jueves, 11 de diciembre de 2014

Hasta cuando pierdes una final hay héroes.



A los 14 años se crean héroes. Esos que te acompañarán toda la vida, de quienes nunca olvidarás sus hazañas. Aún más si las consiguen en el césped, jugando al futbol, vestidos con los colores que idolatras. Incluso, emergen, aunque los veas perder un campeonato, y el dolor no te impide reconocer que ellos, tus héroes, como siempre dejaron todo, lo intentaron todo, pero que esta vez no les alcanzó para que a los 14 años digas que eres campeón.
En 1981, el Atlante era un equipo de ensueño. Una mezcla perfecta de jugadores identificados con la mística del equipo y con estrellas del futbol mexicano de inicios de los maravillosos años ochenta. Era un orgullo ver a Alejandro Ramírez, el Bonavena, con el gafete de capitán: comandaba a los del campo y a los de las tribunas, con él nos sentíamos fuertes. Era mágico ver a José Luis González, el Calaca II, con esas escuálidas piernas mágicas donde se reconocía perfectamente el futbol de los Prietitos de los años veinte. Era espectacular ver cómo Ricardo Antonio La Volpe evitaba goles y cómo Evanivaldo Castro, Cabinho, no se cansaba de hacerlos. Además, Miguel Ángel Fuentes, el Pueblita, y Daniel Montes de Oca, el Gigio, dominaban las bandas, fueron los primeros laterales extremos que vi; los argentinos Alberto Mario Jorge y Rubén Ayala, el Ratón, que impregnaban finura al equipo surgido de los llanos; y, por supuesto, Eduardo Moses, que en cada desborde enloquecía al rival y a la tribuna ¡qué bueno era el tamaulipeco! Sí, los Potros de Hierro de la temporada 1981-1982 eran un trabuco.
            Pero no alcanzó. De nada sirvió terminar en primer lugar con 64 puntos, siete más que Zacatepec que fue segundo; tampoco las 16 victorias, el sólo tropezar seis veces en 38 juegos; ni los 48 goles a favor, de los cuales 32 marcó Cabinho. No, no alcanzó porque Tigres, en serie de penales, ganó el campeonato en el estadio Azteca y dejó en el campo al cuadro azulgrana derrotado y en las gradas a los atlantistas mudos. A los de 14 años con un nudo en la garganta y una interrogante que desde entonces nos acompañaría: ¿cómo no pudo ser campeón ese día el Atlante?
           
Treinta y dos años después aún no hay respuesta. El equipo dirigido por el mítico Horacio Casarín se metió al Estadio Universitario de Monterrey el 2 de junio de 1982. Eduardo Moses hizo el uno a cero a los cuatro minutos. El arco de La Volpe aguantó hasta el 54 en que fue vencido por Tomás Boy. El empate era un extraordinario resultado, pensaba mientras comía mi cena luego de llegar de la secundaria, pero increíblemente el árbitro Marco Antonio Dorantes dio cuatro minutos de compensación: en el último instante Goncálvez marcó la diferencia. Fue suficiente para superar al Atlante en el juego de ida, pero no la esperanza de los que teníamos 14 años y esperábamos al siguiente domingo la coronación. Confiábamos en nuestros héroes. Juntos levantaríamos la copa de campeones.

            La mañana del 6 de junio de 1982 el Estadio Azteca lucía hermoso y repleto. Había banderas azulgranas en el césped. El ambiente era único: el les guste o no les guste, retumbaba en cada rincón del inmueble de Santa Úrsula Coapa. Cuando el Bonavena Ramírez ingresó al campo encabezando al equipo, el aplauso y el grito de ¡potros!¡potros! era de una confianza total. Un gol empataría el partido y luego vendría el segundo, quizá un tercero. Cabinho por lo menos haría dos. La Volpe dejaría en cero su marco y nuestro Bonavena ofrecería al cielo el trofeo de monarca.
Foto cortesía de Pepe Ramírez "Juanito 70".

