosa que el general Cruz no creía como se lo contó al periodista Julio Scherer García en una entrevista en 1961:
¿Vislumbró en algún instante al santo en el padre Pro?
- Yo no creo en eso
¿Vio usted en Pro a un hombre mejor que los demás?
- Vi en él a un hombre como todos. Y si en las ejecuciones debiera creer en uno, si entre los tres hubo un santos, ése fue el ingeniero Segura Vilchis. Más hombre que Pro y tan culpable como el curita en el atentado dinamitero. A ese sí sentí que lo hubiera “tronado”.
            Cruz salió al lugar de las ejecuciones a las 10:18 de la mañana acompañado del Secretario General de Inspección Benito Guerra Leal; el teniente Salvador Galindo, Oficial Mayor;  y el Jefe de las Comisiones de Seguridad José Mascorro. Los pelotones de fusilamiento, cada uno con cinco integrantes, ya estaban en el Stand de Tiro de la Inspección de Policía. Afuera seguía llegando más gente. Incluso, la hermana de los hermanos Pro, María, se esforzaba en vano para poder ingresar y ver a Miguel Agustín y a Humberto por última vez. También una monja supo del fusilamiento y corrió a avisarle a la madre Conchita.
Cumpliendo su última voluntad: rezar.
            Eran las 10:30 de la mañana cuando José Mascorro fue por el primero prisionero a ser fusilado: el padre Pro. Vestía de traje negro, un suéter de lana, sin sombrero; en una mano llevaba un rosario, tenía una mirada baja, murmuraba algunas oraciones y “pasaba por su rostro una fuerte emoción”. El teniente Torres se acercó a preguntarle su última voluntad, el padre Pro, según la crónica de El Universal, pidió “que lo dejaran rezar”. Se le concedió y se hincó. Después se puso de pie.
            Se escuchó la voz ronca del teniente Torres: ¡Preparen! Miguel Agustín Pro Juárez abrió los brazos en forma de crucifijo; ¡Apunten! y a las 10:38 Torres bajó su espada con fuerza. Se escucharon cinco detonaciones. Todos los tiradores dieron en el blanco. Luego vino el tiro de gracia en la sien. Había terminado la vida de uno de los miembros eclesiásticos más activos en las conspiraciones para asesinar al general Álvaro Obregón.
            El cadáver del padre Pro y los otros tres fusilados salieron de la Inspección de Policía al Hospital Militar en ambulancias de la Cruz Verde. Se tuvo que improvisar una escolta de motocicletas mientras los restos del sacerdote y sus cómplices circulaban por Avenida Juárez, Balderas y Arcos de Belén. Por la tarde llegó al nosocomio Miguel Pro, padre de Miguel Agustín, un anciano de 80 años acompañado de su hija María y “por algunas damas”. En éstas últimas estaba Concepción Acevedo de la Llata, que contó en sus memorias cómo reconoció el cadáver de su compañero: “Tenía la barba poco crecida. Y el tiro de gracia habíale ensombrecido un poco más su cara con el fogonazo. La sangre escurría por su rostro, dándole la apariencia  de un crucifijo. Nos acercamos al cuerpo aún caliente y empapamos nuestros pañuelos en su sangre”.
El padre Pro es fusilado en la Inspección de Policía. 
Pero no sólo eso, la madre Conchita cuenta que “Pegué mis labios a su oído y musité: No se olvide del compromiso”. Desde luego, le “recordaba” al padre Pro la promesa de que una vez que él muriera, se fuera al cielo y se convirtiera en santo, rezaría por la monja.  La cierto es que Concepción Acevedo de la Llata fue condenada a prisión por ser la autora intelectual del asesinato de Álvaro Obregón el 17 de julio de 1928, fue declarada loca por el Clero mexicano, fue excomulgada, se casó en las Islas Marías y recibió el indulto en 1940.
Mientras que Miguel Agustín Pro Juárez fue beatificado en 1986 por el papa Juan Pablo II, está “camino a los altares” tan pronto se pueda documentar y testificar un milagro que haya hecho. Comúnmente se piden dos, pero como el padre Pro ya “entregó” su vida a la causa de Cristo, la Iglesia considera que eso ya es un milagro.

Fuentes:
Acevedo de la Llata, Concepción. Yo, la Madre Conchita. Editorial Contenido. México 1974.
Ramírez Rancaño, Mario. El Asesinato de Álvaro obregón; la conspiración y la madre Conchita. UNAM, México 2014.
Scherer García, Julio. El indio que mató al padre Pro. Editorial Debolsillo. México 2013.

El Universal y Excélsior del día 24 de noviembre de 1927.

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

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