jueves, 30 de agosto de 2018

Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo




Por: Víctor Miguel Villanueva
@VictorMiguelV

La noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS tenía un nuevo director técnico, se llamaba Ricardo Antonio La Volpe, quien había sido su portero hasta aquel lunes 4 de octubre de 1983. Columnistas como Ignacio Matus o Teodoro Cano, así como los reporteros que redactaron la nota no escondieron su sorpresa, pero tampoco ocultaron todas las características negativas que encontraron para describir al argentino y poner como algo insólito su designación. Sin embargo, en las mismas páginas periodísticas, en las crónicas de sus entrenamientos y en sus primeras entrevistas, también quedó al descubierto la filosofía del exportero del Atlante y de la selección de Argentina, había nacido, se quiera o no, hace 35 años, el lavolpismo.
            Los Halcones de Oaxtepec jugaban su segunda temporada en el máximo circuito, eran propiedad del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), igual que el Atlante; un año antes se habían salvado de milagro del descenso, el arranque del campeonato 1983-1984 pintaba igual para el conjunto del balneario morelense. Carlos Lara era su técnico, un año antes entró a relevar a Edelmiro Arnauda, el Picao,  por eso se le tuvo confianza para continuar. Pero, en su debut, fue goleado por América en el Azteca 3-0 con puros tantos de Gustavo Pedro Echaniz a La Volpe. En la jornada 2 venció a León (2-1), luego perdió con Atlante (1-0); en la cuatro empató con el Atlético Morelia y, en la cinco, fue goleado por Tampico Madero en el puerto por 3-1. Es este momento en que el cambio de técnico para los verdiblancos era ya una urgencia y un secreto a voces.
            Las crónicas del juego entre el Tampico Madero y Oaxtepec no hacen mención de que el equipo visitante jugó sin su director técnico en la banca. Incluso, un corresponsal tenía declaraciones posteriores al juego del técnico argentino, cuando en realidad ni siquiera había hecho el viaje a Tamaulipas. En efecto, la tarde del sábado, previo al juego del domingo contra la Jaiba Brava, Carlos El Charro Lara se sintió mal y fue llevado al Hospital General del Instituto Mexicano del Seguro Social, por lo que no viajó con el equipo. De lo anterior se enteró la prensa hasta el lunes por la mañana y comenzaron las especulaciones.


El asombro en portada por la designación de
Ricardo La Volpe como técnico.
FOTO: Diario Esto
HEMEROTECA NACIONAL
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MEXICO