            En los primeros 45 minutos los héroes habían intentado todo. Pero no conseguían el objetivo. La tribuna había pasado de la confianza plena a la angustia total e insoportable. El marcador seguía 2-1 en favor del visitante. Fue a la mitad de la segunda parte cuando el Azteca explotó: Evanivaldo Castro se levantó en el área felina para rematar de cabeza un centro de Arturo Vázquez Ayala para vencer a Mateo Bravo; sí, era gol del Cabo, el gol del empate, el gol que regresaba la confianza. Pero el segundo gol no cayó jamás. No fue falta de recursos, sino ausencia de puntería, de contundencia. El grito de gol se ahogó en la garganta no una, ni dos, sino muchas veces antes de que nos diéramos cuenta que el campeonato se definiría en penales.
Foto cortesía de Pepe Ramírez "Juanito 70".
            Cabinho no había podido definir el juego ni en el tiempo regular ni en tiempo extra. Pero en penales, seguro que Ricardo Antonio La Volpe sí lo haría. Por supuesto, por eso en la cascarita callejera yo siempre elegía ser él. Cuando detuvo el primer envío del rival y arengó a sus compañeros y a la tribuna, no había duda: ese portero argentino nos llevaría al campeonato. Pero los jugadores del Atlante fallaron tres penales consecutivos, sólo él, Ricardo Antonio La Volpe, convertido en ejecutor pudo anotar. Sin embargo, al siguiente disparo, recibió el gol de Sergio Orduña y todo terminó: Atlante era sub-campeón. Poca cosa, estúpida cosa, cuando tienes 14 años y ves a tus ídolos anotar dos goles, detener un penal y aún así no ganas.
            No hay nada más triste en el mundo que salir por las rampas del Estadio Azteca en silencio luego de perder una final. Más cuando tienes 14 años. Cuando es tu primera vez en este tipo de partidos y lo pierdes. Tu playera azulgrana está transpirada, tu bandera no ondea porque fue enrollada para no abrirse jamás, tu mirada está triste, tu madre se dará cuenta inmediatamente y te consolará tan pronto llegues a casa, el lunes en la secundaria habrá que resistir todas las burlas, porque eres el único que le vas al Atlante y todo mundo lo sabe. Pero en eso no vas pensando, sí lo contemplas, pero no te inquieta.
            Tus pensamientos tampoco buscan culpables, para qué, no tiene sentido.  En tu mente de 14 años, mientras bajas las rampas del Estadio Azteca luego que tu equipo perdió una final, piensas sólo una cosa: incluso en la derrota los héroes emergen. Ricardo Antonio La Volpe, atajó un penal y anotó otro. Evanivaldo Castro, Cabinho, marcó el único gol del partido, de la final. Por eso entre todos los elegiste a ellos dos como tus héroes. Ellos no te fallaron. No olvidarás jamás la final del 6 de junio de 1982 porque ese día Cabinho marcó de cabeza y La Volpe atajó un penal anotó otro. Porque incluso ese día tan triste, tú viste a ambos ser las figuras de tu amado Atlante.


lunes, 8 de diciembre de 2014

El ala radical del Episcopado Mexicano en la Cristiada.



En 1926 el Episcopado Mexicano se componía de 33 prelados que formaban la elite eclesiástica del país. Fueron ellos quienes decidieron el 31 de julio de 1926 suspender el culto público como respuesta a la entrada en vigor de la Ley Calles que aplicaba los artículos anticlericales de la Constitución de 1917. En septiembre las Cámaras Legislativas rechazaron su solicitud de reformar y derogar dichas leyes constitucionales, fue entonces cuando el Episcopado Mexicano se dividió en dos. Una ala negociadora buscaría la solución del conflicto con la elite política del país; la otra corriente, el ala radical, tendría como objetivos fomentar una resistencia armada que derrocara al gobierno legalmente constituido de Plutarco Elías Calles.
            Aquí nos ocuparemos de este último grupo de Obispos y Arzobispos afines al conflicto armado, que lo apoyaron, buscaron recursos para mantenerlo e incluso buscaron afanosamente la bendición papal de Pío XI. Los prelados con mayor actividad bélica durante la Cristiada (1926-1929) fueron José de Jesús Manríquez y Zárate Obispo de Huejutla, José María González y Valencia Arzobispo de Durango, Leopoldo Lara y Torres Obispo de Tacámbaro y Francisco Orozco y Jiménez Arzobispo de Guadalajara, principalmente.
           
