martes, 31 de mayo de 2016

El día que el Atlante estrenó el Estadio Azteca



Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh

En mayo de 1966 el futbol mexicano cambió para siempre. Se inauguró su máximo escenario: el Estadio Azteca. Lejos quedaban los Parques España, Asturias y Necaxa con sus gradas de madera; lo mismo que el Olímpico de la Ciudad de los Deportes con sus 40 mil lugares o el Olímpico Universitario con sus casi 70 mil asientos. A un costado de Calzada de Tlalpan se construyó un inmueble para más de 100 mil aficionados, con un diseño de una belleza insuperable; ahí el futbol capitalino tendría un recinto colosal para atestiguar sus hazañas y a sus héroes. En aquel mayo de 1966 no se hablaba de otra cosa que del nuevo escenario del balompié mexicano.
            El 5 de mayo, día de fiesta nacional, el colosal Azteca abrió por primera vez sus puertas y su inmaculado campo para un equipo de futbol. Se trataba del Atlante. El equipo azulgrana inscribió para la eternidad su nombre como el primer conjunto en entrenar en el Estadio Azteca. Se sabía que los tres equipos capitalinos: América, Atlante y Necaxa, tendría un juego cada uno como parte de la inauguración. El orden, se dijo, era cronológico, por antigüedad; el Atlante era el club más viejo, pero había nacido con otro nombre en abril de 1916, por lo que los cremas serían los primeros en jugar un partido oficial. Sin embargo, aquel 5 de mayo de 1966 los llamados Potros de Hierro pisaron el césped donde años después se inmortalizarían Pelé y Diego Armando Maradona.
El Atlante estrenando el campo y su porra las tribunas.
Periódico Ovaciones
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México.
            Fernando González, Fernandón, presidente del equipo encabezaba aquella histórica mañana a la delegación azulgrana. El técnico Octavio Vial ordenó el entrenamiento; además, se aprovechó para presentar a sus nuevos refuerzos: el brasileño Evaristo, el argentino Jorge Alberto Leanza y el exnecaxista Guillermo Ortiz, el Chatito. Pero no sólo eso, ese día también hubo público que inauguró las gradas del Azteca: la porra del Atlante. “Los porristas del Atlante acudieron al entrenamiento y a conocer dónde estarán situados sus lugares, pues la porra más original de México ya urge de saber dónde se van a sentar”, escribió la crónica del diario Ovaciones. La Pulga Vial ordenó un interescuadras con dos tiempos de 45 minutos cada uno. Antes ejercicios de calentamiento y al final práctica de gol.
            Los periódicos deportivos de la capital dejaron testimonio en sus páginas de que fue el Atlante el primer equipo en entrenar en el Estadio Azteca. Los jugadores preparándose; el técnico dando indicaciones; Fernandón fumando su puro orgullosamente y la porra azulgrana observando en las gradas. Desafortunadamente no recogieron impresiones sobre sus sensaciones de entrenar en un recinto tan inmenso que estaba a unos días de ser inaugurado, a dos años de ser sede de unos Juegos Olímpicos y a cuatro de una Copa del Mundo.
Primer equipo en pisar la cancha del Estadio Azteca
Periódico Ovaciones
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            El jueves 12 de mayo de 1966, el Estadio Azteca recibió a la prensa deportiva, se realizó un recorrido y una comida. El presidente del Futbol del Distrito Federal, Emilio Azcárraga Milmo, encabezó el recorrido y la comida. Estuvieron también los presidentes de los tres equipos de la capital: Guillermo Cañedo, de América; Fernando González, de Atlante, y Julio Orvañanos de Necaxa. El arquitecto Martín del Campo, con un megáfono de ayuda, hizo la explicación de cada uno de los lugares del impresionante inmueble futbolero. En algunas fotografías se observa al general José Manuel Núñez, expropietario del Atlante, sentado durante la comida junto a Fernandón. El General Núñez tendría su palco para ver a su amado equipo.
            Fue hasta el 21 de mayo cuando el América entrenó por primera vez en el Estadio Azteca. Tres días después se dio el calendario oficial para los juegos inaugurales: 29 de mayo América vs Torino; 31 de mayo Atlante vs Valencia y el 2 de junio Necaxa vs Valencia. Por cierto, el conjunto electricista pisó el Azteca por primera vez el 27 de mayo de 1966. Después, el recinto se cerró de toda actividad para prepararlo para su estreno.
La directiva del Atlante, al centro Fernandón González.
Periódico Ovaciones
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México
            El 27 de mayo el Valencia no pudo salir de Madrid. Los cables de noticias reportaban que el avión donde viajarían a México sufrió una falla en su tren de aterrizaje y el piloto suspendió el vuelo. Finalmente, el conjunto naranjero arribó el domingo 29, horas después de que el Estadio Azteca hubiera sido inaugurado con un empate a dos goles entre el América y el Torino de Italia.
