miércoles, 17 de junio de 2015

Ochenta años del fin del Maximato


El día anterior había dejado su residencia de Las Palmas en su ciudad adoptiva: Cuernavaca, que más que un lugar de descanso por sus innumerables quehaceres en la Revolución, se había convertido en el sitio donde la política nacional se decidía. Ni el asesinato del Caudillo ni la Guerra Cristera lo habían debilitado, todo lo contrario, pues asumió el pomposo cargo de Jefe Máximo que los hombres de la Revolución otorgaban a la voluntad política más fuerte del país. Esto último estaba por llegar a su fin, lo sabía perfectamente Plutarco Elías Calles la mañana del 18 de junio de 1935 en que se dirigía al aeropuerto de la Ciudad de México para exiliarse las playas de El Tambor, Sinaloa, en una cabaña de madera que construyó su hija Alicia.
El Gral. Lázaro Cárdenas.
            A las 6:30 de la mañana el expresidente viajaba en un auto acompañado por sus hijos Plutarco, Rodolfo y Alfredo. En un vehículo atrás iban sus hijas Hortensia yAlicia, con su yerno Fernando Torreblanca, esposo de la primera; además de la secretaria particular del general: Soledad González. Plutarco Elías Calles quizá no lo sabía pero su salida no pasaría desapercibida, en la terminal aérea habría políticos, militares, secretarios, gobernadores, bandas de música, fundaciones, que lo despedirían antes de abordar el avión X-ABEP que lo sacaría de la capital de la República como era el deseo del actual Jefe del Ejecutivo: el general Lázaro Cárdenas del Río.
            A mediados de 1935 el gobierno de Cárdenas enfrentaba problemas de divisiones internas dentro del Partido Nacional Revolucionario (PRN), con un gabinete en su mayoría callista y con su política de respaldo y respeto a las garantías laborales del sector obrero. El Presidente no desconocía para nada el poder político de Calles, incluso reconocía que fue el Jefe Máximo quien impulsó su carrera militar cuando el joven Cárdenas tenía 21 años y luego en 1934 apoyó su candidatura presidencial; no, no lo podía negar. Pero también sabía que su mesías político tenía que hacerse un lado, de otra forma él [Cárdenas], no podría gobernar, ni él ni nadie.
            El país, como desde que Calles inauguró su Maximato, sufría de una crisis perpetua en las instituciones, sobre todo la presidencial. El 11 de junio de 1935 una comisión del Bloque Revolucionario de la Cámara de Senadores fue a Cuernavaca a pedir la opinión del Papá Calles sobre la situación de crisis laboral que aquejaba a la nación. Al otro día Ezequiel Padilla publicó en El Universal un resumen de la visita de los políticos a Las Palmas; en su largo texto se resaltaba que Calles aseguraba que los obreros no tenían derecho a la huelga, que había divisiones en ambas cámaras por la enemistad entre el Presidente y el Jefe Máximo, y que no estaba de acuerdo con las acciones en material laboral del general Cárdenas. Como era de esperarse la nota sacudió a la política nacional.
El Gral. Plutarco Elías Calles.
            Al día siguiente, el general Plutarco Elías Calles tuvo que desmentir lo que se decía de él. En un mensaje publicado en Excélsior aseguró categórico “no hay nada ni nadie que pueda separarnos al general Cárdenas y a mí”. Era obvio que debía detener cualquier especulación sobre un distanciamiento entre ambos. Luego, en su mensaje, el político sonorense hizo alusión a los lazos que lo unían al presidente: “Conozco al general Cárdenas. Tenemos 21 años de tratarnos continuamente y nuestra amistad tiene raíces tan fuertes para que haya quien pueda quebrarla”. Después, arremetió contra sus enemigos y los culpó del malentendido de sus declaraciones: “seguramente ellos murmuraron ¡el general Calles está claudicando! Pero yo arrastro en beneficio de mi país estos calificativos que no me alcanzan”. Sin embargo, lo alcanzaron.
            La mañana del 13 de junio los periódicos reprodujeron las declaraciones del Presidente de la República sobre los hechos que se había suscitado desde la visita de los senadores a Cuernavaca. El general Lázaro Cárdenas antes que nada dejó clara una cosa: “Nunca he aconsejado las divisiones” y luego de forma velada culpa al general Calles de la desestabilización política que se vive en ese momento: “elementos políticos del mismo grupo revolucionario (dolidos seguramente porque no obtuvieron posiciones que deseaban en el nuevo gobierno) se han dedicado con toda saña y sin ocultar sus perversas intensiones, desde que inicio la actual administración, a ponerle toda clase de dificultades, no sólo usando la murmuración que siempre alarma, sino aún recurriendo a procedimientos reprobables de deslealtad y traición”. Enérgicas, valientes y necesarias palabras del Presidente para darle un primer golpe, que si no definitivo, sí marcó el inicio del fin del Maximato. La cosa no acabó ahí, las palabras se las lleva el viento, las acciones no.