José de Jesús Manríquez y Zárate.
El Obispo de Huejutla fue sin duda alguna el más radical de todos. En 1926 fue detenido por fomentar la desobediencia a las leyes, después fue exiliado a los Estados Unidos y desde ahí realizó su célebre discurso al Mundo Civilizado. En el le pedía a los países “civilizados” defender a la Iglesia Mexicana del “nuevo Nerón” o “cargar” en su conciencia el hecho de que México fuera “consumido” por el “comunismo” del presidente Calles. Incluso, solicitó al Vaticano que se vendieran los objetos que había en las iglesias para tener fondos y dárselos a los cristeros.
            El largo mensaje del Obispo de Huejutla está segmentado en varias partes. En la primera se refiere a la situación que vive México. José de Jesús Manríquez y Zárate asegura “México se hunde, ¡Oh pueblos civilizados del orbe! ¡México se hunde, y quizá para siempre, en los negros abismos de la infidelidad y la barbarie”. Esta visión tan extremista del prelado se debía según él a la persecución religiosa que se da en México “su religión ha sido proscrita, sus sacerdotes han sido expulsados del seno de su patria o vilmente asesinados por la insaciable clerofobia de los nuevos Nerones, sus templos han sido profanados, violadas sus vírgenes y prostituidos sus jóvenes”. Posiblemente Manríquez y Zárate tuviera razón en que sacerdotes habían sido expulsados, él entre ellos, y otros fusilados; que el gobierno callista era clerofóbico y que algunos de los templos católicos fueron saqueados y hasta destruidos por el ejército federal. En lo que se equivocaba, o mentía para ser claros, es que la religión ha sido proscrita en México; no, sólo había un intento de Plutarco Elías Calles por someterla al Estado. Lo que no explicaba el Obispo de Huejutla era a qué se refería cuando hablaba de “vírgenes violadas y jóvenes prostituidos”. Pero se entiende que es parte de su retórica para pintar un estado dantesco del país durante la Guerra Cristera y con eso obtener partidarios que se unieran a la causa de la Iglesia en México.
            Sigue Manríquez y Zárate “de no cambiar súbitamente el curso de los acontecimientos, México será sustraído por completo de la civilización occidental y girará en torno de la barbarie comunista; esto es: perderá la fe de sus padres que es el más rico tesoro que ahora poseemos y retrogradará a las tinieblas del viejo paganismo”. En lo único que acierta el Obispo de Huejutla es que desde 1917 la Revolución Rusa y la propagación de la misma en otros Estados es un genuino y auténtico temor de las naciones capitalistas de occidente, por eso a ese punto dirige el chantaje de su mensaje
            Para terminar con el Obispo de Huejutla su Mensaje al Mundo Civilizado se convierte en su parte final en un “Llamamiento al Mundo Occidental para intervenir en México”. Dicho en otras palabras más claras, José de Jesús Manríquez y Zárate, pide a las potencias mundiales de ese momento derrocar a Calles cuando se hace las siguientes preguntas “¿Cómo explicar, pues, la actitud pasiva, por no decir complaciente, de los Estados Unidos y de los demás pueblos de Occidente, frente a los excesos del callismo? ¿Cómo concordar con sus tradiciones libertarias su actitud medrosa y expectante ante una tiranía incalificable que ha conculcado los derechos más sagrados de su pueblo junto con los derechos más sagrados de la humanidad? ¿En dónde está aquella caballerosidad de España para vengar los agravios hechos, no a una dama cualquiera, sino a la Iglesia Católica, su Madre, y a la Nación Mexicana, su hija predilecta? ¿En dónde está aquella bizarría de los franceses para sostener en todas partes el imperio de la Justicia y del Derecho de Gentes? ¿En dónde aquella grandeza y heroísmo de Inglaterra para defender en todas partes, aún en las apartadas regiones, los fueros de la libertad? ¿En dónde, finalmente, aquel horror innato a la esclavitud que tanto blasonan los Estados Unidos de Norteamérica, y que les ha movido a prestar auxilio a Armenia, a Irlanda y a los pueblos de otros continentes en idénticas circunstancias, cuando a un paso de distancia encuentran a un pueblo herido de muerte por la tiranía y la revolcándose angustiosamente en un charco de sangre? ¿No seremos, por ventura, dignos los mexicanos de la atención del mundo civilizado cuando, en los estertores de la muerte, dirigimos nuestras miradas suplicantes y nuestros descarnados brazos hacia los pueblos que pueden y deben ayudarnos?”.
           