            El conjunto español venía con Edmundo Suárez como entrenador, en sus filas destacaban los seleccionados nacionales Francisco García Paquito, Vicente Guillot y Fernando Ansola; reforzados por el hondureño José Cardona, figura del Atlético de Madrid. No se trataba de un gran equipo, ya había jugado en México cinco años antes y con tan pocas horas en el país, no era favorito. El Atlante tampoco, estaba en plena pretemporada y había sufrido dos derrotas, ante Zacatepec (2-4) y Orizaba (2-3), ambos de Segunda División.
            El Estadio Azteca estrenaría su alumbrado la noche del martes 31 de mayo de 1966. Las crónicas hablan de lo maravilloso que lucía el estadio iluminado. 55 mil personas acudieron esa noche histórica a ver el duelo entre Atlante contra Valencia. El cuadro azulgrana vistió su clásico uniforme y alineó de la siguiente manera: Ataulfo Sánchez (Refuerzo de América); Hernández, Héctor Larrazolo, José Antonio Roca y Quintero; Luis Alvarado, Evaristo y José Chato Sánchez; Guillermo Chatito Ortiz, Barbosa y Bernardo Manolete Hernández. Mientras que el visitante lo hizo con: José Manuel Pesudo; José Antonio García Totono, Roberto Gil, Manuel Mestre y Francisco Vidaña; Francisco García Paquito, Waldo Machado y Vicente Guillot; José Cardona, Fernando Ansolo y Manuel Polinorio. El árbitro fue Diego de Leo con los abanderados Marcel Pérez Guevara y Domingo de la Mora.
El portero azulgrana Alejandro Mollinedo.
Periódico Ovaciones
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México.
            El Atlante causó “una impresión paupérrima” en general. Sin embargo, tuvo dos opciones de gol al inicio del partido que se ahogaron en la tribuna del inmenso estadio de Tlalpan. Primero, Chato Sánchez desbordó por derecha, mandó un centro por arriba al área que techó a la defensa del Valencia; el recién contratado Chatito Ortiz se elevó, alcanzó el balón con la cabeza, pero su remate pasó encima del larguero de Pesudo. Aún no terminaban de lamentarse esta jugada los seguidores del Atlante cuando tuvieron que lamentar otra falla. El novel delantero azulgrana Manolete Hernández remató otro servicio de Sánchez, ahora sí el balón llevada dirección de gol, pero el guardameta valenciano desvió a córner. No había pasado 10 minutos y el Atlante ya había dejado ir dos opciones de gol.
            Valencia no haría lo mismo. A los 10 minutos Paquito se apoyó en Cardona, el hondureño se deshizo de dos defensores azulgrana, antes de disparar al ángulo de la portería de Ataulfo para el 1-0. Atlante no reaccionaria y diez minutos después recibiría el segundo. Ahora Ansolo hizo la jugada, cedió el esférico a Guillot quien estaba dentro del área azulgrana y con un disparo raso venció el arco atlantista. En La Afición el periodista Antonio Andere escribió que el Atlante era “un puñado de extraños junto a la base del cuadro, no podía brindar armonía, ni cohesión, ni acoplamiento, ni nada”. La verdad es que Octavio Vial vio el juego como un partido más de preparación, debutó a Guillermo Ortiz, a Barbosa y a Leanza. El equipo, según los diarios, reaccionó los últimos 15 minutos del primer tiempo.
            Sin embargo, a los 5 minutos de la segunda parte, Waldo filtró un pase a Paquito quien quedó solo, en mano a mano, con Alejandro Mollinedo, portero titular del Atlante quien ingresó en la segunda parte; el seleccionado español ganó y anotó el 3-0. Los periódicos escribieron sobre el Atlante “hubo desorden en los planteamientos, mucho personalismo, lentitud en sus avances y faltó plan de acción”. En pocas palabras, los Potros de Hierro fueron un desastre la noche que inauguraron el Estadio Azteca. No supieron estar a la altura del acontecimiento.
Triste debut en el Estadio Azteca.
Periódico Ovaciones
Hemeroteca Nacional
Universidad Nacional Autónoma de México.
            A partir de esa noche histórica del 31 de mayo de 1966, el Estadio Azteca se volvió la casa del Atlante. Fiel a su historia en estos 50 años hay juegos memorables y perennes en la memoria colectiva de los atlantistas. Hubo poco que festejar. Se jugaron en estas cinco décadas dos finales: en 1981 se ganó 1-0 a Tigres con gol de Cabinho, marcador que forzó la definición en penales donde se perdió la Liga con un equipo de ensueño. El 26 de mayo de 1993 con otro inolvidable equipo se impuso 1-0 a Monterrey con gol de Daniel Guzmán; marcador que encaminó al equipo dirigido por Ricardo Antonio La Volpe a la obtención, tres días después, del segundo campeonato de Liga de la era profesional. Ahí, en el coso de Tlalpan, el Atlante vivió de todo. Pero siempre con una certeza, con una constante: siempre contó con la presencia de su porra y seguidores en las gradas.
            En esas gradas del Estadio Azteca que, 50 años después, se estremecen cuando en la cancha se observan a 11 futbolistas vestidos de azulgrana.

