viernes, 29 de mayo de 2015

¿Por qué historia?

Cuando decidí estudiar otra licenciatura no dudé un instante: sería historia. Recuerdo que desde las clases de tercer grado de primaria la profesora Irma Pérez atrapaba mi atención contándome del Imperio Azteca. Desde siempre tuve una innata inclinación por saber de otras personas y de otras épocas. Además, en casa tuve dos grandes historiadores que nutrían mi imaginación: mis padres.
            Marc Bloch dice que la historia tiene sus propios placeres y que entre ellos destaca el espectáculo de las actividades humanas “para seducir la imaginación de los hombres”. Esto lo pude constatar hasta que elaboré mi tesis revisando cartas, documentos y correspondencia en los archivos, con fuentes de primera mano, donde según Leopold van Ranke se ven las verdaderas pasiones de los hombres. Pero esto último, lo de Bloch y lo de van Ranke fue, como ya dije, hasta que decidí emprender el estudio de mi segunda licenciatura.
Obregón y Calles en el poder.
            La primera fue de periodismo, quise que fuera de eso, pero en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, se llamaba Ciencias de la Comunicación. No importaba, para nada, incluso las materias que trataban concretamente de historia me seducían igual que las de periodismo. Hoy puedo decir que la clase de Formación Social Mexicana III, que trataba de historia de México en el siglo XX, me dejó una certeza: me apasionaba muchísimo la vida política de Plutarco Elías Calles y de Álvaro Obregón. Conocer de estos dos personajes fue algo que yo no dejaría. En esos años y los posteriores fueron casi una obsesión, luego fue simplemente una obsesión, ya sin el casi.
            Después vinieron otras revelaciones, pero esta vez en el recuerdo, los más primitivos como diría Sigmund Freud: en la infancia. Comencé a recordar las tantas veces que le escuché a mi padre hablar de que a la Madre Conchita la habían culpado injustamente del asesinato de Álvaro Obregón, lo mismo que a José de León Toral. También hablaba del padre Pro, “del santo que mandó matar Calles como escarmiento”. Sin embargo, nunca tuve la curiosidad o el atrevimiento, mejor dicho, de preguntarle el por qué estos tres personajes, totalmente desconocidos en ese entonces por mi, le causaban tanta atracción a él. Es algo que nunca supe ni sabré.
            Con mi madre ocurrió algo similar. Ella hablaba de que cuando era niña no pudo ser bautizada porque las “iglesias estaban cerradas”. En efecto, hoy lo sé, Elisa nació en 1927, en plena Guerra Cristera, cuando el Episcopado Mexicano había suspendido el culto público y los servicios religiosos como media de presión al presidente Calles que había endurecido la aplicación de los artículos anticlericales de la Constitución Política de 1917. Pero además, mi madre escuchaba la radio cuando cocinaba, uno de sus programas preferidos era la Hora de Vicente Fernández, ahí  pasaban la canción El martes me fusilan, que narra la historia de un cristero. En ese momento, recuerdo, yo me concentraba en escuchar la letra. Me atrapaba. Era un reflejo casi instantáneo. A ella sí le preguntaba y me daba una explicación del por qué de la letra de esa canción. La cual por cierto, sigo escuchando de vez en cuando pero ahora en Youtube.
Una familia cristera.
            Sin embargo, fue hasta después de ejercer por 20 años mi profesión de periodista que decidí hacer una segunda carrera y que ésta sería de historia. El último empujón para decidirme fue mientras leía a Riszard Kaspuscinki. El que es considerado el mejor periodista del siglo XX en uno de sus libros se justificó por qué él siendo historiador ejerció el periodismo. El polaco escribió “los periodistas trabajamos a diario con la historia, la tenemos en nuestras manos, la escribimos todos los días”. Eso me llevó a inscribirme en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México a estudiar Historia y Sociedad Contemporánea.         
Con todo esto no fue difícil, mientras pasaban los semestres en el plantel San Lorenzo Tezonco de la UACM, saber que mi tesis sería algo que tuviera que ver con Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón y la Guerra Cristera. Lo mejor que me pudo pasar fue conocer al doctor Andrea Mutolo, un especialista en relaciones Iglesia-Estado en México que, antes de saber el tema en concreto, me facilitó la entrada al Archivo Histórico del Arzobispado de México.
Empecé de cero. Mi primera tarea era revisar el Fondo José Mora, Arzobispo de México en los años veinte del siglo pasado, y el Fondo Pascual Díaz, Obispo de Tabasco y después sucesor de Mora y del Río, para encontrar un tema original de investigación y que además me apasionara. Después de un par meses lo encontramos: los intentos por alcanzar la paz de la Guerra Cristera. En total fue un año el que me pasé viendo documentos, cartas, telegramas. De hecho, llegó un momento en que literalmente Andrea me exigió salir de los archivos. Había que pasar a lo siguiente: plasmar la investigación en una tesis de licenciatura. Fue una experiencia tan fascinante como la primera. Los meses pasaron y a principios de 2015 el trabajo recepcional era algo concreto: cinco capítulos, siete negociaciones entre la élite eclesiástica y la élite política durante la presidencia de Plutarco Elías Calles y un matrimonio no consumado –como lo bautizó el mismo Andrea Mutolo- tras el asesinato de Álvaro Obregón por José de León Toral el 17 de julio de 1928 en el restaurante de la Bombilla en San Ángel. Luego, una tarde lluviosa en Ciudad Universitaria tuve en mis manos el primer ejemplar de la tesis: 250 páginas forradas en color vino rojo.
Tesis que en unas horas tendré que defender ante un jurado. No hay nervio. Sino más bien un conflicto en mi mente. La historia, como he tratado de explicar en estas líneas me ha acompañado desde siempre, es algo que verdaderamente disfruto; sin embargo, la pregunta que no puedo sacarme de la cabeza es ¿y el periodismo?. Claro que ambas se pueden amalgamar, puede coexistir, de hecho siempre me han gustado más los reportajes y los ensayos, que los géneros periodísticos informativos, pues en los primeros puedo mezclar periodismo e historia. Pero hoy puedo decir que anhelo estudiar una maestría en historia, tanto como volver a los medios de comunicación. No quisiera enfrentar la disyuntiva de elegir entre uno y otra. Esto último es algo que, definitivamente, no quiero pasar.
La madre Conchita y León Toral.

