domingo, 17 de mayo de 2015

La muerte es una traición de Dios. (*)

Por: Víctor Miguel Villanueva
@Victormiguelvh


En 1983 un puñado de jóvenes de la secundaría pública número 39 tuvieron en sus manos un libro, quizá para muchos de ellos el primero de su vida, se trataba de La Tregua de Mario Benedetti.

¿Cómo podría el romance del viejo Martín Santomé con la escuálida Laura Avellaneda en la lluviosa ciudad de Montevideo, seducir para siempre a esos adolescentes? Esa era la apuesta de su maestra de español: Lourdes Cárdenas Martínez.

Acertó con más del 50 por ciento de sus alumnos, los cuales a partir de ese momento, de ese libro, de esa lectura, se hicieron lectores. Incluso, para algunos de ellos, Mario Benedetti había entrado a su vida, para no irse jamás. Pues entendieron que en la calle codo a codo, eran mucho más que dos.


El segundo libro que llegó a nuestras manos del escritor uruguayo fue Poemas de Otros. Ahí encontramos lo que nunca escribió Martín Santomé en su diario: la despedida de su amada. En la página 52 está La Última Noción de Laura Avellaneda. El amor se nos reveló: ese poema nos enseñó cómo se debía amar, cómo deberíamos amar en nuestra adolescencia. Íbamos amar como Martín Santomé amó a Laura Avellaneda, y también Viceversa.

usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da

Hoy podríamos decir: usted no sabe, no imagina, que sola va a quedar mi vida con su muerte.

Llegó la preparatoria y Benedetti siguió mostrándonos el camino. Porque si nos hablaban de opresores y oprimidos, nada mejor que Pedro y El Capitán para ilustrarnos. Pero al mismo tiempo nos seguía enamorando. Pues él siempre propuso que sus hermanos pudieran hacer el amor y la revolución.

Quizá por eso, nos sentábamos en una banca de la preparatoria número ocho para ver pasar muchachas, tal como lo hacía Martín Santomé en un café de su gris Montevideo. Y ahí planear la Táctica y la Estrategia. Dicho sea de paso, ese poema tan maravillosamente simple y verídico no es de Benedetti, sino de Santomé.


Por esos años hacíamos todo lo que nos decía a través de sus libros. Aprendimos hacer y a deshacer el amor, a nutrir nuestra nostalgia, a tener una soledad tan concurrida:

que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor

Hoy a la distancia, podríamos decirte, tenías razón: donde hubo fuego, caricias quedan.

Los Despistes y Franquezas de nuestras vidas continuaron. Y un día surgió una certeza: Mario Benedetti estaría en la Universidad Nacional, nuestra universidad, para presentar sus, nuestras, Soledades de Babel.

Y sí ahí estaba: con su pelo negro defendiendo su espacio ante las canas; con sus ojos pequeñitos rodeados de arrugas; su bigote blanco y abundante; su sonrisa inmediata y solidaria; su traje gris, con zapatos lustrados y sus calcetines a media altura; y sus manos, pequeñas: tus lindas manos mágicas, que te expresan a veces mejor que las palabras.

Y tras leer algunos de sus nuevos poemas, siguió instruyéndonos en la vida. Primero nos dejó una reflexión para entretener nuestra existencia:

A pesar de su tierna omnisciencia
hay dos cosas que cristo nunca llegó a saber
por qué su padre resolvió abandonarlo
y por qué tuvo que nacer precisamente
en el año cero de la era cristiana

Después nos advirtió que aunque la esperanza fuera olvido, la noche nada, la muerte el silencio, no teníamos derecho a dejar de creer en la utopía:


Cómo voy a creer / dijo el fulano
Que la utopía ya no existe
Si vos / mengana dulce
Osada / eterna
Si vos / sos mi utopía

Hoy, pese a tu muerte, estamos seguro que tus novelas, tus cuentos y tus poemas siguen siendo nuestras utopías.

Además de la literatura benedettiana, a principios de los años ochenta, en la misma clase de Español, aprendimos a amar algo y dejar todo, absolutamente todo, por eso que amábamos.

De ahí, que ya con obligaciones profesionales, dejamos todo por acudir al Palacio de Bellas Artes para escuchar la poesía de nuestra adolescencia en la voz de su autor. Decir que fue un reciento insuficiente, es un lugar común, pero también una verdad, que no está de más consignar. Benedetti, como lo fue en su vida, no tuvo un guión, ni mucho menos lo siguió. Los nombres de sus poemas rebotaban en las paredes blancas del mármol porfiriano; él los cazaba y los recitaba.

Y es que Mario Benedetti existe donde sea, pero existes mejor donde te quiero, donde se te ama. Fueron un par de horas de entrega total, entre el Dios y sus creyentes, en una comunión religiosa de amor y de nostalgia. Que alcanzó su punto culminante con Corazón Coraza:

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mi
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

Fue la última vez que te vi con vida. Y de eso ya fue hace más de diez años. Es lo que me queda de ti y aunque me enseñaste a no reservar del mundo sólo un rincón tranquilo. Quiero reservar para siempre esa vez en que recitaste y firmaste mi libro de La Tregua.

Hoy tu muerte nos ha sorprendido. Te sabíamos enfermo, muy enfermo, pero como siempre confiábamos en ti. No pudiste más. Tu amado Montevideo nos comunicó tu adiós definitivo. Nos informó de tu muerte.


Y ante este alud de nostalgia diría, al igual que Martín Santomé, que la cosa es Mucho más grave:

Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
Y eso en verdad no es nada extraordinario
Vos lo sabés tan objetivamente como yo

Sólo pido lo mismo que ya pidió Gabriel García Márquez: cuando me entierren quiero que lo hagan con un libro de Mario Benedetti (La Tregua, en su edición de 1983).





(*) Título tomado del libro Despistes y Franquezas. El texto fue escrito y publicado en un blog personal el 18 de mayo de 2009. Un día después de su fallecimiento.


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