            Se informó que Lara tenía problemas “cardiacos”, que sufría “cálculos renales” y que estaba internado. No había problemas del corazón, se la había practicado un electrocardiograma para medida precautoria; lo que sí era verdad es que padecía de complicaciones renales. Se comenzaron a manejar varios nombres para sustituirlo, los más sonados eran Jesús del Muro y Ricardo de León, pero también estaban los nombres de Alfonso Portugal, Raúl Cárdenas, Pedro Nájera y Gustavo Peña; es decir, la prensa apostaba por un sustituto de la gastada baraja nacional de entrenadores. Nunca imaginaron que la directiva morelense tenía otra apuesta, se había fijado en su portero, en Ricardo Antonio La Volpe para asumir el cargo.
            El miércoles 5 de octubre de 1983, la noticia era portada. En el diario Esto se referían así del argentino: “Es indisciplinado, mal compañero y sin antecedentes agradables…” En El Heraldo de México se aseguraba que La Volpe abandonaba los entrenamientos para fumar, que hacía caso omiso de las indicaciones del técnico, y que era quien más reportes de indisciplina recibía. Mientras que La Afición afirmó que La Volpe “le hacía la vida pesada a Arnauda y a Lara para llegar hasta donde ahora está”. Es decir, para una parte del periodismo escrito era una locura que Oaxtepec se haya inclinado por su portero para encargarle el equipo que marchaba en el lugar 19 con sólo dos puntos en cinco jornadas.
            El anuncio oficial del cambio de técnico lo había hecho el presidente del Oaxtepec el lunes 4 por la tarde. José Francisco Rocha Bandala declaró a los medios “preocupados por la imagen de nuestro equipo, hemos decidido poner un remedio rápido y efectivo, por algo es el Seguro Social  y designamos como técnico a Ricardo La Volpe”. En las oficinas de Paseo de la Reforma estaba Ricardo La Volpe con una camisa clara y saco blanco, pelo rizado y su inconfundible bigote; estaban los jugadores del equipo y por supuesto los reporteros y fotógrafos que darían cuenta del acontecimiento al día siguiente. A Rocha Bandala se le cuestionó sobre quién había decidido que el portero fuera ahora el técnico y el presidente de club contestó tajante: “Fue el lunes y fue el señor Ricardo García Sáenz (director General del IMSS), aquí todo se hace institucionalmente”.
Rocha Bandala abraza al nuevo técnico de los Halcones
de Oaxtepec: Ricardo Antonio La Volpe
Foto: Diario La Afición
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            Ricardo Antonio La Volpe hizo sus primeras declaraciones como director técnico en ese mismo lugar: “Dedicarme a dirigir estaba en mis planes desde la temporada anterior, sólo que tenía contrato”. Agregó que tres año estudió en la Federación Mexicana de Futbol el curso de técnico y “recibí mi título”; aceptó no tener experiencia pero “en la vida todo es un reto”. Un día después, fue presentado oficialmente a sus jugadores y el lavolpismo comenzó su camino, que ya tiene 35 años de existencia en nuestro futbol nacional.
            Desde aquel primer día quedó establecida la relación que el argentino tendría con la prensa, esta última antes de cuestionarlo sobre conceptos futbolísticos le preguntó sobre “lo que se decía de su carácter”, a lo que La Volpe contestó: “No voy a discutir con nadie, ni a pelear con el periodismo, voy a trabajar junto con los jugadores”. Luego, desde aquel mismo día, reveló su filosofía “voy a darle a Oaxtepec una estructura y un estilo, una forma de jugar. Luego los resultados”. Después reiteró: “Quiero que la gente se de cuenta que el Oaxtepec tiene un estilo de jugar propio y haremos todo lo posible para que les guste. No había duda, aquel 5 de octubre nació el lavolpismo: la forma era más importante que el resultado.
            Igualmente quedó revelado el estilo de los entrenamientos de Ricardo Antonio La Volpe: tres horas de practica, repeticiones y más repeticiones, salidas desde el portero, ubicación de la línea defensiva y los volantes, trabajo especial con los porteros; a veces dos sesiones de entrenamiento al día; incluso, desde entonces se le veía al argentino con una libreta bajo el brazo y un silbato colgándole del cuello. Siempre en busca de la perfección, obsesionado con la forma, con que su equipo juegue bien al futbol y de espectáculo. Siempre fue así, siempre ha sido así desde hace tres décadas y media.