Pero si algo o alguien me pusiera en tan difícil situación –de hecho Andrea ya lo hizo- contestaría lo que ya dijo Riszard Kapusciski: el periodismo trabaja todos los días con la historia, el periodista es un historiador. Sí, esa sería mi respuesta, porque estoy convencido que así es. Lo demás, lo que siguiera, lo contaría, porque finalmente el periodismo es contar historias. La historia se hace con investigación y el periodismo sin investigación no es periodismo. Sí, por supuesto, ambas, historia y periodismo, pueden coexistir. Los cual, sin duda, es una fortuna.

domingo, 17 de mayo de 2015

La muerte es una traición de Dios. (*)

Por: Víctor Miguel Villanueva
@Victormiguelvh


En 1983 un puñado de jóvenes de la secundaría pública número 39 tuvieron en sus manos un libro, quizá para muchos de ellos el primero de su vida, se trataba de La Tregua de Mario Benedetti.

¿Cómo podría el romance del viejo Martín Santomé con la escuálida Laura Avellaneda en la lluviosa ciudad de Montevideo, seducir para siempre a esos adolescentes? Esa era la apuesta de su maestra de español: Lourdes Cárdenas Martínez.

Acertó con más del 50 por ciento de sus alumnos, los cuales a partir de ese momento, de ese libro, de esa lectura, se hicieron lectores. Incluso, para algunos de ellos, Mario Benedetti había entrado a su vida, para no irse jamás. Pues entendieron que en la calle codo a codo, eran mucho más que dos.


El segundo libro que llegó a nuestras manos del escritor uruguayo fue Poemas de Otros. Ahí encontramos lo que nunca escribió Martín Santomé en su diario: la despedida de su amada. En la página 52 está La Última Noción de Laura Avellaneda. El amor se nos reveló: ese poema nos enseñó cómo se debía amar, cómo deberíamos amar en nuestra adolescencia. Íbamos amar como Martín Santomé amó a Laura Avellaneda, y también Viceversa.

usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da

Hoy podríamos decir: usted no sabe, no imagina, que sola va a quedar mi vida con su muerte.

Llegó la preparatoria y Benedetti siguió mostrándonos el camino. Porque si nos hablaban de opresores y oprimidos, nada mejor que Pedro y El Capitán para ilustrarnos. Pero al mismo tiempo nos seguía enamorando. Pues él siempre propuso que sus hermanos pudieran hacer el amor y la revolución.