FUENTES:

La Afición, Esto y Ovaciones de mayo y junio de 1966.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El Azteca de mis sueños



Porque un día me llevó mi viejo
De esa mano que hoy tanto se extraña…
Ignacio Copani.

Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh

A ciencia cierta no sé cuando fue la primera vez. Pero el primer recuerdo data de 1975. Un viernes por la noche. Un día de clásico...
Mi papá llegó a casa y como siempre lo fui a recibir. Su respuesta era una invitación que me emocionó al máximo: ir al Estadio Azteca, jugaba el Necaxa contra el Atlante; eso sí, me advirtió, que era un juego de Segunda División. No me importó.
Tras unos minutos en el Periférico sobre el Buick, a lo lejos apareció ese silueta mágica. Ahí estaba, sus luces lo delataban en lo oscuro de la noche. Fue un enamoramiento a primera vista. Pues desde entonces, apenas cruzo el Boulevard de la Luz, mis ojos buscan al Azteca.
El partido lo ganó el Atlante por cuatro goles a cero. Durante la salida por las rampas, al caminar por la explanada inmensa en busca del Buick, tomado de la mano de mi papá, volteé a mirar al Azteca casi cada diez metros; no quería irme, no quería dejarlo. Y no lo he dejado desde entonces...
Pasaron los años e ir al Azteca era una actividad cotidiana.
Antes era tan emocionante correr a toda velocidad por las rampas, asomarse por una de sus puertas y sentir el embrujo de este inmenso Estadio; que hoy, para no perder la costumbre, lo primero que hago es un recorrido visual por sus tribunas, su techo, su cancha: es igual de emocionante. Siempre fue así, siempre ha sido así...
Como también era lo más normal acudir, al finalizar el partido, al túnel 7. Ahí donde salen los jugadores para abordar sus autos y los puedes esperar. Fue cuando conocí a Miguel Marín, a Prudencio Pajarito Cortés, a Crescencio Sánchez –goleador del Atlante en esa época–; sin duda, el más impactante: Rafael Puente. Era el gran ídolo de mi hermano Luis, por ende, el mío; y, desde luego, el amor platónico de mis hermanas.
Cómo no enamorarse de el.
Todo esto en el enigmático Túnel 7, con puerta gris, con su leyenda: “Acceso a cancha”. Y yo, por más que me estiraba, no la veía, ni me imaginaba la forma en que se llegaba, pero sólo era cuestión de tiempo para hacerlo...
Desde entonces y hasta la fecha sólo una vez vi un partido de futbol en un palco. Pero esa ocasión era inmejorable: la despedida de Enrique Borja, en un partido América contra Pumas, al mediodía. ¿Cómo olvidar el momento en que el sonido local, con esa voz inconfundible, anunció la despedida de Borja? Imposible, mis ojos se llenaron del público que de pie despedida a ese grande, a ese, que aunque jugaba en el América, era mi ídolo y que con gusto, portaba su apellido como mi mote de jugador llanero...
A principios de los años ochenta, el Atlante se volvió un equipo inolvidable, del cual no creo haber perdido un solo partido como local. Eran los llenos cuando se enfrentaba a América y a Guadalajara; los viernes por la noche; el sonido anunciando los goles de Cabinho; la banda derecha del Pueblita Fuentes y Lalo Moses; la melena del Ratón Ayala; la velocidad de Lato; y, sobre todo, los inicios de los partidos, en que corría a la portería azulgrana con el único motivo de gritarle a Ricardo Antonio La Volpe, para que me saludara; era un ritual...