José María González y Valencia.
Por su parte, José María González y Valencia fue enviado durante el conflicto al Vaticano para ser intermediario entre el papa y el Episcopado Mexicano. Desde ahí buscó afanosamente que Pío XI declarara “Guerra Santa” a la Cristiada y se les otorgara indulgencias a los cristeros. Igualmente, en sus Cartas Pastorales y Memoriales siempre se mostró ferviente partidario de la Guerra Cristera. En enero de 1927 Pascual Díaz Barreto -cabeza del ala reconciliadora-llegó a los Estados Unidos luego de ser expulsado de México por el Gobierno de Calles. El Arzobispo de Durango interpreta que ahora el Obispo de Tabasco dejará de pensar en una negociación y se sumará al bando del ala radical, se equivoca por completo. Sin embargo, en una carta que le envía desde Roma le enumera cuatro acciones a seguir y que demuestran, una vez más, como era un objetivo de los prelados radicales sostener la guerra para derrocar a Calles. José María González y Valencia le decía a Díaz Barreto: 1) mucho cuidado con hacer declaraciones en favor del gobierno de Calles. Si las hace su Ilma. no tenga escrúpulo en hacerlas desfavorables. 2) Trabaje con ahínco porque en Estados Unidos se le dará toda la ayuda posible a los que combaten con las armas por la libertad. 3) Para que trabaje con más ánimo, tenga presente para su gobierno que los profesores de la Universidad [no dice cuál] defienden la licitud y aún la obligación de la defensa armada de los mexicanos. 4) Trabaje en cuanto pueda por el desconocimiento de Calles, por parte de Estados Unidos.
Leopoldo Lara y Torres.
Igualmente, Leopoldo Lara y Torres, desde antes de que el conflicto religioso estalle el último día de julio de 1926 con la promulgación de la Ley Calles y la suspensión del culto público, ya habla de sangre. Escribe un Memorial el 16 de marzo de 1926 donde por supuesto defiende las declaraciones en febrero de José Mora y del Río contra la Constitución de 1917 y desde luego ataca al Gobierno de Plutarco Elías Calles. Empero, lo más significativo es que amenaza al Estado cuando escribe “Protesta que estamos dispuestos a sellar con nuestra sangre”.
Las cosas no quedaron ahí, diez días después de su Memorial, el 26 de marzo de 1926 el mismo Leopoldo Lara y Torres escribió en Tacámbaro una Instrucción Pastoral . En esa ocasión dirigida “al clero secular y a todos los fieles de nuestra Diócesis” a los cuales les aseguraba que existía una persecución religiosa en el país, para luego volver a intentar justificar su postura ante la promulgación de la Ley Calles. Mencionaba que los católicos no les era lícito obedecer a los hombres más que a Dios “tal y como nos enseñaron los Apóstoles ante las primeras persecuciones que comenzaron a sufrir en Judea”, e insistía “no, y mil veces no”. Más adelante expresa “Aunque nos cueste la cárcel, el destierro o la pérdida de la vida”, refiriéndose a obedecer las leyes. Sobre un posible destierro al cual serían merecedores por hacer caso omiso a las disposiciones de la Ley Calles, el Obispo de Tacámbaro aseguraba: “¿Se nos amenaza con el destierro? Nuestra patria no está aquí; dondequiera estamos desterrados en este suelo y dondequiera podemos trabajar por Dios para llegar a la verdadera patria del cielo”. Incluso, al Obispo de Tacámbaro no le preocupaba la muerte pues en su Instrucción Pastoral se volvía a hacer otra pregunta “¿Se nos amenaza con la muerte?” y él mismo se contestaba “se nos abriría (con la muerte) el camino para llegar al reino de la verdadera libertad y se nos ahorrará el pesar y la vergüenza de ver a México convertido en un pueblo de parias y esclavos”. Remataba con el mismo tono retador “Mil veces más morir que encontrarnos en esta triste situación”.
           