Ricardo Antonio La Volpe: murió el portero, nació el técnico.
Foto: Diario La Afición
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            El debut fue ante el Toluca de José Antonio Roca. El primer once de Ricardo Antonio La Volpe fue el siguiente: Gerardo Cifuentes (debutaba) en la portería; Arturo Castañón, Guadalupe Díaz, Eduardo Rergis y Mario Carrillo; Ernesto de la Rosa, Agustín Jiménez, Roberto Torres y Alberto Jorge; Patiño y Sergio Lira. El resultado fue 3-1 en favor de los Diablos Rojos, pero las crónicas constatan que el Oaxtepec jugó mejor, sobretodo en el primer tiempo, sin embargo la contundencia de Toluca fue mayor. Además, Eduardo Rergis se hizo expulsar, el 2-1 fue en un error del arquero debutante y el tercer gol fue en tiempo de compensación. Así pues, inició con una derrota.
            De hecho, su primera victoria llegó mucho después. En la jornada siete fue goleado 1-4 por Chivas en Oaxtepec; en la ocho perdió 1-0 con Atlas. Con tres derrotas consecutivas los rumores de que sería cesado abundaban en las páginas periodísticas, pero no en la mente de la directiva. La Volpe contestó: “Son rumores que simplemente buscan acabar con una carrera que apenas empieza”. Incluso, se decía que regresaría al marco, que cumpliría las dos funciones. Otra vez el argentino desmintió lo que se escribía: “La Volpe el portero está muerto. Lo enterré cuando me retiré”. Al final, Rocha Bandala tuvo que salir y declarar que Ricardo La Volpe sería el técnico del Oaxtepec hasta que culminara el torneo.
            El primer punto llegó en la jornada 9 cuando empató a dos goles con Monterrey. Era tanta la felicidad en el equipo que el Presidente otorgó prima a todos los jugadores como si hubieran ganado el partido. El “buen” resultado se reflejaba en todo el equipo, había bromas en el entrenamiento, mientras La Volpe seguía con sus repeticiones y sus dobles sesiones para imponer su estilo. El siguiente partido colocó a los entusiastas en su lugar: Pumas despedazó en el Olímpico Universitario a los Halcones por 4 a 0, incluidos dos goles de Ricardo Tuca Ferreti.
La Volpe en su primer día como director técnico.
Foto: Diario Esto
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            Otra vez los rumores, por enésima vez Rocha Bandala respaldó a su técnico, pero no a sus jugadores. Los futbolistas fueron puestos a medio sueldo hasta que se vieran resultados positivos, les dieron tres semanas de plazo y empeorarían las medidas contra ellos. Fueron separados del plantel Enrique Palomino, Gustavo Beltrán, Agustín Jiménez, Roberto Torres y Jaime Loya. Al técnico ningún plazo y él sólo atinó a declarar: “La directiva paga, la directiva decide”.
            El 12 de noviembre de 1983, Ricardo Antonio La Volpe ganó su primer juego como director técnico. Aquel día en Oaxtepec los Halcones se impusieron 2-0 al Necaxa. Alberto Jorge marcó de penal el 1-0 y Omar Mendiburu selló la victoria; por cierto, ese día debutó en el arco necaxista Nicolás Navarro. Del juego, las crónicas reconocen que el equipo verdiblanco fue mucho mejor; que la marcación de Arturo Castañón a Rubén Omar Romano fue esencial, así como la ausencia de Hugo Norberto Outes en el ataque de los rojiblancos. Ricardo La Volpe fue expulsado al minuto 60 por hacer tiempo, “hacerle al Trelles” dijo algún cronista; su equipo jugó los últimos 30 minutos con diez por la expulsión de José Rodríguez; pero además, inició con tres reservistas, entre ellos, Miguel Ángel Gómez. Después del juego, La Volpe elogió a sus jugadores, les dio todo el crédito y aseguró: “Entendieron mis indicaciones”. Al final de la temporada 1983-1984, el Oaxtepec salvó el descenso.
Los Halcones de Oaxtepec, el primer equipo del Lavolpismo.
Foto: Diario Esto
HEMEROTECA NACIONAL
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO.
            Pero, sin duda, lo más trascendental para el futbol mexicano fue que había nacido el lavolpismo, una filosofía que no gana títulos, pero deja equipos inolvidables por su buen futbol y contribuyó con una nueva generación de entrenadores que se asumen abiertamente como lavolpistas y buscan reproducir sus conceptos en el campo.  
            Ricardo Antonio La Volpe debutó como director técnico en 1983, diez años después logró un campeonato con Atlante y en 2003 asumió como director técnico de la selección mexicana. El lavolpismo llegó para quedarse hace 35 años.