También en esos años comencé a envidiar a todo aquel que pisará la cancha del Estadio Azteca. Entonces encontré dos caminos para conseguir ser yo quien estuviera ahí: ser jugador profesional o periodista.
Ambas posibilidades se volvieron una obsesión. La cancha era lo único que me faltaba por conocer de ese inmueble poseedor de mis sueños y mis fantasías. No era suficiente soñar, antes de dormir, que era jugador del Atlante y que hacía goles a racimos, tenía que hacer algo más real para pisar el Azteca.
Futbolista no pude ser. Después del Mundial de 1986, luego de ver lo que hizo Maradona en ese césped, no dudé más: tenía que ser periodista deportivo y, algún día, transmitiría un partido de futbol desde ese “pasto sagrado”...
El recinto sagrado de calzada de Tlalpan. 
Mientras me hacía periodista en la Universidad Nacional, seguí acudiendo al Estadio Azteca; el deseo de pisar la cancha seguía más vivo que nunca y, ahora, más latente. Hasta que descubrí que sólo Televisa transmitía en el Azteca. Con dolor me resigné: jamás transmitiría un partido desde ese “pasto sagrado”. Me conformaría con ser un reportero que entra a las entrevistas finales, pero lo disfrutaría igual. No renuncié a ese sueño y los demás poco a poco se fueron cumpliendo...
Un domingo de 1990, al mediodía, con un gafete que me identificaba como reportero del periódico Informativo Nacional crucé el famoso Túnel 7. Confieso que me tuvieron que guiar hasta el palco de prensa.  El visitante era el Atlas y el local: Necaxa, como aquella inolvidable noche de 1975... Sin embargo, no fue este día cuando pisé la cancha del Azteca, la cancha de mis sueños.
Resulta que diez minutos antes del final, vi a los demás reporteros salirse del palco, yo decidí esperar el final. De pronto descubrí a los reporteros en la cancha, me puse de pie quise alcanzarlos, imposible: el medio por el cual estaba acreditado, era tan pequeño que mi acreditación no me daba derecho de acceder a la cancha.
Cuatro años después, un viernes por la noche, jornada dos de la la temporada 1994-1995, se iba a cumplir el sueño de pisar el “pasto sagrado”: era ya reportero de Acir Deportes, mi acreditación me permitía hacer entrevistas a nivel de cancha al final del partido, incluso, entrar a vestidores. El visitante era Toluca, el local: Necaxa, como aquella noche de 1975.
En 2015 con la Voz del Estadio Azteca:
Melquiades Sánchez Orozco.
La experiencia fue como la soñé. Había que bajar una escalera, luego un pasillo ancho, con goteras, donde seguro salían los camiones con los jugadores; la imagen de Virgen de Guadalupe; los vestidores ¡y la escalerita por donde salen los futbolistas a jugar! ¡Sí, la de atrás de la portería norte!
Subirla fue espectacular y al mismo tiempo ver como crecen las gradas, las luces, el campo...al experimentar esto, comprendí porque los jugadores entran a la cancha corriendo, tratan de disimular el impacto de estar ahí: en el pasto sagrado del Azteca...
Después vinieron muchas veces, todas diferentes, únicas, siempre el ritual: descubrir en el Periférico su silueta, entrar por el Túnel 7, entrar al palco de prensa y asomarse a reconocer “mi” Estadio, bajar a las entrevistas y experimentar siempre lo mismo.