Francisco Orozco y Jiménez.
Finalmente, el Arzobispo de Guadalajara tuvo una historia dilatada de enfrentamientos con el gobierno desde 1914 en plena Revolución Constitucionalista. En la Cristiada, aunque fue perseguido y hasta había una recompensa por él vivo o muerto, jamás dejó su diócesis y participó activamente en el conflicto armado. En Enero de 1927 Pascual Díaz Barreto se entera, a través de un amigo, que la Secretaria de Gobernación mandó hombres a Jalisco con la orden de traer “vivo o muerto” a Francisco Orozco y Jiménez. Trece meses después, en febrero del 28, el Obispo de Aguascalientes Ignacio Valdespino le escribe a Díaz para contarle que “Calles mandó 25 mil hombres en busca del Ilmo. Sr. Orozco”. Nunca dieron con él, pues el llamado Chamula era protegido por campesinos, cristeros y católicos de todo el estado de Jalisco que lo ocultaban o le avisaban del peligro que corría para que se mudara de sitio donde permanecía escondido.
            Francisco Orozco y Jiménez siempre negó ante todo mundo, no sólo ante sus “hermanos” Obispos y Arzobispos, que tuvo participación en la Guerra Cristera, lo cual es una falacia pues hay extensa historiografía que demuestra su activismo pleno en el conflicto religioso. Pero él se dedicó en los meses finales de 1927 y principios de 1928 a mandar cartas a Pascual Díaz Barreto tratándolo de convencer que no apoyaba a los cristeros. Sin embargo, el Obispo de Tabasco, ya para ese entonces Intermediario Oficial del Vaticano, supo que el Arzobispo de Guadalajara había sido visto junto con el Jefe del Ejército Cristero el general Gorostieta.
            Al final, este grupo de prelados radicales perdieron la batalla ente los más conservadores. Los Arreglos de 1929 entre la Iglesia y el Estado contemplaban el no regreso a México de los obispos intransigentes. Mientras que los negociadores ocuparon luego de la Guerra Cristera puestos más elevados en la elite eclesiástica: Pascual Díaz se volvió Arzobispo de México y Leopoldo Ruíz y Flores Delegado Apostólico del Vaticano en México.

NOTA: Esta fue la ponencia presentada en el Congreso de Historia y Sociedades: Disidencias, Autonomías y Revoluciones, que organizó la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fue expuesta el 4 de noviembre de 2014 en el Plantel San Lorenzo Tezonco de la UACM.