El Gral. Joaquín Amaro.
            El día 14, el Presidente solicitó la renuncia de todo su gabinete “para orientar las acciones de la administración”. La ruptura con el callismo era un hecho consumado. Así lo entendió Plutarco Elías Calles que volvió a acudir a los medios impresos para informar que se hacía un lado, que se iba a descansar a Sinaloa. “Solamente traté de orientar la acción del Partido hacia lo que me pareció el bien de mi país”, se justificó. Después declaró que su presencia no “estorbaría” más las acciones del Presidente “Y para poner punto final a una situación que pudiera ser mal interpretada, me alejo dejando toda la responsabilidad de la causa (sic) a quienes la tienen en sus manos”.
            El general Plutarco Elías Calles dejaría Cuernavaca el 15 de junio, al siguiente día por la mañana saldría de la Ciudad de México; su primera parada sería en Guadalajara, de ahí a Sinaloa, a la residencia de su hija junto al mar “que se había convertido en su fantasía”. Eso pondría fin a 15 años de estar en el pináculo de la política como secretario de Estado, presidente de la República, creador del Partido Nacional Revolucionario y como Jefe Máximo de la Revolución que le permitió poner en la silla presidencial a cuatro presidentes: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez y Lázaro Cárdenas del Río. Todo ese protagonismo terminaría el 18 de junio de 1935. Calles lo sabía cuando viajaba con su familia esa mañana de hace ochenta años al aeropuerto capitalino.
            Calles, encorvado, de sombrero y bastón, caminaba al frente de su comitiva. El general Joaquín Amaro, su amigo y su antiguo secretario de Guerra, lo recibió y se abrazaron. Sería el único abrazo que daría ese día el expresidente. Miembros de la Fundación Dondé y una banda de guerra le hicieron los honores correspondientes a su investidura. Departió “derrochando buen humor” con las personas que habían acudido a despedirlo. Se saludó afectuosamente con Emilio Portes Gil, en ese entonces presidente del PNR; a los medios de comunicación les declaró que “nada absolutamente nada tenía que decir”. Luego abordó el avión.
            A las 7:30 de la mañana del Puerto Central Aéreo de Balbuena el Lokeheed de Aeronaves Centrales S.A. con matrícula X-ABEP despegó. A las 9:30 aterrizó en el aeródromo Las Juntas en Guadalajara. Ahí el Expresidente tomó café y a las 13 horas arribó a Navolato, en Sinaloa. Finalmente hizo el viaje a El Tambor donde había decidido descansar y alejarse de la política.
Lic. Emilio Portes Gil.
            En diciembre de ese mismo 1935, regresó a la Ciudad de México. El viejo maestro rural, Papá Calles, el Jefe Máximo dejó su autoexilio. Desafió al presidente Lázaro Cárdenas, quien sin miramientos el 1 de abril de 1936 lo expulsó del país junto con su camarilla formada por Luis L. León, Melchor Ortega y Luis N. Morones, luego que intentarán una vez más entrometerse en la política nacional. Ahora sí, se le puso punto final al Maximato. El general Calles se fue a radicar a San Diego, California, en Estados Unidos. El 4 de mayo de 1941, con motivo del Día de la Unidad Nacional y en plena Segunda Guerra Mundial, el presidente Manuel Ávila Camacho le ratificó sus grados militares y todos los expresidentes vivos de México saludaron juntos desde el balcón central de Palacio Nacional.
            Plutarco Elías Calles murió el 19 de octubre de 1945 en la Ciudad de México, en esa misma ciudad que lo despidió diez años antes, hace justamente 80 años, porque su intervención en la política era un lastre para la construcción del Estado mexicano al que él había contribuido de innegable forma como militar, secretario de Estado, presidente de la República y creador del primer partido político nacional. Sin embargo, su forma de gobernar a trasmano, sin estar en la silla presidencial, era una práctica que no iba más, debía abandonarse, era obsoleta e inoperante. De ahí que el 18 de junio de 1935 terminara el Maximato con la salida del general Plutarco Elías Calles al exilio a la costa sinaloense.


FUENTES:
Alfredo Elías Calles. Yo fui Plutarco Elías Calles. La versión jamás contada. Editorial Suma. México, 2011.
El Universal, junio de 1935.
Excélsior, junio de 1935.

Plutarco Elías Calles. Pensamiento Político y Social. Antología (1913-1936). Fondo de Cultura Económica. México, 1992.

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