Quizá por eso, nos sentábamos en una banca de la preparatoria número ocho para ver pasar muchachas, tal como lo hacía Martín Santomé en un café de su gris Montevideo. Y ahí planear la Táctica y la Estrategia. Dicho sea de paso, ese poema tan maravillosamente simple y verídico no es de Benedetti, sino de Santomé.


Por esos años hacíamos todo lo que nos decía a través de sus libros. Aprendimos hacer y a deshacer el amor, a nutrir nuestra nostalgia, a tener una soledad tan concurrida:

que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor

Hoy a la distancia, podríamos decirte, tenías razón: donde hubo fuego, caricias quedan.

Los Despistes y Franquezas de nuestras vidas continuaron. Y un día surgió una certeza: Mario Benedetti estaría en la Universidad Nacional, nuestra universidad, para presentar sus, nuestras, Soledades de Babel.

Y sí ahí estaba: con su pelo negro defendiendo su espacio ante las canas; con sus ojos pequeñitos rodeados de arrugas; su bigote blanco y abundante; su sonrisa inmediata y solidaria; su traje gris, con zapatos lustrados y sus calcetines a media altura; y sus manos, pequeñas: tus lindas manos mágicas, que te expresan a veces mejor que las palabras.

Y tras leer algunos de sus nuevos poemas, siguió instruyéndonos en la vida. Primero nos dejó una reflexión para entretener nuestra existencia:

A pesar de su tierna omnisciencia
hay dos cosas que cristo nunca llegó a saber
por qué su padre resolvió abandonarlo
y por qué tuvo que nacer precisamente
en el año cero de la era cristiana

Después nos advirtió que aunque la esperanza fuera olvido, la noche nada, la muerte el silencio, no teníamos derecho a dejar de creer en la utopía:


Cómo voy a creer / dijo el fulano
Que la utopía ya no existe
Si vos / mengana dulce
Osada / eterna
Si vos / sos mi utopía

Hoy, pese a tu muerte, estamos seguro que tus novelas, tus cuentos y tus poemas siguen siendo nuestras utopías.

Además de la literatura benedettiana, a principios de los años ochenta, en la misma clase de Español, aprendimos a amar algo y dejar todo, absolutamente todo, por eso que amábamos.

De ahí, que ya con obligaciones profesionales, dejamos todo por acudir al Palacio de Bellas Artes para escuchar la poesía de nuestra adolescencia en la voz de su autor. Decir que fue un reciento insuficiente, es un lugar común, pero también una verdad, que no está de más consignar. Benedetti, como lo fue en su vida, no tuvo un guión, ni mucho menos lo siguió. Los nombres de sus poemas rebotaban en las paredes blancas del mármol porfiriano; él los cazaba y los recitaba.

Y es que Mario Benedetti existe donde sea, pero existes mejor donde te quiero, donde se te ama. Fueron un par de horas de entrega total, entre el Dios y sus creyentes, en una comunión religiosa de amor y de nostalgia. Que alcanzó su punto culminante con Corazón Coraza:

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mi
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

Fue la última vez que te vi con vida. Y de eso ya fue hace más de diez años. Es lo que me queda de ti y aunque me enseñaste a no reservar del mundo sólo un rincón tranquilo. Quiero reservar para siempre esa vez en que recitaste y firmaste mi libro de La Tregua.

Hoy tu muerte nos ha sorprendido. Te sabíamos enfermo, muy enfermo, pero como siempre confiábamos en ti. No pudiste más. Tu amado Montevideo nos comunicó tu adiós definitivo. Nos informó de tu muerte.


Y ante este alud de nostalgia diría, al igual que Martín Santomé, que la cosa es Mucho más grave:

Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
Y eso en verdad no es nada extraordinario
Vos lo sabés tan objetivamente como yo

Sólo pido lo mismo que ya pidió Gabriel García Márquez: cuando me entierren quiero que lo hagan con un libro de Mario Benedetti (La Tregua, en su edición de 1983).





(*) Título tomado del libro Despistes y Franquezas. El texto fue escrito y publicado en un blog personal el 18 de mayo de 2009. Un día después de su fallecimiento.