Esa misma temporada 94-95 tuve la oportunidad de cubrir mi primera final. Era un domingo por la tarde, el local era Cruz Azul y el visitante Necaxa, como aquella noche de 1975. Ese día, al ser final, se podía entrar a entrevistar a los campeones donde estuvieran al silbatazo final. De pronto me di cuenta que estaba corriendo en el Azteca, en su pasto, me paré en seco. En eso sonó el teléfono. Había que hacer el primer enlace a A todo Futbol.
Mientras esperaba para dar mi reporte, me acordé de mi padre, que por televisión había visto la final, esperaba, como me lo había dicho, que su hijo, por la radio le confirmará que su Necaxa, casi 50 años después, era otra vez campeón del Futbol Mexicano. Y se lo dije, recordando aquella noche de 1975...
Conforme pasaron los años, asistiendo con la misma o mayor regularidad que mi infancia y adolescencia al Azteca, me di cuenta que el deseo de transmitir un partido de futbol ahí, en el escenario de mis sueños, no lo había perdido.
Esto se hizo más presente, cuando en un partido de Copa México –cuando aún se jugaba–, Guadalajara decidió jugar su partido de local en el Azteca. Grupo Acir tenía los derechos de transmisión de las Chivas, se decidió que se transmitía y yo sería reportero de cancha.
Lástima. La transmisión se hizo, pero no permitieron las autoridades del Azteca, o sea, de Televisa, que hubiera alguien en cancha. No había llegado mi momento, pero ese día, creo que con lagrimas en los ojos, me prometí que si un día era reportero de cancha en una transmisión, lo haría hincado, por respeto a ese “pasto sagrado” y a ese escenario.
Sueño cumplido: reportero y en la cancha
del estadio Azteca.
Ese día llegó, el 5 de septiembre de 2001. En un partido clasificatorio para la Copa del Mundo de 2002: la Selección Nacional de México ante Trinidad y Tobago. Ahora trabajaba en la Red Deportiva. Era un partido de Copa del Mundo, por la noche. Era alcanzar uno de los anhelos más grandes de mi vida.
Desde que supe que estaría ensayé la frase que diría al inicio: buenas noches, es un privilegio saludarlos desde el “pasto sagrado” del Estadio Azteca. Cuatro horas antes del silbatazo inicial ya estaba ahí.
Hice todo un ejercicio de memoria para recordar todo, todo lo que he escrito y mucho más. Agradecía a Dios y a mis padres la oportunidad de estar ahí, con unos audífonos y un micrófono para hacer mi trabajo, mi pasión...
Media hora antes del inicio llamé a mi casa, hablé con mi hijo y le dije que lo amaba y que mi trabajo esa noche en el “pasto sagrado” del Azteca, era dedicado a él.
Me persigné y quedé listo para mi primera vez en el Azteca.
Al comenzar el partido la gente de la tribuna comenzó a arrojar objetos y líquidos, pues no podían ver. Con mucho coraje me hinque, puesto que sentado no podría observar bien el campo. Por unos minutos intercambié insultos con los de la tribuna.
Hasta que a mi mente llegó esa promesa que había hecho años atrás: cuando transmita un partido de futbol en el Azteca lo haré hincado, por respeto a su “pasto sagrado”.

Y así lo hice, los noventa minutos: hincado en el “pasto sagrado” del Estadio Azteca, en el Azteca de mis sueños...

Septiembre-Octubre de 2001.

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...