FUNETES: Esto, El Heraldo de México, La Afición y Ovaciones.

domingo, 10 de junio de 2018

Si te cierran la puerta, te metes por la ventana (o el día que me hice mundialista)

Por: Víctor Miguel Villanueva
@VíctorMiguelV

Ahí estaba frente a mis ojos, a unos metros. Era el día esperado por toda mi vida. En verdad parecía un platillo volador. En esos momentos, aún no pasaba por mi mente el consejo que siete años atrás me dio mi profesor de Prácticas Periodísticas, Leopoldo Gutiérrez, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Simplemente, lo observaba y me preparaba para hacer mi trabajo: un enlace en vivo con reacciones del público en el Stade de France, previo al juego inaugural de la Copa del Mundo de Francia 1998, entre Brasil y Escocia.
            Salí de la estación del tren acompañado de los ruidosos aficionados escoceses ataviados con la playera azul marino de su selección y su Kilt. Los brasileños, más madrugadores, ya estaban en la explanada, algunos, más impacientes, en las gradas. Caminé, me dejé llevar por el impulso, seguramente con una cara de incredulidad y al mismo tiempo de emoción por estar ahí. Tenía por lo menos 20 años esperando ese momento y ocho se haberse convertido en una obsesión cuando vi un enlace en vivo, para televisión, a un reportero mexicano en el día previo a la inauguración de Italia 90, en Milán.
El Stade de France desde la estación del tren de Saint Denis.
Foto del autor tomada el 10 de junio de 1998.
            En la XVI Copa del Mundo de Francia 1998, mi principal responsabilidad como reportero de Grupo Acir era cubrir a la Selección Mexicana. Pero aquel 10 de junio había recibido de orden de trabajo “hacer color”, las horas previas al juego inaugural desde el estadio de Saint Denis. Por eso estaba ahí. El teléfono celular sonó por primera vez. Escuché decir al señor Guillermo Ochoa al presentarme, ante el auditorio y saludarme, que me encontraba en un lugar de privilegio a las afueras del Stade de France. Y sí, en efecto, eso era, un privilegio.
            Fueron dos o tres enlaces para los diferentes espacios noticiosos de Radio Acir 1260 y Súper Deportiva 1180. Volvió a sonar el teléfono. Era mi jefe de información que me pedía regresar al IBC, “Si no, te vas a perder el juego”, me advirtió. Pero ¿en realidad quería volver? ¿A qué querría regresar al Centro Internacional de Medios a ver el Brasil vs Escocia en un monitor de televisión? Fue ahí cuando vinieron las palabras de mi profesor Leopoldo Gutiérrez: “Si te cierran la puerta, te metes por la ventana”. Entonces me propuse firme e ilusionadamente cumplir mi sueño, el de toda la vida: ingresar al estadio y ver en vivo mi primer juego de Copa del Mundo.
            Crucé el primer retén de seguridad. Revisaron el gafete que me acreditaba como reportero mexicano; revisaron la maleta; me revisaron a mí y con una sonrisa me invitaron a proseguir. No podía creer la fácil que había sido llegar hasta los pies del Stade de France. Miles de aficionados con playeras amarillas accedían por túneles y escaleras eléctricas. Los escoceses seguían ingiriendo cerveza y divertían a los aficionados neutrales levantándose sus cuadriculadas faldas. A lo lejos se escuchaba música y la voz del estadio.
Al medio tiempo del Brasil vs Escocia desde la tribuna de prensa.
            Ubiqué el letrero que anunciaba el acceso a la prensa acreditada. Me formé atrás de fotógrafos y otros reporteros de distintos países. Tras otra revisión al gafete, la mochila y a mí, me abrieron el paso a una esbelta escalera eléctrica que me depositaria al final a unos metros de la tribuna de prensa. Seguía sorprendido de la facilidad para acceder y para estar tan cerca de cumplir mi sueño. Conforme subía, el bullicio del estadio aceleraba mi corazón. Llegué al final. Otra vez el letrero: acceso a prensa, en inglés y en francés. Otra vez dos voluntarios que, con una sonrisa, te saludaban. Vieron mi gafete mientras yo me estiraba para mirar el césped, ya podía observar las tribunas y unos globos gigantes elevarse en el espacio.
            Me preguntaron por mi boleto de acceso. No entendía y menos si me explicaban en francés. Con señas me mostraron que debía tener un boleto para ingresar a la tribuna de prensa; sin él era imposible y me invitaron, siempre amablemente, a trasladarme sobre ese mismo pasillo a la sala de prensa del estadio y ahí ver el juego inaugural de la Copa del Mundo. Así lo hice. Finalmente, pensé con resignación, estar ahí no era el sueño cumplido, pero bueno, qué más da, si lo había intentado.