lunes, 4 de mayo de 2015

El día que el futbol mexicano le lloró al Necaxa

Por: Víctor Miguel Villanueva
@VictorMiguelV

El domingo 18 de abril de 1943 concluía el campeonato 1942-1943 de la entonces Liga Mayor del futbol mexicano. El campeón se conocía ya, era el Marte; el subcampeón el Atlante y los Electricistas con una victoria amarrarían el tercer lugar. Sin embargo, aquel partido en el Parque Asturias era histórico por otra cuestión. Era el último juego de la época amateur de nuestro futbol y además se trataba de postrera actuación del Necaxa. En efecto, el equipo rojiblanco –cuatro veces campeón de Liga (32-33, 34-35, 36-37 y 37-38) y otras tantas campeón de Copa (24-25, 25-26, 32-33 y 35-36)– era un equipo de prosapia, de época, de masas, que embelleció como pocos el futbol nacional, había decidido que no ingresaría al profesionalismo y se retiró.
            Desde que culminó la temporada 1941-1942 algunos presidentes de equipos habían mostrado su interés por dejar de ser una liga amateur. En ese entonces, Necaxa y Atlante se opusieron a esa determinación. El presidente de los Electricistas, el ingeniero César Pedrazzi, dijo en ese entonces que si el futbol en México se hacía profesional “el Necaxa nada tenía que hacer ahí”. En abril de 1943, con el tema más maduro, se insistió en dejar el amateurismo del futbol mexicano.
La cabeza de su última hazaña
Foto: Excélsior
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            Comúnmente los presidentes de los ocho equipos que conformaban la Liga Mayor se reunían una vez a la semana. El 7 de abril sin la presencia de los presidentes de Necaxa –después alegó que no fue invitado–, del Moctezuma y del Jalisco, los cinco restantes anunciaron a los periódicos que el futbol mexicano se volvería profesional a partir de su próximo certamen; también informaron que los equipos tapatíos Guadalajara y Atlas se unirían a la Liga y que el Parque Asturias seguiría siendo sede del futbol capitalino con el módico 20% de las entradas de cada juego por concepto de renta. Ahora, el presidente del Atlante dijo que era “indispensable” pasar al profesionalismo.
            Ante la firme postura del Necaxa de retirarse, el general José Manuel Núñez del Atlante, César Martino del América, Paulino Coto del Asturias, Fernando Fuentes del Marte y José Gómez del España ofrecieron una comida a los reporteros de la fuente. En esa comida de “amigos” el presidente de América dijo “no hay jugador en México que vaya a entrenarse si no antes se le ha pagado su quincena”. Con esto justificó su idea de convertir al futbol mexicano profesional.
            El día 15 de abril de 1943, la directiva del Necaxa mandó una carta a la Liga Mayor para anunciar oficialmente que se retiraba. La noticia no se filtró en los periódicos. El viernes 16 hay un previo en La Afición sobre el juego del domingo entre España y Necaxa y no se menciona nada de la carta del Ingeniero César Pedrazzi. Sin embargo, el sábado 17 la noticia fue portada de dicho periódico deportivo; incluso, hay una entrevista de Antonio Andere, vía telefónica, con el presidente necaxista.
El último Necaxa de la época amateur.
Foto Excélsior
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            Ante la incredulidad del reportero, Pedrazzi contesta “Sí señor, el Necaxa se retira del futbol”. Para enseguida explicar las causas “simplemente consideramos que la misión deportiva del Necaxa ha terminado”. Finalmente, el ingeniero hace un silogismo “así es la vida: unos clubes entran, otros se van. Otros nos vamos, mejor dicho”. Con respecto a que “había terminado la misión del Necaxa” no hay que olvidar que la fundación del Necaxa, al igual que los otros clubes que fueron su origen como el Luz y Fuerza y el Tranvías, tenían como objetivo ser parte del programa recreativo de la compañía de Luz y Fuerza del Centro para sus empleados. El profesionalismo no entraba en sus planes.
            Los periódicos del 18 de abril de 1943 anunciaban el retiro del Necaxa. Pero mantenían su incredulidad sobre el hecho, como lo muestra Excélsior: “a juzgar por la determinación tomada por la junta directiva del Necaxa, éste hace su último match ante la afición metropolitana, porque se retira de la Liga Mayor definitivamente”. El público en cambio llenó el Parque Asturias para despedir al equipo de sus amores.
            Ernesto Pauler, el legendario exportero austriaco de los rojiblancos, ahora en su papel de director técnico arengaba a un equipo deshecho anímicamente. Mientras el Gigante del Volga hablaba, los jugadores escuchaban “con la barbilla pegada al pecho”. Eran la misma imagen de la desolación. Pauler “sacudió intensamente sus fibras más sensibles y arrancó las lágrimas de sus ojos”. Sí, lloraban los jugadores del Necaxa y así, con “los ojos húmedos salieron al campo” del Asturias para enfrentar al España.