lunes, 1 de diciembre de 2014

El Atila y el Centauro toman la Ciudad de México

Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh 


Adolfo Gilly considera la toma de la Ciudad de México por el mítico Ejército Libertador del Sur del general Emiliano Zapata y por la poderosa División del Norte del general Francisco Villa como uno de los episodios “más hermosos y conmovedores de la revolución mexicana”(1). Para la historiografía del caudillismo es toda una epopeya; en cambio, para la historia política del país no deja de ser, en el mejor de los casos, una anécdota, mientras que en el peor, es una muestra que ambos generales y sus huestes pese a la hazaña de tomar la capital de la República no tuvieron ni la fuerza ni el programa para hacer ganar sus revoluciones.
FOTO: Ricardo Espinoza de la exposición "La otra ciudad. Fotografías de la Ciudad de México 1900-1918".
En el Museo Archivo de la Fotografía.
            La Convención de Aguascalientes, a mediados de 1914, significó la ruptura de los ejércitos que había logrado deshacerse del usurpador Victoriano Huerta. Por un lado Venustiano Carranza, reconocido como Jefe Supremo, con el militar de mayor prestigio y triunfos de ese entonces: Álvaro Obregón. Por el otro lado,  Francisco Villa y Emiliano Zapata con ejércitos numerosos y capaces de levantar pueblos enteros a su favor. El rompimiento fue definitivo, por lo que cada uno de estos personajes dejó la Convención para prepararse pues las hostilidades estaban aún lejos de terminarse.
            Villa y Zapata marcharon a la Ciudad de México pero en una paradoja histórica, su llegada al corazón del país más que una victoria significó su derrota política. Pues como reseña Gilly quedó de manifiesto su falta de capacidad política y su ausencia de un plan más allá de la justicia social y el reparto agrario, lo que llevó a su toma a una anécdota en vez de al triunfo. Sin embargo, que las huestes villistas y zapatistas entraran a la capital de la república es un hecho imposible de olvidar cuando justamente se cumple cien años.
            Desde el 25 de septiembre de 1914 El Demócrata (2) ya publica que “40 generales de la División del Norte vendrán a la capital”. Al siguiente día la noticia principal en el país es que Francisco Villa desconoce la autoridad de Venustiano Carranza. Pese a esto la Convención de Aguascalientes el 1 de noviembre designa al general Eulalio Gutiérrez como presidente provisional de la República. Según las crónicas de ese día son ovacionados Carranza, Villa y Zapata. Durante los siguientes días se habla de que el Centauro del Norte va a rendirse y entregar las armas a favor de la legalidad. Pero el día 11 aparece el rumor de que Xochimilco está ocupado por fuerzas zapatistas que amagan con tomar la ciudad de México. Como siempre, las fuentes oficiales aseguran que “Xochimilco estaba  en poder del gobierno”.
            Nada más alejado de la realidad. El 1 de diciembre de 1914 en Xochimilco se encuentran los generales Villa y Zapata. Según Alan Knight comieron y bebieron, Villa coñac, y luego de “vencer la timidez” se dedicaron a hablar mal de Carranza (3). Pactaron que los villistas entregaran armas a los zapatistas y que anunciaran públicamente su entrada a la Ciudad de México para el día 6 de diciembre de 1914.
           
