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DARE TO DREAM



El 15 de septiembre del año 2000 tenía una orden de trabajo que cumplir: entrevistar a Fernando Platas, abanderado mexicano, antes de que ingresara al Estadio Olímpico de Sydney para participar en la Ceremonia de Inauguración de los XXVII Juegos Olímpicos. Era una tarea complicada, por no decir que imposible. Lo sabía. Pero caminé firme y entusiasmado a ese imponente estadio. También tenía un deber que realizar.

Cinco días antes en el aeropuerto de la Ciudad de México había entregado un sobre blanco con una carta dentro a cada uno de mis seis hermanos. Ahí les explicaba lo que ya sabían: iba al otro lado del mundo a cumplir una promesa. También les contaba algo que sabían de sobra pues fueron testigos: mis Juegos Olímpicos que realizaba en la alfombra de la casa. ¿Cuántos fueron? Muchos, más de los 27 que se habían organizado en la Era Moderna. Pero esta vez no me iban a ver, sino a escuchar, por las frecuencias de Radio Acir 1260 y Súper Deportiva 1180.
El día que iniciaban los Juegos en Sydney una idea me perseguía desde el amanecer. No, no era cómo iba a poder entrevistar a Fernando Platas antes de que entrara al estadio; todos sabíamos que eran unos Juegos Olímpicos, que había reglas y extrema seguridad, todos lo sabíamos, menos mi jefe de información, por eso me envío. Pero no era eso en lo que pensaba, sino si podría colarme y ver la Ceremonia de Inauguración en vivo y a todo color.

Habían transcurrido 16 años de aquella promesa. Ernesto Canto y Raúl González habían ganado oro y plata en la prueba de los 20 kilómetros de marcha en Los Ángeles 1984. En ese momento prometí: un día voy a ir a unos Juegos Olímpicos, pero no como deportista, sino como periodista. Mi padre me creyó, claro que lo hizo, pues sacudió mi melena con su mano grande y oscura por la grasa, de esa que mancha las manos de los papás que son mecánicos automotrices.
Tres horas antes de la Ceremonia de Inauguración llegué al estadio. No fue difícil ubicar la zona por donde se formarían las delegaciones de los 199 países participantes. Tampoco fue complicado confirmar que jamás iba a poderme acercar a los atletas. Sin embargo, los vi llegar, formarse, reír de nervios, sonreír de emoción; vi muchas delegaciones, menos a la mexicana. Todo esto lo reporté al programa previo a la Ceremonia de Inauguración. Había cumplido mi orden de trabajo, pero la promesa de 16 años atrás no.
En la sala de prensa del estadio se habían acabado los tickets de periodistas, no había forma de ingresar al estadio, aunque estuvieras acreditado, aunque tu medio tuviera los derechos de transmisión y tu gafete tuviera el signo de infinito que significaba acceso a todos las sedes olímpicas. Vamos pues, ni siquiera valía que a la llegada a Sydney te hubieran dicho que eras parte de la Familia Olímpica.

En eso vi en el escritorio del funcionario que me negaba un ticket, una calcomanía que me permitiría el acceso, sin duda. Por eso no dudé y tan pronto se descuidó la hurté. Me dirigí al baño y ahí mismo pegué la calcomanía en mi gafete. Con toda seguridad me dirigí al acceso al estadio; luego de dos intentos fallidos, encontré mi puerta, la que me llevaría a la gloria. La gloria olímpica, por supuesto. El lugar era inmejorable, el estadio fantástico, el espectáculo impresionante. No pude contener la emoción cuando el sonido local anunció el desfile de las naciones. Recordé cómo hacía eso de niño con banderas dibujadas con mis colores escolares. Me puse de pie como todos en el estadio cuando desfilaron las dos Coreas unidas; aplaudí con euforia cuando pasó al delegación mexicana, tanto que hasta me olvidé que el abanderado era mi objetivo ese día y no había podido entrevistarlo; por supuesto que me estremecí cuando Australia desfiló y el Aussie Aussie Aussie Oi Oi Oi inundaba el estadio.
La carta a mis hermanos hablaba de esa promesa de estar en unos Juegos Olímpicos. Ya estaba, pero no había cumplido mi palabra. Al concluir la Ceremonia de Inauguración me acerqué al Palco de Transmisiones, a la posición de comentaristas de Grupo Acir. La trasmisión continuaba, mi compañero Ricardo Bravo me vio, me pidió que me acercara, me pasó el micrófono y dijo “danos tu punto de vista sobre la Ceremonia de Apertura ¿qué te pareció?”. Lo hice, daba mi opinión y mi mente giraba en un hecho: estaba con un micrófono en mano, con unos audífonos en los oídos, en un estadio Olímpico opinando. Entonces sí, la promesa estaba cumplida.



No del todo. Así que mientras caminábamos de regreso al IBC marque a mi casa materna que estaba hasta el otro lado del mundo. Mi madre me contestó y platicamos de mis juegos y de lo que acababa de vivir. Ambos nos emocionamos. Yo lloré, ella seguramente después de colgar. Los dos lo hicimos, porque mi padre ya no estaba. No me vio como periodista en unos Juegos Olímpicos.


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