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El Atila y el Centauro toman la Ciudad de México

Por: Víctor Miguel Villanueva
@victormiguelvh 


Adolfo Gilly considera la toma de la Ciudad de México por el mítico Ejército Libertador del Sur del general Emiliano Zapata y por la poderosa División del Norte del general Francisco Villa como uno de los episodios “más hermosos y conmovedores de la revolución mexicana”(1). Para la historiografía del caudillismo es toda una epopeya; en cambio, para la historia política del país no deja de ser, en el mejor de los casos, una anécdota, mientras que en el peor, es una muestra que ambos generales y sus huestes pese a la hazaña de tomar la capital de la República no tuvieron ni la fuerza ni el programa para hacer ganar sus revoluciones.
FOTO: Ricardo Espinoza de la exposición "La otra ciudad. Fotografías de la Ciudad de México 1900-1918".
En el Museo Archivo de la Fotografía.
            La Convención de Aguascalientes, a mediados de 1914, significó la ruptura de los ejércitos que había logrado deshacerse del usurpador Victoriano Huerta. Por un lado Venustiano Carranza, reconocido como Jefe Supremo, con el militar de mayor prestigio y triunfos de ese entonces: Álvaro Obregón. Por el otro lado,  Francisco Villa y Emiliano Zapata con ejércitos numerosos y capaces de levantar pueblos enteros a su favor. El rompimiento fue definitivo, por lo que cada uno de estos personajes dejó la Convención para prepararse pues las hostilidades estaban aún lejos de terminarse.
            Villa y Zapata marcharon a la Ciudad de México pero en una paradoja histórica, su llegada al corazón del país más que una victoria significó su derrota política. Pues como reseña Gilly quedó de manifiesto su falta de capacidad política y su ausencia de un plan más allá de la justicia social y el reparto agrario, lo que llevó a su toma a una anécdota en vez de al triunfo. Sin embargo, que las huestes villistas y zapatistas entraran a la capital de la república es un hecho imposible de olvidar cuando justamente se cumple cien años.
            Desde el 25 de septiembre de 1914 El Demócrata (2) ya publica que “40 generales de la División del Norte vendrán a la capital”. Al siguiente día la noticia principal en el país es que Francisco Villa desconoce la autoridad de Venustiano Carranza. Pese a esto la Convención de Aguascalientes el 1 de noviembre designa al general Eulalio Gutiérrez como presidente provisional de la República. Según las crónicas de ese día son ovacionados Carranza, Villa y Zapata. Durante los siguientes días se habla de que el Centauro del Norte va a rendirse y entregar las armas a favor de la legalidad. Pero el día 11 aparece el rumor de que Xochimilco está ocupado por fuerzas zapatistas que amagan con tomar la ciudad de México. Como siempre, las fuentes oficiales aseguran que “Xochimilco estaba  en poder del gobierno”.
            Nada más alejado de la realidad. El 1 de diciembre de 1914 en Xochimilco se encuentran los generales Villa y Zapata. Según Alan Knight comieron y bebieron, Villa coñac, y luego de “vencer la timidez” se dedicaron a hablar mal de Carranza (3). Pactaron que los villistas entregaran armas a los zapatistas y que anunciaran públicamente su entrada a la Ciudad de México para el día 6 de diciembre de 1914.
           