            De hecho, en el ambiente de las tribunas del frotaba un ambiente de tristeza. Hasta que comenzaron a salir los equipos. Primero lo hizo el conjunto albinegro que fue saludado por su público. Cuando el Necaxa asomó al campo “se escuchó un potente grito en la tribuna de sol” de parte de la afición rojiblanca. Los once que pasarían ese día a la historia eran: Salvador Mota; Antonio Azpiri y Ambriz; Mendoza, Gómez y Perico Vera; Orvañanos, Cervantes, Aguilar, Luévano y Baldomero. Los jugadores iban cabizbajos, el portero Mota arrojó el balón al campo y algunos dieron un breve trote persiguiendo el esférico, pero sin levantar la vista.
Antonio Azpiri despidiéndose de la afición.
Foto: Excélsior
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            Antonio Azpiri fue buscado por un reportero de radio para que diera sus impresiones sobre el retiro del Necaxa. El llamado León de Orizaba sólo alcanzaba a balbucear y se encontraba “intensamente” pálido. La tribuna de sol lo llamó, sabían perfectamente que ese jugador había pasado toda su vida futbolística de rojiblanco, cuando Azpiri se acercó a la tribuna, los “soleados” le echaron una porra y el jugador, sin perder su cara de tristeza, sólo atinó a levantar su brazo derecho para agradecer la ovación y el cariño de la afición necaxista.
            El juego comenzó. A los 19 minutos el España se puso en ventaja con un gol de Larrinaga a pase del Gallito Gallardo. El 2-0 para los albinegros vino al minuto 26 ahora con un remate de cabeza en tiro de esquina del mismo Larrinaga. El Necaxa no estaba en el campo, por lo menos no en alma, quizá sólo en cuerpo. Sin embargo, al minuto 38, Luévano disparó al arco enemigo y para su fortuna el balón fue desviado por el defensa Manero para un claro autogol. Era el 2-1 que sólo duró 4 minutos, pues al 42 Larrinaga logró su hat trick con un disparo raso. Así terminó el primer tiempo, en un gran silencio en el Asturias. El 3-1 en favor del España era una anécdota; por la mente de la gente pasaba la funesta realidad de que sólo quedaban 45 minutos de su amado Necaxa.
            En el vestidor, Lorenzo La Yegua Camarena quiso animar a sus compañeros, les recordó que en la primera vuelta de aquel campeonato de 1942-43 también al medio tiempo Necaxa perdía 3-0 con España y el partido terminó 3-3, pero “fracasó”, nada animaba a la oncena rojiblanca. Lo harían los goles. Al 59 el portero Sanjenís del España cometió un error al soltar un balón por alto, que el Cachetón Aguilar empujó con el estómago para el 3-2. Con el impuso de su público Necaxa  fue por el empate; Cervantes cedió al extremo derecho donde estaba Baldomero, quien mandó un centro al área, ahí Orvañanos de cabeza conectó el balón y lo puso en la base del poste izquierdo de Sanjenís. Sí, 3-3 y había “borrachera de contento” en la tribuna necaxista y “borrachera general en los maderos” coincidían La Afición y Excélsior.
Lágrimas en campo y tribuna
Foto: Excélsior
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            A los 75 minutos, Baldomero inició otro ataque, había que ir por la victoria, mandó un centro que Cachetón Aguilar de “un punterazo” conectó el balón y lo mandó al fondo de las redes de la portería del España. El Necaxa le daba la vuelta al marcador, se quedaba con el tercer lugar general de la liga; todo era felicidad. Hasta que Arnulfo Lara sonó su silbato por última vez. El partido concluía. La historia futbolística del Necaxa en la Liga Mayor también. Había lágrimas en el campo y en las tribunas. Luévano y Baldomero lloraban abrazados, pronto Aguilar y Cervantes llegaron a consolarlos. Le lloraban al Necaxa, a su historia gloriosa y su futbol exquisito, a su elegante uniforme de inmaculados colores que fue usado por algunos de los mejores futbolistas de 1921 a 1943. El Necaxa era, ese 18 de abril de 1943, el mejor club de futbol de México y se iba; en ese entonces se pensó que para siempre, pero regresaría el nombre y los colores, pero no su gloria. Pues los grandes equipos de futbol, los que dejan una huella imborrable, esos nunca tiene una segunda oportunidad en la faz de la tierra. El Necaxa se fue aquel domingo de 1943 y lo que realizó por el futbol no se fue ese día, ni nunca. Pues la grandeza es eterna, para toda la vida.


Fuentes: La Afición, El Universal y Excélsior.

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