            En los monitores de televisión con muchos otros reporteros veía la ceremonia. Se escuchaban las aclamaciones del público. El estadio ya tenía sus 80 mil lugares ocupados. Desde luego la mayoría eran brasileños, pero los escoceses, en la curva norte se hacían sentir. Eran los últimos actos musicales cuando comenzó a suceder un movimiento extraño en la Sala de Prensa. Me acerqué a ver de qué se trataba.
La salida de las selecciones nacionales con mosaica en la tribuna.
            Tres miembros de prensa del Comité de Organización se pusieron detrás de un mostrador, uno de ellos con una lista y los otros dos con boletos en las manos. Resulta que no basta estar acreditado para el Mundial, aunque posea tu medio los derechos de transmisión, para acceder a la tribuna de prensa, ni siquiera para transmitir un juego. La radio y la televisión con derechos compran una posición de comentaristas con tres asientos, un monitor, una consola de transmisión y tres diademas con micrófono. Los boletos para prensa escrita se otorgaban con el sistema de apuntarte en una lista dos días antes de cada juego. Cincuenta por ciento de los lugares son para la prensa de los países involucrados ese día en el juego, 25 por ciento para cada uno. El resto, el otro 50 por ciento, para quienes lo soliciten y se anoten en la lista, sin importar que sus selecciones no jueguen en esa sede.
            Comenzaron a vocear nombres. Los que escuchaban el suyo levantaban la mano y les daban el boleto. “Si te cierran la puerta, te metes por la ventana”. Fue un instante, algo que no se piensa; sólo escuchas un nombre, nadie reclama el boleto y entonces gritas “YO” y levantas la mano, aunque el nombre pronunciado suene a griego o a búlgaro, quizá hasta turco. Ese instante y tu instinto te llevan a poner cara de “es el mío” y con ¿astucia? tapas la palabra “México” de tu gafete y de pronto llega a tus manos el boleto: el pase para cumplir tu sueño.
El boleto de la Ceremonia de Inauguración de Francia 1998.
            En la puerta de acceso a la prensa estaban los mismos voluntarios de una hora antes. Mostré el boleto y ambos me permitieron el paso. Era tan hermoso el Stade de France por fuera, y por dentro lo doble. El césped estaba vacío. La Ceremonia de Inauguración había terminado. Apuré el paso para sentarme a vivir el Brasil vs Escocia. Me tocaron la espalda, venía la pesadilla: la joven voluntaria me explicaba algo que no entendía. Entonces me tomó de la mano. Así se debe sentir cuando estás a punto de morir. El latido de tu corazón ya no te gusta; no, ahora te angustia.
            Revisó mi boleto y con señas me explicó que estaba en un lugar incorrecto. Que mi lugar no era en esa butaca, sino en un mini palco de madera, con acrílico a los lados y un monitor para las repeticiones. Se volvió a despedir sonriendo y me dejó ahí. Eso, definitivamente, no estaba en el script de mi sueño. Pero no tardé en aceptarlo. Sonó mi teléfono, otra vez era mi jefe de información que quería saber donde estaba, “el juego está por comenzar”, me subrayó. Pero yo me apresuré, quizá hasta con soberbia, a decirle que estaba dentro del estadio, que vería el Brasil vs Escocia en vivo. Pese a su insistencia, no le conté cómo había ingresado. Después de todo, él no entendería Si te cierran la puerta, te metes por la ventana.
            Se escuchó el himno de la FIFA. Ingresaron los contendientes de esa tarde del 10 de junio de 1998 en el Stade de France que pondrían en marcha de la XVI Copa del Mundo; ambos con sus clásicos uniformes. Se entonaron los himnos y cuando el árbitro José María García Aranda silbó el inicio, me sentí la persona más afortunada del mundo. No a diario se cumple un sueño. Un sueño que fue madurando desde Argentina 1978, que creció en España 1982, se confirmó en México 1986, se volvió obsesión en Italia 1990, se vio cerca en Estados Unidos 1994 y se realizó en Francia 1998.
Acreditación para Francia 1998.
            Mi debut mundialista, lo sabía desde un mes antes, estaba previsto para el 13 de junio en el Stade de Gerland de Lyon en el México vs Corea del Sur. Pero los sueños, no se planean. Suceden. Aparecen. Como ese 10 de junio de 1998 en que César Sampaio a los cinco minutos de juego me hizo despertar al gritar su gol y me puso a disfrutar el Brasil vs Escocia que inauguró el Mundial de 1998.