El Atila y El Centauro se encuentran.
FOTO: Ricardo Espinoza de la exposición
"La otra ciudad. Fotografías de la Ciudad de México 1900-1918".
En el Museo Archivo de la Fotografía.
Ese día llegó. Fernando Benítez estima que durante ocho horas desfilaron ante Palacio Nacional  “30 mil hombres de la División del Norte y de las fuerzas de Zapata” (4). Para Knight en realidad fueron 50 mil efectivos. Lo cierto es que los ejércitos que verdaderamente representaban a las masas populares, integrados por miembros de las clases sociales más bajas de la sociedad mexicana, estaban ahí en la plaza más importante del país. Era, sin duda alguna, la derrota total del porfiriato y su gobierno integrado por la alta burguesía.
            Los zapatistas vestían “camisas y calzones de manta, calzaban huaraches, los cubrían sus grandes sombreros desgarrados”. Por su parte, los villistas vestían “de caqui y sombrero de copa alta y ancha”. Además el Ejército Libertador del Sur portaban la imagen de la virgen de Guadalupe. Todo el desfile fue presenciado por el presidente provisional Eulalio Gutiérrez, Francisco Villa y Emiliano Zapata desde el balcón central de Palacio Nacional.
            Luego vino la famosa foto del Centauro del Norte y del Atila del Sur en la Silla Presidencial. Se alternaron para sentarse en ella. Emiliano Zapata con su sombrero recargado sobre sus piernas cruzadas con su característica mirada de desconfianza; por su parte, Francisco Villa con uniforme militar, su bigote tupido y apenas esbozando una sonrisa. Definitivamente, a ninguno de los dos les acomodaba ese símbolo de poder.
No era para ellos.
            ¿Pero qué hicieron villistas y zapatistas durante su estancia en la Ciudad de México? En primera, es digno de resaltar antes que nada que, pese a todo lo que se pensaba en ese momento, no hubo saqueos ni destrucción. En ese sentido fueron distintos a carrancistas y obregonistas que arrasaban materialmente a cuanta ciudad conquistaban. Incluso, Emiliano Zapata dormía en un hotel de mala calidad, pero muy cerca de la estación del tren que salía para su añorada Cuautla. Francisco Villa hacía lo propio en el vagón de uno de los trenes en que viajaba. Benítez sostiene que “Ningún general ocupó los palacios de los ricos abandonados por los carrancistas, ni visitaban bares de lujo, ni se robaban las cosas o provocaban balaceras”. Y Knight confirma “no tenían el comportamiento rapaz de los carrancistas”.
            Anita Brenner cuenta que a los zapatistas se les veía en Palacio “caminando cuidadosamente a través de los salones, mirando cada cosa en cada lugar con interés respetuoso”(5). En algo que igualmente coinciden los historiadores es que las huestes de Emiliano Zapata en vez de recurrir al saqueo para alimentarse, acudían a las casas “llamaban a las puertas y descubriéndose pedían por el amor de Dios se les socorriera con unas tortillas”.
FOTO: Ricardo Espinoza de la exposición
"La otra ciudad. Fotografías de la Ciudad de México 1900-1918".
En el Museo Archivo de la Fotografía.
            De los villistas no se puede decir que tuvieron el mismo comportamiento. Por ejemplo, Jesús Silva Herzog afirma que el mismo Francisco Villa acudió al hotel Palacio donde estaba hospedado Eulalio Gutiérrez, entre las calles de 16 de septiembre e Isabel la Católica, ahí vio a una joven de 20 años “plena de juventud y de gracia” a la cual el jefe de la División del Norte le “prometió” ir por ella en la tarde y llevársela. Villa cumplió, pero al llegar al lugar no estaba la chica, sino la esposa del administrador del hotel: una señora de origen francés de 45 años. Aún así el Centauro se la llevó (6). Allan Knight corrobora el hecho y además agrega que a Francisco Villa le encantaba acudir a un palenque que había en la ribera de San Cosme.
            Sobre otros generales militares se dice que durante la ocupación de la Ciudad de México recurrieron a acciones contrarias a la conducta respetuosa de sus colegas zapatistas. Por ejemplo, Tomás Gutiérrez “intentó violar” a una mujer; Juan Banderas causó daños por “1 500 pesos” por destrozar muebles y ventanas del hotel Cosmos. Mientras que el general Urbina utilizaba “el sistema” de secuestrar ricos y cobrarles el rescate como medio de obtener fondos para sus tropas. Aunque Adolfo Gilly afirma que la ocupación villista y zapatista “se distinguió por su orden”, Alan Knight afirma que en esos días  fueron “200 asesinados en la Ciudad de México”.
            Posiblemente la toma de la Ciudad de México por el Ejército Libertador del Sur y la División del Norte sí sea uno de los pasajes más hermosos en la historia de la revolución mexicana, puesto que por unas horas, por unos días, significó el triunfo de las masas populares, pero que no fue definitiva. Quizá porque se cumplió lo acordado por los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata en su Pacto de Xochimilco del 4 de diciembre de 1914: encargar el gobierno a los instruidos y continuar la acción militar cada uno en su zona. Ni el general Zapata ni el general Villa fueron más lejos porque asumir el poder no era el motivo que los llevó a mover numerosos ejércitos en la revolución mexicana. Eso era ambición de otros.


NOTAS:
1.- Adolfo Gilly. La Revolución Interrumpida. Editorial Era. México 2011.
2.- Periódico de la Ciudad de México y de innegables tintes constitucionalistas; es decir, carrancista.
3.- Alan Knight. La Revolución Mexicana. Fondo de Cultura Económica. México 2010.
4.- Fernando Benítez. Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. Tomo II El Caudillismo. Fondo de Cultura Económica. México 1986.
5.- Anita Brenner. La Revolución en blanco y negro. Fondo de Cultura Económica. México 1985.

6.- Jesús Silva Herzog. Breve Historia de la Revolución Mexicana. La etapa constitucionalista y la lucha de facciones. Fondo de Cultura Económica. México 1988.

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