El Atila y El Centauro se encuentran.
FOTO: Ricardo Espinoza de la exposición
"La otra ciudad. Fotografías de la Ciudad de México 1900-1918".
En el Museo Archivo de la Fotografía.
Ese día llegó. Fernando Benítez estima que durante ocho horas desfilaron ante Palacio Nacional  “30 mil hombres de la División del Norte y de las fuerzas de Zapata” (4). Para Knight en realidad fueron 50 mil efectivos. Lo cierto es que los ejércitos que verdaderamente representaban a las masas populares, integrados por miembros de las clases sociales más bajas de la sociedad mexicana, estaban ahí en la plaza más importante del país. Era, sin duda alguna, la derrota total del porfiriato y su gobierno integrado por la alta burguesía.
            Los zapatistas vestían “camisas y calzones de manta, calzaban huaraches, los cubrían sus grandes sombreros desgarrados”. Por su parte, los villistas vestían “de caqui y sombrero de copa alta y ancha”. Además el Ejército Libertador del Sur portaban la imagen de la virgen de Guadalupe. Todo el desfile fue presenciado por el presidente provisional Eulalio Gutiérrez, Francisco Villa y Emiliano Zapata desde el balcón central de Palacio Nacional.
            Luego vino la famosa foto del Centauro del Norte y del Atila del Sur en la Silla Presidencial. Se alternaron para sentarse en ella. Emiliano Zapata con su sombrero recargado sobre sus piernas cruzadas con su característica mirada de desconfianza; por su parte, Francisco Villa con uniforme militar, su bigote tupido y apenas esbozando una sonrisa. Definitivamente, a ninguno de los dos les acomodaba ese símbolo de poder.
No era para ellos.
            ¿Pero qué hicieron villistas y zapatistas durante su estancia en la Ciudad de México? En primera, es digno de resaltar antes que nada que, pese a todo lo que se pensaba en ese momento, no hubo saqueos ni destrucción. En ese sentido fueron distintos a carrancistas y obregonistas que arrasaban materialmente a cuanta ciudad conquistaban. Incluso, Emiliano Zapata dormía en un hotel de mala calidad, pero muy cerca de la estación del tren que salía para su añorada Cuautla. Francisco Villa hacía lo propio en el vagón de uno de los trenes en que viajaba. Benítez sostiene que “Ningún general ocupó los palacios de los ricos abandonados por los carrancistas, ni visitaban bares de lujo, ni se robaban las cosas o provocaban balaceras”. Y Knight confirma “no tenían el comportamiento rapaz de los carrancistas”.
            Anita Brenner cuenta que a los zapatistas se les veía en Palacio “caminando cuidadosamente a través de los salones, mirando cada cosa en cada lugar con interés respetuoso”(5). En algo que igualmente coinciden los historiadores es que las huestes de Emiliano Zapata en vez de recurrir al saqueo para alimentarse, acudían a las casas “llamaban a las puertas y descubriéndose pedían por el amor de Dios se les socorriera con unas tortillas”.
FOTO: Ricardo Espinoza de la exposición
"La otra ciudad. Fotografías de la Ciudad de México 1900-1918".
En el Museo Archivo de la Fotografía.
            De los villistas no se puede decir que tuvieron el mismo comportamiento. Por ejemplo, Jesús Silva Herzog afirma que el mismo Francisco Villa acudió al hotel Palacio donde estaba hospedado Eulalio Gutiérrez, entre las calles de 16 de septiembre e Isabel la Católica, ahí vio a una joven de 20 años “plena de juventud y de gracia” a la cual el jefe de la División del Norte le “prometió” ir por ella en la tarde y llevársela. Villa cumplió, pero al llegar al lugar no estaba la chica, sino la esposa del administrador del hotel: una señora de origen francés de 45 años. Aún así el Centauro se la llevó (6). Allan Knight corrobora el hecho y además agrega que a Francisco Villa le encantaba acudir a un palenque que había en la ribera de San Cosme.
            Sobre otros generales militares se dice que durante la ocupación de la Ciudad de México recurrieron a acciones contrarias a la conducta respetuosa de sus colegas zapatistas. Por ejemplo, Tomás Gutiérrez “intentó violar” a una mujer; Juan Banderas causó daños por “1 500 pesos” por destrozar muebles y ventanas del hotel Cosmos. Mientras que el general Urbina utilizaba “el sistema” de secuestrar ricos y cobrarles el rescate como medio de obtener fondos para sus tropas. Aunque Adolfo Gilly afirma que la ocupación villista y zapatista “se distinguió por su orden”, Alan Knight afirma que en esos días  fueron “200 asesinados en la Ciudad de México”.
            Posiblemente la toma de la Ciudad de México por el Ejército Libertador del Sur y la División del Norte sí sea uno de los pasajes más hermosos en la historia de la revolución mexicana, puesto que por unas horas, por unos días, significó el triunfo de las masas populares, pero que no fue definitiva. Quizá porque se cumplió lo acordado por los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata en su Pacto de Xochimilco del 4 de diciembre de 1914: encargar el gobierno a los instruidos y continuar la acción militar cada uno en su zona. Ni el general Zapata ni el general Villa fueron más lejos porque asumir el poder no era el motivo que los llevó a mover numerosos ejércitos en la revolución mexicana. Eso era ambición de otros.


NOTAS:
1.- Adolfo Gilly. La Revolución Interrumpida. Editorial Era. México 2011.
2.- Periódico de la Ciudad de México y de innegables tintes constitucionalistas; es decir, carrancista.
3.- Alan Knight. La Revolución Mexicana. Fondo de Cultura Económica. México 2010.
4.- Fernando Benítez. Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. Tomo II El Caudillismo. Fondo de Cultura Económica. México 1986.
5.- Anita Brenner. La Revolución en blanco y negro. Fondo de Cultura Económica. México 1985.

6.- Jesús Silva Herzog. Breve Historia de la Revolución Mexicana. La etapa constitucionalista y la lucha de facciones. Fondo de Cultura Económica. México 1988.

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