NOTA: Las fotografías fueron tomadas por el mismo autor de este blog.

miércoles, 9 de mayo de 2018

El Olímpico de la Ciudad de los Deportes, el estadio de mi padre



Por Víctor Miguel Villanueva
@VictorMiguelV

La venta de boletos para el juego de vuelta de la Gran Final comenzaba ese día. Por eso, me volé la última clase y había hecho el viaje desde Ciudad Universitaria hasta la colonia Nochebuena para asegurar mi presencia en el juego en que Atlante debería conseguir el retorno a la Primera División. Me bajé del micro en la esquina de Insurgentes y Holbein; caminé en contraflujo por esta última calle, al llegar a Indiana, ya con el Azulgrana frente a mis ojos, también pude observar gran número de personas: el pánico se apoderó de mí. Fue entonces cuando lo vi.
            Caminando tranquilamente, con su pulcra ropa, cigarro en mano, perfectamente peinado hacia atrás con canas en la sien y bigote pequeño y bien cortado. Se le veía un rostro de satisfacción, seguramente de emoción, por caminar por esas calles tan suyas, a lado de ese inmueble que también era suyo y de su pasión por el futbol. Era mi padre. ¿Qué hacía ese día en la Ciudad de los Deportes?.

–“Ya no hay boletos”, dijo mientras expulsaba humo de tabaco por su boca. Se va a llenar, agregó ante mi cara de incredulidad y de contrariedad.

El Olímpico lleno. Se observan los postes y las lonas
para hacer la tribuna de "sombra".
Foto Museo del Objeto.


Pero era mi padre. Sabía de sobra lo que significaba para mí el juego del domingo en el Olímpico, como él le decía. Así que de la bolsa de su camisa sacó un boleto amarillo de preferente, que decía con letras grandes en negro: Gran Final y abajo los nombres de los contendientes: Atlante vs Pachuca.

El Olímpico de la Ciudad de los Deportes fue el primer estadio construido con concreto en el país y fue inaugurado en febrero de 1947. Mi padre debió tener en ese entonces 20 años. Él conoció el Parque España, el Asturias y el preciosista Parque Necaxa y ahora vería futbol en un escenario que les parecía inmenso, imposible de llenar. Muchas veces me contó sus anécdotas ahí, en el Olímpico: cómo introducía botellas de vino en un chasis de radio de madera; o cómo subía ayudado de una cuerda, ya adentro, una mochila con cervezas; igualmente, recordaba cómo estorbaban los postes que sostenían unas lonas para hacer “una tribuna de sombra”; aunque también me decía “en ese entonces el Atlante sí era bueno; incluso fue campeón en este estadio”.
Mi padre al centro de pie, con camisa blanca y pantalón claro.
Foto: Carlos Villanueva Vega.
La verdad es que mi padre era un gran aficionado al futbol y cuando fue la mudanza a “la CU” también acudía con frecuencia; luego al Azteca a partir de 1966 y a mí me llevó por primera vez al futbol en 1977 para ver un Atlante contra Necaxa, su equipo. Sin embargo, la mayoría de sus recuerdos tenía como escenario el coso de la Ciudad de los Deportes. Tenía una memoria ágil y pronta a la menor provocación para reproducir un juego, un gol, un partido o un jugador en aquel estadio. Nunca lo reconoció, pero era evidente que el Olímpico había sido el escenario futbolístico donde fue más feliz.
Yo sabía de sobra todas esas anécdotas, pero me las recontó en 1983 cuando los periódicos anunciaban que el Atlante dejaría el Azteca y se mudaría a la Ciudad de los Deportes. Recuerdo que un día me llevó a ver cómo lo estaban remodelando para convertirlo en el estadio Azulgrana. Nos asomábamos por una de sus puertas para ver. “Ahí estaban los postes, ¡ah! cómo estorbaban y sostenían unas mantas blancas”, me decía por enésima vez. Desde luego fuimos cuando el Atlante lo estrenó contra el Atlético Morelia. Nos acomodamos en “su lugar”: en la tribuna alta entre el estadio y la Plaza México. Después yo elegiría “mi lugar”.
El Olímpico como estadio Azul en su última temporada
durante un juego entre Cruz Azul y Necaxa.
En toda mi etapa de aficionado siempre me senté en la zona de preferente, dos filas debajo de la Tito Tepito, en línea directa a la salida del vestidor azulgrana. Fui testigo de las últimas carreras de Rubén Ayala, de los desbordes de Lalo Moses, de la magia de barrio del Calaca González, del liderazgo del Bonavena Ramírez y del retorno del hijo pródigo del atlantismo: Gerardo Lugo. Pero al mejor Atlante que vi en el Azulgrana fue el de 1988-1989 con Ingrao, Rergis, Harlem Medina, Romano, Dante Juárez, González China y Mario Ordiales, entre otros, dirigidos por Ricardo Antonio La Volpe; su futbol quedó perenemente en mi mente. La tarde más triste sin duda fue cuando Cruz Azul eliminó a los Potros en unos cuartos de final, pese a tener una ventaja de dos goles. Lo más dramático, cuando en la liguilla de ascenso debía hacerle cuatro goles a Gallos Blancos para llegar a la final; habían caído dos, luego la desesperación se apoderó de los atlantistas, una piedra descalabró al árbitro Refugio Ramírez, pero no se suspendió el juego y al reanudarse dos goles de Luis Miguel Salvador nos pusieron en la final. Nos abrazábamos unos a otros en las gradas del Azulgrana: pasar del pánico a la gloria es indescriptible y en verdad maravilloso. Quizá lo único que reprochar es que cuando se llegó a la final de 1993, se optó por jugarla en el Azteca y no en la Ciudad de los Deportes.
En mis últimas temporadas como aficionado, tuve la suerte de ser testigo de otro Atlante inolvidable: Félix Fernández, Raúl Gutiérrez, Wilson Graneolatti, José Guadalupe Cruz, Miguel Herrera, René Isidoro García, Pedro Massacessi, Guillermo Cantú, Roberto Andrade, Daniel Guzmán y Luis Miguel Salvador. Muchas tardes de goles y victorias con este equipo. Pero, en 1994, dejé las gradas del Azulgrana. Ahora estaría en su palco de prensa, en sus vestidores y su cancha. Era ya periodista deportivo.
En el estadio Azulgrana previo a un clásico
Atlante vs Necaxa con Enrique Borja.
Mi primera vez como reportero fue en ese estadio. Mi primera pregunta fue a Ricardo Antonio La Volpe sobre si Hugo Sánchez sería jugador del Atlante. Luego vinieron los eternos entrenamientos del técnico argentino, convivir y entrevistar a esos jugadores que meses atrás sólo veía desde las gradas azulgranas, debajo de donde alentaba la Tito Tepito. Ahora era yo quien le contaba anécdotas a mi padre. Pero, en 1996, todo cambió. La etapa del Estadio Azulgrana terminó, se transformó en Estadio Azul y se convirtió en sede de Cruz Azul. Pero yo no dejé el estadio de la Ciudad de los Deportes.
De ese 1996 a 2000, fui reportero de cancha en casi todos los juegos del equipo celeste. Mi lugar ahora era la banca del equipo visitante; desde ahí seguiría viendo futbol en el estadio de mi padre. Desde luego tenía un sentimiento de contrariedad que ya no fuera sede del Atlante, pero se compensaba con la emoción de seguir cada 15 días ahí en su inmaculada cancha y sentir su incomparable sabor a futbol. Definitivamente, el Olímpico era ya parte de mi vida.
Transmitiendo a nivel de cancha en la inauguración
del Estadio Azul.
Cuando se anunció su demolición fue un golpe al corazón. En este 2018 terminó su vida como escenario futbolístico y deportivo. Será demolido para construir un centro comercial y un estacionamiento. Como un ejemplo del poco respeto que existe en la sociedad moderna por lo histórico, por sus recintos, por sus emblemas. Por eso, una tarde me fui a despedir del Olímpico de la Ciudad de los Deportes. Ante la ausencia del Atlante en el máximo circuito, acudí a ver al equipo de mi padre: el Necaxa. Me senté en la tribuna alta, la de la calle Carolina, con la México a mis espaldas, como lo hacía él con su chasis que escondía alcohol y su mochila con cervezas. Ni el triunfo necaxista me quitó la nostalgia y la pena.
Estadio Azulgrana en al final de ascenso
entre Atlante y Pachuca.

            Con mi boleto para la final de ascenso 1990-1991 nos fuimos juntos a casa. El siguiente domingo llegué sólo a la colonia Nochebuena. El atlantismo se desbordaba por todos lados; cada uno llevaba una bandera azulgrana. Era cuestión de un gol, que Pablo Oseguera falló de manera lamentable e increíble. Un cero a cero que provocó un tercer juego y nos privó a todos los atlantistas de ver a nuestro equipo campeón, dar la vuelta olímpica, confirmando su regreso a Primera División. Tres días después lo consiguió en el Cuauhtémoc de Puebla. Pero aquel 14 de julio de 1991 siempre lo recordaré, porque ese día mi padre me compró el boleto para que viera al Atlante ser campeón en el Olímpico de la Ciudad de los Deportes, como él lo había visto en 1947.

Los hijos, nunca seremos tan afortunados como nuestros padres.


Murió el portero, nació el técnico y surgió el lavolpismo

Por: Víctor Miguel Villanueva @VictorMiguelV L a noticia conmocionó al medio futbolístico: el Oaxtepec IMSS ten...